Hay mucho de cinismo en Charles Bukowski. No el cinismo entendido en este presente como una mentira descarada y sin reservas. El autor, que también podría ser un antipoeta como lo fue el chileno Nicanor Parra, era un cínico que bien pudo retrotraer a su tiempo esa escuela griega —encabezada por Diógenes— que habló y defendió la libertad desde la autarquía, desde el gobierno de sí mismo y el olvido de todo aquello que sea externo a nuestras necesidades y pueda permear nuestro comportamiento.
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Un cinismo evidente cuando Bukowski le dijo a Fernando Pivano, en una entrevista realizada en 1980, registrada en el libro “Lo que más me gusta es rascarme los sobacos”: “No me importa nada salvar la humanidad. Y tampoco me preocupa salvar la ballena o el gran leopardo blanco o la pantera negra o lo que sea. No me concierne. Lo que me interesa es ir a pie hasta la esquina y comprar el diario y leer la noticia de una violación que ha ocurrido en la calle o un atraco a un banco y quizás ir a comer a alguna parte y beber una cerveza y dar un paseo y mirar un perro o rascarme los sobacos. No me interesan los grandes problemas”.
Un artista errante. Un concepto que Philippe Ollé-Laprune plasmó en Los escritores vagabundos así: “La errancia, desplazamiento sin objetivo preestablecido, encuentra en sí misma su propia justificación y su propio fin. Su principio es sacar a la luz una voluntad que hace que nuestra condición humana corresponda al destino de un autor y al gesto mismo de la escritura. Avanzar sin objetivo, avanzar por avanzar, conlleva una parte de absurdo y una desenvoltura llena de nobleza. Es lo que ofrece la existencia y lo que nutre la obra de un artista, cuando no se concibe de antemano ninguna finalidad precisa. Escribir por el gesto mismo y por el placer de hacer vibrar las palabras”.
Entre la errancia y el cinismo se construyó una literatura que algunos académicos encajaron en un género llamado realismo sucio o degradado, en una narrativa atravesada por personajes marginales, por escenarios donde el sexo, la violencia y las drogas son la realidad de los personajes, son los elementos que hablan de esas ciudades que se esconden, de esos barrios o suburbios que todos ignoramos porque nos cuesta aceptar que hemos sido cómplices de esa verdad que se ha creado en la miseria.
Henry Chinaski, el “alter ego” de Bukowski, es entonces el personaje que encarna esas verdades que se ocultan en las sombras de los bares de mala muerte, en las pensiones adonde llegan los derrotados, los que se declararon abyectos de un sistema que empezó a asentarse después de la Segunda Guerra Mundial y se ocultó en los ideales de grandeza de Estados Unidos, que supo infiltrar en su sociedad ese sentimiento de poder arraigado a la opulencia, a los discursos publicitarios que fueron vendiendo la felicidad en la fama, en la compañía de las noches de fiestas y aquelarres, y las compras los fines de semana de aquello que no es indispensable, que puede vender un aparente estatus y un placer basado en la banalidad del consumo.
Henry Chinaski, que encabeza la narrativa de Bukowski, encarna una de las tesis que Dostoyevski plantea en Los hermanos Karamazov: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Está permitido bajar al averno mientras se inyectan heroína en el brazo, está permitido tener sexo a diestra y siniestra, viendo en la promiscuidad la exaltación de libertad del cuerpo; está permitido irse a los golpes por diversión, apelar a la fuerza del puño para sentirse inmunes, para que la sangre corra más rápido y los vicios del ser humano sean legitimados por la ausencia de fe, por el olvido autoimpuesto y una vida despojada de cualquier límite.
Esa muerte de Dios que todo lo legitima, esa muerte que también señaló Friedrich Nietzsche nos lleva a una corriente que el filósofo alemán también señaló cuyo nombre es nihilismo. Bukowski tenía mucho de nihilista, y su literatura así lo reflejaba. La decadencia de una moral suprema, de unos principios que parecían innegociables se derrumbaron a lo largo de los últimos siglos, de las guerras que develaron lo que por mucho tiempo habíamos ocultado los seres humanos: que el mal es lo que gobierna a una especie corruptible, como bien lo señaló Jean Jacques Rousseau cuando afirmó que “el hombre es bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe”.
Bukowski nació en Alemania, pero se nacionalizó en Estados Unidos, país en el que vivió desde una edad prematura. Los abusos de su padre y los círculos que rondaba en Los Ángeles —que podían ser los mismos que Dante construyó en La divina comedia—, tan plagados de ignominia, de vagabundos errantes que deambulaban en calles llenas de cartones y basura, donde el robo, las puñaladas y el vicio ya eran pasiones y venganzas contra sus propios destinos y no acciones señaladas por dedos condenatorios, pues esos dedos ya no existían, ya todos ignoraban que habían construido un sistema donde los excluidos eran inevitables, donde el capitalismo ya se había aliado al utilitarismo que había creado Jeremy Bentham en el siglo XVIII y anticipaba que la mejor acción es la que produce mayor felicidad en el mayor número de individuos, en el que la democracia, que también se había reafirmado como el mejor de los modelos de gobierno, también tenía su problema, y es que ganan las masas, ganan las mayorías, y las minorías quedaban y quedan condenadas a su existencia, a no ser o querer pertenecer a ese inmenso conjunto de sujetos homogéneos.
“No miro mucho a la gente. Es perturbador. Dicen que si miras mucho a una persona empezarás a verte como ella. Pobre Linda. La mayoría del tiempo puedo lidiar sin la gente. No me llenan, me vacían. No respeto a nadie. Tengo un problema en ese sentido… Estoy mintiendo. ¡Pero créeme, es verdad! (...) Nunca he estado solo. He estado en una habitación. Me he sentido suicida, he estado deprimido. Me he sentido horrible, horrible a pesar de todo. Pero nunca sentí que otra persona pudiera entrar a esa habitación y curarme… ni ningún número de personas. En otras palabras, la soledad no es algo que me molesta porque siempre me incliné a estar solo. Me siento solo estando en una fiesta o en un estadio lleno de gente animando algo. Citaré a Ibsen: ‘Los hombres más fuertes son los más solos’. Nunca pensé: ‘Bueno, alguna hermosa rubia entrará y vamos a coger, y frotará mis bolas y me sentiré bien’. No, eso no ayudaría. Sabes cómo piensa la gente: ‘Wow, es viernes por la noche. ¿Qué vamos a hacer?, ¿quedarnos sentados aquí?’. Bueno, sí. No hay nada allá afuera. Es una estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Siendo estúpidos entre ellos. Nunca he tenido la necesidad de lanzarme hacia la noche. Me escondía en los bares porque no quería esconderme en las fábricas. Eso es todo. Lo siento por los millones, pero nunca he estado solo. Me gustar estar conmigo mismo. Soy el mejor entretenimiento que tengo. ¡Bebamos más vino!”, fue lo que le dijo Bukowski al actor estadounidense Sean Penn en una entrevista publicada por la revista “Interview”, en el estreno de la película “Barfly”, escrita por el mismo Bukowski y dirigida por Barbet Schroeder, quien después colaboró en el rodaje de “La Virgen de los sicarios”, cinta inspirada en el libro del mismo nombre escrito por el colombiano Fernando Vallejo.
