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Primero fue su enamorada. Después pasó a ser su novia y desde hace casi seis décadas es su mujer. Su preferencia se la disputaron dos instrumentos: el saxofón tenor y la trompeta. Se quedó con la segunda porque entendió que sus condiciones corporales le permitirían llegar más lejos tocando con sus labios un aparato de nombre femenino. Y no se equivocó.
“La trompeta es la primera mujer mía y después están todas las demás. Ella me ha dado todo en la vida y tengo que estar muy agradecido. Pero, contrario a lo que podría pensarse, solamente tengo una y en mi casa en Nueva York conservo un cornetín de los años en los que empecé”, afirma este músico cubano, primo hermano del Benny Moré, con quien grabó en varias oportunidades en la isla.
Para él, las cuentas claras y el Chocolate como debe ser: Armenteros. Un día lo confundieron con el legendario boxeador Eligio Sardiña, más conocido en el mundo de los cuadriláteros como Kid Chocolate, y desde entonces ese ha sido su dulce nombre. Es nulo su parentesco con el deportista, pero le agradece inmensamente el seudónimo porque antes en vez de Alfredo le decían Sebastián, Alfonso y de muchas otras maneras. Hoy por hoy, él mismo se dice Chocolate y las veces que se ha probado le ha gustado mucho su sabor.
Nació en Ranchuelo, provincia de Las Villas en Cuba, un pedacito de tierra que le enseñó la tercera parte de todo lo que sabe en la vida, porque lo demás lo aprendió durante sus viajes por 67 países. En todas sus presentaciones sale aplaudido y el público no se arrodilla ante su carácter virtuoso porque no quiere perderse la oportunidad de bailar escuchando el recorrido que hace el veterano músico por ritmos antillanos como la guaracha, el son, el latin jazz, la guajira, el mambo, el chachachá y la pachanga, sin olvidar las ya tradicionales descargas al estilo Chocolate Armenteros.
“Tengo 80 años recién cumplidos, estoy como un coco y todavía toco como si tuviera 20. Es decir, que si tengo un pítcher un poco lento le robo la segunda base porque la trompeta la hago sonar muy rico, le pongo energía, técnica y fuerza. Yo estaré al lado del instrumento hasta que Dios quiera y mientras tenga labio para eso, pues toca seguir gozando. Pero yo creo que a mí no hay quién me retire. Me retiro yo mismo cuando me dé cuenta de que ya no puedo más”, comenta entre risas el trompetista que grabó su primera producción discográfica el 18 de mayo de 1949 con la orquesta de René Álvarez.
Ha tocado con tantas agrupaciones que a estas alturas ya se le olvidan algunas. Ese don de adaptarse a las exigencias de los demás y el buen espíritu para compartir con los colegas, le han dado la oportunidad de sobresalir al lado de las verdaderas figuras de las sonoridades latinas. El Septeto Habanero, el grupo de Arsenio Rodríguez, la Orquesta de Machito, la Big Band de Benny Moré, el Grupo Folklórico y Experimental Nuevayorkino, Israel Cachao López, la Sonora Matancera, Papaíto y Alfredo Valdez, han sido tan sólo algunos de los colectivos en los que ha brillado. “El público siempre me ha premiado con su calor, pero yo creo que ahora me ven más feo porque estoy más viejo”, sostiene sin pena el artista.
Además de trompetista, también se ha destacado como productor, arreglista y compositor. Sus creaciones Chocolate aquí, A pasear en coche, Hot chocolate y Mi guajira se han convertido en verdaderos íconos de la música cubana. Hace unos años saltó a la pantalla grande al figurar en el reparto de la película The Lost City, protagonizada por Andy García. A él le gusta la vida con el son que le toquen y le parece que toda la música es bonita, porque forma parte del arte. Lleva varios años dedicado a su estudio y por eso la conoce bien y trata de acercarse a ella de la única forma que tiene: su trompeta.
No tiene proyectos. Ahora prefiere tener muy pocas ocupaciones, porque cree que es hora de cuidar su salud. Eso sí le gusta que los minutos transcurran mientras acaricia, toca, saborea y hace sonar a la mujer más importante de su vida.