21 Jun 2021 - 11:06 p. m.

Chile es un viaje al futuro de Colombia

El historiador y ex concejal de Bogotá Juan Carlos Flórez acaba de publicar un libro en el que pone el acento en aquellas generaciones que han sobrado a lo largo de la historia. Lo que ocurre en Chile hoy, por ejemplo, es un evento que deberíamos mirar como sociedad. Presentamos un aparte del libro Los que sobran, publicado por Planeta, en su sello Ariel.

Juan Carlos Flórez

Los Sackler, los Saieh, son plutócratas que podemos encontrar en todos los continentes, que con su actuar han convertido al resto de la sociedad en una suerte de incómoda excrecencia. Para estos María Antonietos globales las mayorías sobramos, somos aquellos a los que en definitiva no hay que tener en cuenta, salvo para ser embaucados, engrupidos –como se dice en el cono sur y en algunas regiones de Colombia– y excluidos.

Le sugerimos: Juan Forn: una vida rebelde que marcó el pulso de las letras argentinas

Pero ¿en qué mundo vivían los billonarios Piñera y Saieh que no vieron la catástrofe que se abría bajo sus pies? ¿Qué llevó al primero a presentar a su país como una suerte de Luxemburgo perdido en una convulsionada América Latina y al segundo a dedicarse frívolamente a la caza de un cuadro, cual consorte real entregada a una vida de placeres en la ciudadela palaciega de Versalles, mientras la revolución rugía amenazante en el horizonte?

“Un difuso malestar recorre Chile. Sería arriesgado ocultarlo”. Con estas palabras presentaba el informe del programa de Naciones Unidas para el desarrollo los desafíos a los que se enfrentaba Chile en 1998, durante el sexenio del entonces presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle. El informe se llamó “Las paradojas de la modernización”, pero su nombre original era “El malestar de la modernización”, título que fue vetado por el gobierno, porque contradecía el consenso-espejismo al que se había entregado todo el establishment chileno, que en su país el modelo económico heredado del dictador Pinochet era el mejor de los mundos posibles.

El estudio señalaba uno de los mantras del frente nacional tácito establecido entre las élites chilenas, independiente de su orientación política, el “exitismo”, la creencia que Chile era un caso de éxito y que todo problema podía ser solucionado por la economía: “El modo más rotundo de negar un problema es el exitismo. Después de todo, “el sistema funciona”. Este descansa sobre una falacia: de la constatación “el sistema funciona bien así” se saca la conclusión “el sistema no funciona bien sino así”. Y contra toda la evidencia que se fue acumulando en las siguiente dos décadas, empresarios, políticos e intelectuales –que en su gran mayoría se plegaron al confort que se les ofrecía si entonaban ditirambos en loor del sistema– se negaron a ver durante décadas el malestar que invadía a la ciudadanía.

Acudiendo a un lenguaje un tanto esópico para no incordiar al gobierno, los redactores del estudio intentaron advertir: “Si la gente no percibe que la modernización de la sociedad chilena tiene sentido, ésta podría ser más frágil de lo que hacen suponer sus logros. Ese sinsentido es una amenaza latente. La falta de confianza en encontrar empleo, en poder pagar la atención de salud, en recibir ingresos suficientes en la vejez, en disponer de la información y los conocimientos necesarios, todas esas percepciones resaltan la distancia que sienten las personas en relación con los sistemas. Puede surgir una pérdida de fiabilidad que traspasa los distintos sistemas funcionales y termina por afectar al conjunto”.

Le puede interesar: Lo ‘maquiavélico’ de Nicolás Maquiavelo (I)

Justamente el año anterior a la publicación del documento de Naciones Unidas, un veterano sociólogo chileno, Tomás Moulian Emparanza, había señalado –reciclando una famosa metáfora de Weber– en su libro Chile anatomía de un mito: “La metáfora de la “jaula de hierro” se aplica a un dispositivo constituido por dos elementos principales: leyes políticas de rango constitucional, elaboradas entre 1977 y 1989, y un sistema de partidos, que se fue formando desde 1984. El objetivo de esa instalación es preservar al neocapitalismo de los avatares e incertidumbres de la democracia. Constituye la forma actualizada de la “democracia protegida”, la última de sus apariciones y la más significativa, porque es la factual, la existente. Ha sido la que ha permitido culminar exitosamente el transformismo; esto es, la sobrevivencia del neocapitalismo de Pinochet en la democracia actual”. Moulian Emparanza ponía el dedo en la llaga, la práctica intocabilidad de la constitución pinochetista que protegía bajo siete sellos el capitalismo extremista chileno y a sus principales beneficiarios, los billonarios, y un sistema de partidos que, aunque jugaban a la diferencia, respetaban el tabú central del sistema chileno, el sistema ultraprivatizador no se toca. Moulian fue fácilmente anatematizado como izquierdista por aquellos intelectuales que después de haber pertenecido también a la izquierda opositora a Pinochet, se travistieron en radicales y entusiastas conversos a una nueva biblia, ya no la marxista sino la neoliberal y a su principal liturgia, el consumismo. Estos conversos, retomando una idea de Stendhal en su Vida de Napoleón, tuvieron “el defecto de todos los advenedizos: estimar demasiado a la clase a la que han llegado”.