Un poeta maldito contemporáneo. Así también podría referirse a Bukowski. No aceptó su sociedad y, por ende, fue indiferente a ella. Su prosa, pero también su verso, son manifiestos de rebeldía e irreverencia, de un rencor que fue también el combustible de su apatía por el mundo que habitó. A John Martin, su primer editor, le dijo en una carta: “Lo que duele es la pérdida de humanidad en aquellos que pelean por mantener trabajos que no quieren, pero que temen ante una alternativa peor. La gente simplemente se vacía. Cuando era joven no creía que existieran personas que dieran su vida por esas condiciones. Ahora que soy viejo, sigo sin creerlo. ¿Por qué lo hacen? ¿Sexo? ¿La televisión? ¿Un automóvil en pagos mensuales? ¿O los hijos? Hijos que solo harán lo mismo que ellos hacen”. Con pensamientos similares se fue haciendo un escritor contracorriente y contracultura que aborrecía el estilo de vida de su tiempo y su lugar, y por eso su legado como periodista en las revistas estadounidenses estuvo marcado por varios puertos, por varios manifiestos y también muchas derrotas y destierros por quienes no comprendieron la vida que quería exaltar Bukowski.
Ese aire de malestar que no abandona a los artistas también tiene algo de melancolía, de lamento por lo que se ve, por ser testigos de lo que no consideran ideal, por no asistir a la utopía de sus vidas. Y esa melancolía, que reafirma también su cercanía a la poesía maldita, que tiene su origen en la Francia del siglo XIX y en la escritura de Charles Baudelaire, es la que Pascal Brissette, en La maldición literaria: del poeta andrajoso al genio desdichado, define así: “Mientras que la mayoría de médicos ven el fenómeno de la melancolía como una patología y los autores religiosos como un estado de corrupción y pecado, algunos filósofos, médicos y letrados hacen de esta una suerte de ‘musa orgánica’; esto es, una fuente natural y corporal de invención poética y de superioridad intelectual”. “Esta conexión inusitada entre la melancolía y las facultades del espíritu se perpetúa a lo largo de los siglos y da lugar a desarrollos teóricos en los que la melancolía es percibida al mismo tiempo como una maldición y como una bienaventuranza. (...) Así pues, la melancolía está ligada a dos categorías cuyas fronteras son escurridizas: la locura y el genio, sirviendo así de puente entre la grandeza y la decadencia. Hasta el siglo XVIII, ser melancólico es tener en sí la substancia en la que reside la superioridad humana y, al mismo tiempo, el veneno de la locura que rebaja a los hombres al nivel de las bestias”.
Rememorar a Charles Bukowski en el centenario de su natalicio es evocar el legado en la literatura universal, en un mensaje que no cala en todos y que no es para todos los gustos, pues sus relatos suelen ser lo bastante explícitos y crudos como para que muchos podamos reconocer que los seres humanos sí somos crueles, violentos y bestiales. Evocarlo en estos tiempos nos da también un pretexto para volver a decir que en tiempos de pandemia se puede volver a sus “Notas sobre la peste”, donde señala, con algo de vaticinio y artilugio, que las pestes son consecuencias de acontecimientos que no deberían suceder, como si los males mayores sean siempre compuestos por pequeños gestos de injusticias y dolores que ignoramos por ser parte de nuestra cotidianidad, de una normalidad que legitima las heridas y perpetúa la mezquindad como un elemento inherente de la condición humana. “Quizás algún día se construya, reconstruya, el mundo, de modo que la peste, en virtud de la generosidad de sistemas claros y vida decente, no sea ya la peste. Existe la teoría de que crean la peste cosas que no deberían existir: mal gobierno, atmósfera viciada, relaciones sexuales jodidas, una madre con un brazo de madera, etc. Nunca sabremos si llegará o no la sociedad utópica, pero de momento aún tenemos esas áreas jodidas de humanidad con las que hay que tratar: las hordas del hambre, los negros, los blancos y los rojos; las bombas que duermen; los ‘love-ins’; los hippies; los no tan hippies; Johnson; las cucarachas de Albuquerque; la mala cerveza; la blenorragia; los editoriales apestosos; esto y lo otro, y lo de más allá, y la peste. La peste aún está aquí. yo vivo hoy, no mañana. mi utopía significa menos peste ahora”.