Quitar meticulosamente las telarañas que se alojaron en los techos, las ventanas y las esquinas de las paredes de la casa, fue una dispendiosa tarea. El día que su propietario falleció, las arañas buscaron dónde ubicarse sin ser molestadas. Las siguieron otros animales que se sintieron a gusto con la acumulación de recuerdos, cuadros, muebles, libros y con la humedad, que reclamó su derecho a los mejores espacios. La que durante dos décadas fue la mansión de Enrique Grau Araújo; la misma que protagonizó pomposas fiestas y se convirtió en su lugar predilecto para trabajar, perdió su luz el primero de abril de 2004 cuando el maestro dejó de respirar, en su cuarto, en su cama, en el segundo piso, donde se refugió obligado por una fuerte afección pulmonar.
Tres años estuvo sola y su encanto se fue apagando. “Estaba abandonada, olía a feo, había basura en algunos lugares y una humedad terrible. Se veía muy deteriorada”, dice Monika Hartmann, gerente de la Casa Museo.
Ubicada en la calle 94 con carrera Séptima, el corazón de la casa de Enrique Grau volvió a latir gracias a una inyección de más de $200 millones que entregó el Ministerio de Cultura. Ahora, recorrerla es un placer.
Afuera, una inmensa Mariamulata saluda. Adentro, después de toparse con un ángel de alas extendidas, se abre ante los ojos una especie de laberinto. En el primer piso hay un almacén donde se venden recuerdos; están también la sala y el comedor, decorados con el arte de Grau; una soleada zona verde y su biblioteca, el segundo lugar favorito del maestro, porque el primero fue su taller.
Murió a los 83 años y hasta que su cuerpo se lo permitió, estuvo en movimiento. Lo atrajeron el dibujo, la serigrafía, el collage y los murales. Hizo pinturas perturbadoras y hermosas. Logró aplausos con sus esculturas y lo sedujo el encanto del cine, el grabado y la escenografía teatral.
Bogotá lo conoció inagotable y la casa guarda gran parte de su producción, considerada como una de las más ricas herencias del arte colombiano. “Pintaba y leía, eso era lo que hacía la mayoría del tiempo”, dice melancólico Siervo Rodríguez, su empleado por más de veinte años.
No se pinta, pero se enseña
Es un poco triste saber que su taller ya no parece tal. En él, dejó de pasearse el desorden ordenado del maestro, pero se mantuvo una placa con la mano pintada del artista y se colgaron en sus paredes cuadros representativos. Ahora, la Fundación lo utiliza como aula múltiple para dictar conferencias o realizar eventos culturales. La que sí se conservó intacta fue la bodega donde descansan ordenadas sus obras, sus películas, sus tesoros…
En el segundo piso se encuentra su habitación y en ella, la cama donde murió. Igualmente, están las terrazas desde donde se puede admirar la capital, desde donde vale la pena imaginar qué fue lo que Grau encontró en Bogotá.
Su casa, el refugio donde dejó impregnada su esencia, es un regalo para los bogotanos, por eso tiene las puertas abiertas para que hagan propuestas culturales o disfruten de talleres de pintura, madera y magia; cata de vinos o clases de cocina y
exposiciones de jóvenes artistas. “Tenemos que hacerla autosostenible”, dice su gerente y agrega que por ahora necesitan que la empresa privada se meta la mano al bolsillo y colabore.
La Casa Museo y Centro Cultural Enrique Grau Araújo es uno esos planes que vale la pena incluir en la agenda de un buen turista. Abierta de lunes a viernes de 6:30 a.m. a 6:00 p.m. y los sábados de 9:30 a.m. a 3:00 p.m., cuenta con visitas guiadas y su lema es que los invitados colaboren con una donación de $10.000 para invertirla en su mantenimiento.
Fundación Enrique Grau Araújo. Calle 94 Nº 7-48. Teléfono: (1) 236 4669. Fundenriquegrau@etb.net.co.
La obra de Grau
El artista de origen cartagenero (1920-2004), quien produjo una extensa obra pictórica, empezó a ser reconocido luego de obtener la Mención Honorífica del I Salón Nacional en 1940. En esa ocasión presentó el óleo La mulata cartagenera, pintura con la que se anticipa la representación de personajes en actitudes teatrales y rodeados de objetos.
Durante un período, en su obra predominó la figura humana, aquella producto de una mezcla entre blancos, negros e indígenas, con marcada sensualidad. Después de un viaje a México comenzó a pintar con colores más vivos, a estilizar las figuras y a reelaborarlas con elementos geométricos: rostros ovalados, cuellos muy delgados y disposición frontal y siempre con las manos desproporcionadas.
En el escenario de sus cuadros no faltan las mariposas o los pájaros que revolotean entorno de los protagonistas. Durante su última etapa fueron los animales los protagonistas: con las series de Mariamulatas e Iguanas de las islas Galápagos.
Rincones y secretos
La casa que es hoy museo y galería fue diseñada por el mismo Enrique Grau y por su sobrino, el arquitecto Enrique Gómez Grau en los 80. Esa no fue la única colaboración entre artista y arquitecto. La primera vez que los Enriques trabajaron juntos fue cuando construyeron la casa del maestro en Tenjo, que armaban y desarmaban al ritmo de la inspiración de su dueño. Por esto, su sobrino, conociendo el oficio de arquitecto, le propuso que para la vivienda de la calle 94 con carrera 9ª en Bogotá se hiciera una maqueta.
Esta construcción, hecha a imagen y semejanza del propietario, recibió a Enrique Grau, sus Lolitas, sus gatos, sus Mariamulatas y sus fiestas memorables desde finales de la década del 80.
Entre las curiosidades de la casa, quienes la conocieron en sus mejores momentos recuerdan el cuarto dedicado a Margarita Gautier, La dama de las Camelias, personaje favorito del maestro; el piso de baldosa inspirado en el del edificio La Perla de Barranquilla, una de las joyas del art déco, y ese rincón oscuro de la terraza previsto exclusivamente para observar las noches estrelladas.