Napoleón gobernaba sobre tres entidades políticas: el Reino de Italia, la Confederación Suiza y la Confederación del Rihn, que incluía la casi totalidad de Alemania, además de Austria y Prusia, así como el Gran Ducado de Varsovia”. Y fue en 1812, “…cuando Napoleón y su ‘Ejército de las Veinte Naciones’, el ejército más poderoso que jamás había existido en Europa, cruzó el río Niemen para emprender la campaña de Rusia”. Pero, “…poco tiempo después, y no obstante la conquista de Moscú, su retirada, por la ruta de Smolensko, se convirtió en una derrota completa, la cual aceleró la desintegración del imperio”.
No obstante el esfuerzo del Congreso de Viena, constituido en 1814 para la restructuración de Europa tras el final de la era del imperio napoleónico, “…los vencedores, obsesionados por sus propios intereses, ignoraron los violentos movimientos nacionalistas que habían comenzado a producirse durante la campaña de Rusia, y que habrían de ocasionar una larga serie de revoluciones y guerras”. Y el Romanticismo en la música, que naciera y se desarrollara en plena turbulencia de mitad del siglo antepasado, como en el caso de Franz Lizst, para Frédéric Chopin, otro de sus grandes exponentes, también se adueñó de su período vital en éste mundo, entre 1810 y 1849.
Fryderyk Franciszek Chopin, compositor y pianista polaco, nació en Zelazowa Wola, localidad cercana a Varsovia, Polonia, en 1810. Hijo de emigrante francés, Nicolás Chopin, bibliotecario en la residencia del conde Skarbek y de madre polaca, Justina Lrzyzanowska. Años después, su padre fue maestro en Varsovia y, a instancias de él y de su familia, quienes ya habían notado su genialidad y su temprana inclinación a la música, Chopin estudió en el Conservatorio, bajo la orientación y dirección de Josef Ksawery Elsner, no sin antes haber recibido clases del violinista checo Wojsiej Zywny y de su propia hermana Louise.
Entre los años 1824 y 1825 , Chopin vivió en Szafarnia, y allí tuvo la oportunidad de observar y asimilar la fuerza y autenticidad de las canciones y de los bailes populares campesinos, como genuina inspiración que aquellas eran, de las tradicionales ‘polonesas’ del folclore polaco.
Por increíble que parezca, “…Chopin nunca tuvo entre sus profesores a ningún pianista, no obstante su afición obsesiva de siempre, por el piano como instrumento, la cual lo llevaría a persistir, en forma autodidacta, en el estudio de las posibilidades del piano”.
La formación de Chopin se estructuró, por una parte, con un profundo conocimiento de la obra de Bach y de Mozart, que Zywny logró impartirle durante los años que fue su maestro, y por otra, con las enseñanzas en contrapunto y armonía recibidas de Elsner. “Para sorpresa de sus maestros, su precoz discípulo llevaba ya tiempo componiendo algunas de sus obras, varias ‘Polonesas’ y varias ‘Mazurcas’ (1821)”. Se afirma igualmente “…que Elsner, (cuya predilección estaba por el lado de la música orquestal y de la ópera), también pudo haberle impartido formación en música sinfónica.
Es ésta, una conclusión a la cual se llega, al considerar que sus dos conciertos para piano, (compuestos en 1829 y 1830), en los cuales hay gran despliegue orquestal, son obras de su etapa temprana”. En relación con su Concierto Nº2, Chopin le confiaba a su ‘alter ego’ y gran amigo desde su juventud Titus Woiciechowski, que su segundo movimiento era una declaración de su amor por la muy admirada joven cantante Constantia Gladkowska, “…con quien todas las noches soñaba”. De aquellos mismos años data el Gran Rondó de Concierto ‘Krakoviak’, estrenado en 1829 en Viena y presentado, meses después en Varsovia, causando ‘tremenda impresión’. Su éxito se atribuye al hecho de que la ‘krakoviak’, una danza polaca de un característico ritmo sincopado, estaba muy de moda en los salones de la burguesía y la aristocracia desde 1794, cuando se estrenó la ópera ‘Krakowiacy i Górale’, de Jan Stefani.
En el Romantisismo en la música, se distinguen dos claras tendencias o matices, cuyos rasgos son claramente definidos. “…Una tendencia, en la cual se destacan Niccolo Paganini, Hector Berlioz y Franz Liszt, músicos de temperamento fogoso y extrovertido que explotaron los recursos instrumentales, los del violín, la orquesta y el piano, respectivamente, obteniendo efectos hasta entonces insospechados. En la segunda tendencia, encontramos a un grupo de compositores, cuyo arte estuvo determinado por necesidades expresivas muy distintas. Es el arte de un Schumann o un Chopin, que evita el boato, las acrobacias y las sonoridades voluminosas, sin que por ello sea un arte menos innovador, ni menos representativo del espíritu romántico”.
La década del 30, “…en la cual fracasó la insurrección de los polacos, (1829-1830), en contra de la opresión de los rusos, se doblegó su ánimo, se acentuó su patriotismo, y se inclinó su voluntad hacia el abandono de Polonia, para radicarse en París, si bien, cuando manifestó tal propósito, dijo que lo hacía para perfeccionar su arte, confiando en el regreso a su querida Polonia algún día. Nunca regresaría Chopin a su patria, y esa nostálgica realidad habría de afectar profundamente su vida para reflejarse, también, en muchas de sus obras posteriores”.
Antes de ir a vivir a París, Chopin estuvo algún tiempo en Viena, con el propósito de conquistarla, pero aquel público, sumido aún en el recuerdo de los grandes compositores, Mozart, Beethoven, y Schubert, se mostró reacio a su música. En alguna de sus cartas, Chopin manifestó que el público vienés de aquellos días, “…sólo quiere oír los waltzes de Lanner y de Strauss, el viejo”.
Cuando Chopin llegó a París en 1831, llevaba una carta de recomendación del Dr. Malfatti, (quien había atendido a Beethoven), al compositor Fernando Paer, quien, a su vez, lo relacionó con el pianista Friedrich Kalkbrenner, uno de los grandes pianistas de la época, y con cuya ayuda, Chopin logró entrar en la sociedad parisina de la época, al tener acceso también al París romántico de los artistas y a sus reuniones. Lo cierto es que, el ambiente de la capital francesa, favorecía la difusión de su música, “…pues aquella se avenía más con la intimidad del pequeño salón, frecuentado por las personas cultas y sensibles. Los asistentes a esas íntimas veladas eran en su mayoría, artistas: Eugène Delacroix, los Rothschild, Liszt, la condesa D’Agoult, y Heine”. “….no sin ironía, Liszt se refirió, en alguna crónica de periódico, al público que asistía a oír a Chopin, como ‘la aristocracia de la sangre, del dinero, del talento, de la belleza’”.
El enorme éxito que rápidamente alcanzó Chopin en París, se generalizó en toda Europa. Las más prestigiosas casas editoras de Francia y Alemania, firmaron contratos con él, para la publicación de su música. En esos días de 1834, conoció al célebre compositor italiano de ópera Vincenzo Bellini, con quien inició gran amistad. “De los días de 1835, durante los cuales fue también muy intensa su actividad como profesor, son obras como las Polonesas del Opus 26, las Mazurkas del Opus 24, La Gran Polonesa Brillante, el Andante Spianato y las Variaciones Brillantes, entre otras”. Ya para entonces, su precaria salud comenzó a complicarse, con una afección pulmonar crónica, la cual fue uno de los factores que frustró su matrimonio con María Wodzinsky, de cercana y muy apreciada familia conocida desde la infancia, y a quien dedicara el famoso Waltz Nº1 ‘El adiós’.
A finales de 1836, Chopin conoció a la baronesa Dudevant, (su nombre Aurore Dupin), y su seudónimo como novelista, George Sand. No sin cierto rechazo mutuo en el momento de conocerse, la relación de pareja se concretó cuando ella comprobó que Chopin no se casaría con María. “Aquella relación de pareja, no legal, duró varios años en París, conviviendo en apartamentos contiguos, en uno, la Sand con sus hijos y en el otro él”.
De aquellos días, 1838, datan eventos importantes como lo fueron un concierto en ‘Las Tullerías’, un concierto ante el Pontífice y un concierto en la residencia del duque de Orleans. Sin embargo, ante el empeoramiento de su salud, por recomendación médica viajaron a las Islas Baleares y permanecieron varios meses en Mallorca, “…días aquellos de triste recordación, pues allí se comprobó que Chopin tenía tuberculosis”. “Lo único positivo de aquella temporada, son los 24 ‘Preludios’ que allí compuso”.
“Ya de regreso en París, años más tarde, en 1842, con una gran fama en los países occidentales y un prestigio sin precedentes en su nostálgica e inolvidable Polonia, los comentarios de prensa acerca de sus conciertos, registraban algunos tan elogiosos como el que hiciera el poeta Heinrich Heine: ‘Chopin es un gran poeta de la música, un artista tan genial que sólo puede compararse con Mozart, Beethoven, Rossini y Berlioz’”.
Muy exitosa también fue su gira por Inglaterra y Escocia después de su salida de París debido a la Segunda Revolución. “Sin embargo, en ella se realizó la última, no tan afortunada, presentación en público de Chopin, el 16 de Diciembre de 1848, durante un baile polaco en Guildhall, Londres, pues para entonces, la salud de Chopin era ya muy precaria y su melancolía muy notoria. Paradójicamente, el final de su carrera artística, debió traer para él un gran desconsuelo, pues hasta en la prensa londinense al día siguiente, se ignoró su presencia en el evento”.
Al comienzo de 1849, su salud se agravó y fue visitado por gran parte de la sociedad parisina y por los coterráneos residentes en París. Rodeado por sus amistades y por sus parientes cercanos llegados de Varsovia, Chopin falleció el 17 de Octubre de 1849, a la edad de 39 años. El obituario que apareció en los periódicos decía: “Fue miembro de la familia de Varsovia por nacionalidad, polaco por corazón y ciudadano del mundo por su talento, que hoy se ha ido de la tierra”.
Durante su funeral, en la Iglesia de Santa Magdalena de París, por voluntad suya se interpretaron sus ‘Preludios’ y el Réquiem de Mozart. También, durante el entierro en el Cementerio Père-Lachaise de París, se interpretó la hoy archi famosa ‘Marcha Fúnebre’ de su Sonata en Si bemol Opus 35.
Bibliografía:
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SCHOLES, Percy A. ‘The Oxford Companion to Music’. Oxford University Press, 1970