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Ella siempre cuenta que ese día comió poco, reservó su estómago para la tremenda comilona. Por la mañana, solo se tomó un café con leche y una tostada ligeramente salpicada por unas gotas de aceite de oliva y un toque de sal. Para la comida, bebió un tazón de caldo de verduras y una cerveza. No merendó, aunque se moría de ganas por tomarse otro café acompañado de unos bizcochos de chocolate negro y crema de avellana.
Las tripas le pedían gasolina, pero se contuvo «mejor me aguanto, porque esta noche cenaré como una cerda, aquí en este país, en estas fechas comen como si no hubiera un mañana, ya quedan pocas horas, mejor me entretengo y archivo estos documentos, a ver si así se me pasa esta hambre tan terrible» ─pensó.
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La mujer se entretuvo ordenando las carpetas, arregló su escritorio y archivó los documentos por fecha. Luego agarró la escoba; mientras sacaba las pelusas que estaban amontonadas debajo del mueble del computador, al incorporarse todo le daba vueltas, como si estuviera dentro de una licuadora. Dejó caer sus redondas nalgas en el suelo y se agarró de una de las patas de la silla giratoria.
Se mantuvo quieta unos minutos…
La frialdad del suelo la reconfortó y el color regresó a sus mejillas. Se levantó, se metió un caramelo de café en la boca y se despidió de la oficina. En la boca del metro se encontró con su amiga.
El hombre abrió la puerta, con una sonrisa de oreja a oreja. Dejaron los abrigos en el sofá y se sentaron a la mesa ─que ya estaba preparada─. El padre de su amiga dijo que ése pica pica era el primer plato junto con el caldo, que luego vendría el segundo, que guardaran sitio en sus estómagos. Había: patatas fritas, fuet, chorizo, jamón, ensaladilla rusa, olivas, pan del pueblo, queso manchego, empanadillas de atún… Sacó unos platos polvorientos de la alacena, la mujer no se atrevió a decirle que lo aclarara con un chorro de agua. El hombre cargaba el cucharón con caldo y le indicó que levantara el plato. Se tomó el Caldo Casero de Pollo 100% natural, de Gallina Blanca, Sin conservantes, con fideos chinos.
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El padre de su amiga les indicó que continuaran comiendo, mientras él iba a la cocina a controlar en el horno las carnes, comentó que estaba asando conejos tiernos, un lomo ibérico, un pollo capón relleno de ciruelas y unas costillas de cordero y patatas asadas «qué barbaridad» ─pensó─. Acabó la última cucharada de caldo y consideró que mejor no picaría nada más, que esperaría el asado.
El hombre regresaba de la cocina y les llenaba las copas con vino tinto «le queda poco al asado» ─decía el hombre─. Ella y su amiga reían y bebían el vino. Siempre tenían la copa llena. El hombre se pasó toda la noche en la cocina, vigilando el asado.
Las muchachas salieron de la casa cantando villancicos, riendo y caminando torcido. Han pasado diez años, la mujer aún se pregunta ¿por qué no llegó el segundo plato? ¿Qué diablos hacía el hombre en la cocina?
No se atreve a preguntárselo a su amiga. Su amiga todos los años la invita a pasar juntas la Navidad en casa de su padre.
Ella siempre le responde que tiene otro compromiso.