Al final, nadie en el poder sacó ninguna lección de estos dos documentos que alertaban que algo no andaba bien.

El viernes 4 de octubre de 2019, el gobierno chileno hizo un anuncio rutinario, el alza de los pasajes del transporte en 30 pesos en Santiago, la capital del país, lo que llevó el precio de un pasaje a 830 pesos, alrededor de 1,20 dólares. La radio de la Universidad de Chile presentó dicha noticia así, “Bolsillos en problemas”, señalando que a esta alza se sumaba el incremento de 9.2% en las tarifas de la electricidad.

El lunes 7 de octubre, en las horas de la tarde, la periodista de CNN Chile, Matilde Burgos Silva, entrevistaba al ministro de economía de Chile, Juan Andrés Fontaine Talavera, y en la mitad de la conversación le preguntó sobre el alza en los pasajes del transporte. El ministro respondió que era un alza rutinaria, puesto que subía el petróleo del cual su país era importador, pero que, en el caso del metro de Santiago, las personas que viajaran en la hora de menor congestión, hora valle, podrían tener pasajes más baratos. La periodista Burgos le contrapreguntó: “Sin embargo, eso exige que la misma gente que recorre una gran cantidad de kilómetros y que se levanta temprano tenga que levantarse todavía más temprano, ¿es así?”. Y el ministro, le respondió: “Desgraciadamente tiene (sic) es necesario ese esfuerzo”. En un país, en que la sensación de humillación, desprecio y exclusión es inmensa, estas palabras atizaron el fuego del estallido. Sobra decir que Fontaine es parte de la élite María Antonieta chilena. Estudió en uno de los tradicionales colegios católicos, el Colegio de los Sagrados Corazones de Manquehue que pertenece a la congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María y de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento del Altar, luego en la universidad Católica y después economía en la universidad de Chicago, posteriormente fue burócrata del banco central bajo Pinochet y miembro de un sinnúmero de juntas directivas, en la que se entrecruzan los destinos de los 70 apellidos que mangonean a Chile. Su padre fue director de la biblia de las élites chilenas más ultramontanas, el diario El Mercurio. De ahí su pavoroso desconocimiento de las condiciones de vida del pueblo de su país. A falta de transporte barato, madruguen más. Algo que perfectamente hubiera podido decir la reina María Antonieta hace ya más de dos siglos.

En una atmósfera de creciente descontento con el gobierno del billonario Sebastián Piñera, quien con una fortuna cercana a los 3 billones de dólares estaba en la quíntupla de los más ricos de su país, los estudiantes de la enseñanza secundaria lanzaron la consigna de una evasión masiva en el pago de los pasajes del metro de Santiago. Y para sorpresa de todo el mundo, lo que parecía una censurable travesura de adolescentes se transformó en unas pocas horas, a la velocidad de un virus, en una insurrección nacional, a partir del viernes 18 de octubre, contra el conjunto del grupo dirigente chileno. Una élite provinciana y arrogante que había cometido el error de creerse su propia propaganda, que el país era un caso de éxito global y que su modelo extremista de privatizaciones le daba a Chile el boleto para entrar en las grandes ligas.

Le sugerimos: “Donde cantan las ballenas”: un caminar incierto pero valiente

Las ilusiones que la élite se había hecho, sumida en un peligroso divorcio con las realidades de su país, fueron convertidas en polvo, en pocos días, por la generalizada insurrección de las mayorías ciudadanas en su contra. El pequeño grupo de poder chileno, que padece del síndrome del conquistador, pero contra su propio pueblo, ha creído durante siglos, como otras élites latinoamericanas, que ellos son una suerte de europeos perdidos en el cono sur, que nada tienen que ver con su pueblo mestizo y de raíces indígenas. Este espejismo, que se hace trizas cada cierto tiempo, es muy común entre las oligarquías latinoamericanas que siguen acudiendo a la burda tecnología de superioridad racial del conquistador, para legitimar la exclusión de las mayorías de las instancias claves en las que toman las decisiones más importantes.

Comparte: