¿Dónde nací
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en qué calle aprendí a dudar
de qué balcón hinchado de miseria
se arrojó la dicha una mañana
dónde aprendí a mentir
a llevar mi nombre de seis letras negras
como un golpe ajeno?
«Valses» (1971)
CASA DE MUJERES
Mientras la luz del día se filtraba a través de las rejas de la puerta principal al pequeño zaguán de la entrada, Blanca se tendía bocabajo en el suelo, siempre con sus gruesos volúmenes, que muchas veces le costaba cargar. La niña se situaba en el siguiente umbral, obstruyendo el paso. Pero nadie en casa le pedía que se moviera. Cuando alguien lee, no se le interrumpe. Esa era una consigna no dicha en la familia. Solo su hermana Nelly, más pequeña y flacucha, pasaba a veces por encima de ella, pisándola. Blanca ni se inmutaba, cuando mucho la ahuyentaba con la mano y alguna palabra que hacía reír a su hermanita menor. «He leído desde muy niña y en casa me dejaban leer lo que me viniera en gana», dijo a menudo Blanca Varela en las contadas entrevistas que concedió de adulta. «Mi madre leía a escritores franceses y allí estaban a mi disposición, indiscriminadamente, [Alejandro] Dumas y [Gustave] Flaubert, [Émile] Zola, [Honoré de] Balzac, [Guy de] Maupassant y otros. A mi padre le gustaba la novela española. Me prestaba a Baroja, Valle-Inclán, Blasco Ibáñez. Los rusos no faltaban; me amanecía con Dostoievski y con luz de vela porque, eso sí, me quitaban la lámpara del velador para que no leyera hasta tan tarde. Tenía una familia en la que, no sé si para bien o para mal, todo el mundo escribía, especialmente las mujeres».
Su infancia se desarrolló en la modesta casa de la calle Mariano Carranza 306, en el por entonces nuevo barrio de Santa Beatriz, en Lima. Salvo por su hermano, Raúl, que le llevaba dos años, solo había mujeres: su madre, Esmeralda González Castro; su abuela Delia Castro Márquez; Blanca Varela; su hermana Nelly, dos años menor que ella; más adelante su hermana Maruja Bromley, y la empleada del hogar de turno. En la Lima de entonces, la clase media —hasta quienes pasaban estrecheces— siempre tenía ayuda doméstica.
Y, sí, tanto su madre como su abuela, e incluso su bisabuela por esa línea familiar, fueron poetas conocidas. Mujeres fuertes e independientes, además, ligadas al teatro, a la música, que publicaron en prensa, escribieron libretos para la radio y, finalmente, para la televisión.
La abuela Delia Castro no dormía en esa casa, pero pasaba todo el día allí. Llegaba a diario, a primera hora de la mañana, vestida con sus largos abrigos negros y una mantilla, también negra, que le cubría la cabeza. Siempre sacaba objetos improbables de sus bolsillos, además de caramelitos para los nietos. Se quedaba en casa todo el día y se iba como a las siete, con un paquete de comida para su hijo menor, Salvador, al que adoraba, pero del que no se hablaba mucho porque ella lo prefería así. A veces, él iba a casa a ver a su hermana y era muy simpático y divertido con los niños, les contaba chistes. Pero cada cierto tiempo se desaparecía unos días y se emborrachaba. Era alcohólico.
Delia era de estatura media y muy enérgica, de carácter fuerte; decía lisuras con desparpajo. Fumaba mucho, aunque siempre sufrió del corazón. Sus nietas la llamaban Villeca, de ‘vieja’. Habiendo en el hogar dos madres, una era la mayor, la vieja. También tenía mucho sentido del humor, al igual que su hija.
«Mi abuela era muy loca y muy inteligente. Pero tenía sesenta y tantos años y ya era una anciana encorvada. Se murió bastante joven, sufrió mucho porque se le murieron dos o tres hijos. Mi mamá se quedó muy ligada con ella, nunca se separó, se ocupaba mucho de ella. Había temporadas en que vivía en la casa. Yo me divertía mucho, seguro que era su nieta preferida», recordaba Blanca.
La abuela y la madre tenían una habilidad excepcional para versificar. De hecho, ambas hablaban en verso, en décimas, en cuartetas, en octavas improvisando. «La influencia de mi mamá ha sido muy fuerte. Ella y mi abuela hablaban en verso en la mesa, cosas como “pásame la sal, toma que te las dan”, tonteras así. Eran muy divertidas», recordaba Blanca.
«Era una familia donde todo el tiempo se hablaba de crear cosas, y eso a mí me molestaba un poco, pero estaba en el aire. Oía recitar poemas a mi abuela, mi madre hacía poemas, había todo un lenguaje incorporado al lenguaje familiar que era parapoético. No creo que fuera estrictamente poético».
Y eso que ninguna de las dos había tenido una educación formal. Por circunstancias de la vida, que luego retomaremos, ninguna terminó la educación primaria. Pero siempre fueron lectoras y estuvieron relacionadas con escritores, periodistas e intelectuales relevantes. La economía familiar fue siempre precaria, muchas veces rayando en la pobreza. Tuvieron que sacar adelante a sus familias ellas solas.
Blanca Leonor Varela Gonzáles nació a las cuatro de la madrugada del 10 de agosto de 1926, en la calle Lampa 1188, en el centro de Lima. Era la segunda hija de Esmeralda González Castro y Alberto Varela Orbegoso, precedida por su hermano, Raúl (1924), y seguida por su hermana Nelly (1928). La pareja vivió en esa dirección más o menos hasta 1930, en que Esmeralda rompió la relación y se llevó a sus tres hijos para vivir de forma independiente. El padre de sus hijos nunca se casó con ella.
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Es final del verano de 2025 en Madrid. He quedado con Nelly Varela en la acogedora residencia de mayores en Tres Cantos, donde vive rodeada de árboles y paisaje. Una instalación amplia que, al entrar, parece un ajetreado hotel de vacaciones, con huéspedes que cargan en sus cuerpos el peso del siglo XX, junto a familiares que los visitan o cuidadores que los llevan de un lugar a otro con delicadeza. Nelly está con su hijo Ricardo Sarria, con quien he concertado la reunión para hablar de Blanca, su hermana. En otro de los encuentros nos acompañó su hija Verónica. Nelly tiene noventa y siete años, un rostro con pocas arrugas, pómulos altos, abundante cabellera entrecana y una amplia y amable sonrisa. Se apoya para caminar en un andador del que cuelga una bolsita con un retrato de Audrey Hepburn en Desayuno en Tifanny’s. Su memoria a corto plazo flaquea, pero mantiene bastante frescos los recuerdos lejanos de la infancia y juventud. Es extraordinario poder contar con esa memoria para acercarnos a detalles de la vida de Blanca. Siempre estuvieron muy unidas, aun cuando Nelly se fue a vivir a España, en los años setenta.
«La casa de Mariano Carranza era pequeña, pero a nosotros nos parecía un palacio. Tenía dos dormitorios, un salón. Bueno, es un poco presuntuoso decir salón, era una sala. Y un gran comedor, el comedor sí era grande. Nos juntábamos ahí más que en la sala. La cocina, el baño y un pequeño cuarto de servicio para la muchacha», describe Nelly. «En uno de los dormitorios estaba mi mamá con Raúl; en el otro, Blanca y yo».
Hoy, esa casa sigue igual. Una sobria construcción de un solo piso, con una puerta de madera de dos hojas y rejas y una amplia ventana a la calle. En la fachada hay una placa donde se recuerda que allí vivieron la compositora de música criolla Esmeralda González, conocida como Serafina Quinteras, y la poeta Blanca Varela. Si esa casa hablara… La haremos hablar. Y no solo a esa casa, todo el barrio tiene un peso inusitado en esta historia.
El barrio de Santa Beatriz fue parte de la enorme expansión y reordenación urbana de Lima emprendida durante el Oncenio de Leguía o la llamada Patria Nueva, es decir, durante la dictadura del caudillo civil Augusto B. Leguía, entre 1919 y 1930. En 1921 estaba por cumplirse el primer centenario de la independencia del Perú y, tras décadas de inestabilidad e insuficientes mejoras en obras públicas, Leguía se sumó a la tendencia en la América Latina de principios del siglo xx de emprender una gran modernización urbana. El antiguo centro colonial (una mezcla indiscriminada de casas señoriales, quintas y callejones populares) necesitaba expandirse, y una clase media emergente pugnaba por convertir la ciudad en una metrópolis acorde a las que ya se veían en Estados Unidos y Europa.
El viejo orden oligárquico cedía. El gobernante atrajo población de otras regiones del Perú, planteó a los indígenas convertirse en propietarios, amplió considerablemente la plantilla de empleados públicos, construyó una red de carreteras en todo el país y promovió una reforma del sistema educativo.
A esto se unió un nuevo elemento: el automóvil. En ese periodo comenzó la demarcación de la ciudad en barrios diferenciados por clases sociales. En la vieja Lima, los barrios habían sido compartidos por todas las clases, pero con la aparición del automóvil los ricos dejaron el centro y se trasladaron a las urbanizaciones.
El bosque de Santa Beatriz se transformó en el parque de la Reserva: unas ocho hectáreas, diseñadas por el arquitecto francés Claude Sahut, que incluyeron elementos decorativos como estatuas y fuentes, muchos de ellos con motivos indigenistas, como la Casita andina o Casa Sabogal, diseñada por el artista José Sabogal.
Como eje fundamental se construyó en solo un año la avenida Leguía (hoy avenida Arequipa), el gran símbolo urbano de la época, que une en seis kilómetros los distritos del centro con Lince, San Isidro y el balneario de Miraflores. Inaugurada en 1921, contaba con pistas en dos direcciones y una berma central arbolada. La casa de Blanca Varela estaba a menos de dos cuadras de la avenida Leguía 1055, donde se alzaba en todo su esplendor el edificio del Colegio Italiano Antonio Raimondi, inaugurado en 1930, al que asistieron ella y sus hermanas.
El edificio del Colegio Italiano Antonio Raimondi (hoy monumento nacional) es el más importante de toda la avenida. Se levantó con las donaciones —incluidos los terrenos— de inmigrantes italianos ya muy solventes y con la colaboración del Gobierno de Italia. Tiene tres plantas, ocupa toda una manzana (la parte posterior junto con la capilla lindan con la avenida Petit Thouars) y fue construido con materiales importados, gracias a una excepción tributaria de Leguía, que alcanzó también a los materiales didácticos. Se importaron ochocientas bancas americanas, treinta pupitres de madera, un museo completo de tecnología industrial y comercial, aparatos de física y química, globos terráqueos, mapas murales, etc. Para el servicio de los alimentos se importaron juegos completos de vajilla y de loza, cubiertos de alpaca, ollas de aluminio, vasos de vidrio y todo lo necesario. En 1938 se alcanzaron los 1176 estudiantes. El edificio del colegio tenía secciones separadas para niños y niñas. La sección femenina estuvo a cargo de las monjas de la Congregación de las Hijas de Santa Ana.
Entre la plantilla de profesores que le dieron prestigio y solidez figuraron Julio C. Tello, Raúl Porras Barrenechea, José Jiménez Borja, Francisco Miró Quesada Rada, Jorge Puccinelli, Carlos Rodríguez Pastor y Raúl Ferrero Rebagliati.
Todos los días, Blanca Varela caminaba menos de cinco minutos desde su modesta casa y entraba a este gran palacio, donde pronto se convirtió en una figura destacada, y no solo por ser una alumna aplicada.
Procurar una buena educación fue prioridad para Esmeralda González. Algo que ella echó mucho en falta en su propia vida. «Nos mudamos a Santa Beatriz para estar cerca del colegio, cuando estuvimos en edad de ir», explica Nelly. «Antes habíamos ido a una escuelita, que se llamaba escuela Montessori, de la señora Mercedes Castro. Solo tenían primaria. Ella era muy amiga de mi mamá y una mujer muy avanzada para la época, también en ideas políticas». Estaba ubicada casi frente al Cine Azul, en la cuadra cuatro de la calle Teodoro Cárdenas, en Santa Beatriz.
Hay un par de fotos de esa escuela que Blanca siempre guardó. Sentados en una escalera central exterior de veinte peldaños, que comunicaba los salones del segundo piso, hay cerca de un centenar de niñas y niños. Al centro, entre ellos, unas sonrientes profesoras. El método pedagógico desarrollado en Italia por Maria Montessori se dio a conocer en 1907, por lo que su adopción en Lima fue bastante rápida. En contra de la enseñanza jerárquica y severa que dominaba en la mayoría de las escuelas, Montessori desarrolló un sistema en el que los niños, guiados por sus profesores, fueran aprendiendo a través de la experiencia sensorial las bases de una autodisciplina y autonomía. Así, la inteligencia y la fortaleza psíquica del alumno se iban entrenando mediante materiales didácticos adecuados. Esta base tuvo gran importancia en la educación y la mentalidad de Blanca Varela.
Blanca sintió muy pronto en su vida la fascinación por las palabras. Lo cuenta en una de las primeras entrevistas que dio, por escrito, a Christine Graves, quien escribió la primera tesis universitaria sobre su obra para la Universidad de San Diego, California. «Desde muy niña adquirí la costumbre de sentarme a la mesa, frente a un papel en blanco, para decir cosas que no podía decir de viva voz, y ordenaba y desordenaba palabras tratando de encontrar en ese juego algo que fuera diferente, mejor, o que me revelara algo más de esa realidad que me rodeaba y que no me gustaba demasiado. Creo que comencé a escribir para ver si “alguien” contestaba a mis más secretas y obsesivas preguntas; esas que solo pueden hacer los niños cuando descubren la sordera de los mayores, de dios, del mundo, del cosmos. No tuve más remedio que aprender a contestarme yo misma, y para no reconocerme, supongo, me aventuré —repito— un poco más allá de las cosas, de los objetos, de los gestos. Eso podría ser mi poesía, un riesgo de viaje a ninguna parte, para volver y empezar otra vez y otra vez».
Blanca explicó en muchos momentos la forma en que precozmente fue construyendo su mundo en la niñez. Un mundo cerrado a veces. Vamos a dejar que ella misma lo explique, recurriendo a sus propias palabras:
«[De niña] a mí no me interesaban las cosas que le interesaban a los demás. No me interesaban las muñecas, por ejemplo, ni juegos de cierto tipo. Yo era muy curiosa. Me gustaba la gente mayor, las cosas de gente mayor. [Era una agrandada] absolutamente, y era curiosa, pero discreta, ¿ah? Tenía un ojo terrible. Me daba cuenta inmediatamente de los detalles característicos de una persona, de sus defectos, pero también de sus virtudes. [No era mentirosa] yo era tal vez fabuladora, que es otra cosa. Me gustaban las historias, me gustaba escuchar cuentos de las empleadas de la casa. Yo les pedía que me contaran cuentos de sus pueblos, sus historias personales. Cosas de fantasmas».
«Todo comenzó desde muy niña, con un juego bastante secreto y obsesivo. Recuerdo muy claramente que no me gustaba demasiado lo que me rodeaba y que, al mismo tiempo, me gustaban demasiado las palabras, su sinsentido, su música», contaba en su artículo «Antes de escribir estas líneas». «Recuerdo, también, que podía y solía repetir una palabra durante mucho rato, palabras especiales que tenían una rara fascinación en mis oídos y en mi mente. Las repetía sin fatiga, las decía al revés, tan rápido como me fuera posible. O demasiado despacio, alargándolas, estirándolas, adelgazándolas. También podía usarlas para lo que no se debía, o invertía sus sílabas o cambiaba sus acentos, sin otra regla que mi humor y mi voluntad».
Jugaba mentalmente con las palabras, sus significados, sus misterios cada vez mayores. Pero también se le iba haciendo el oído con esa costumbre que su madre y su abuela tenían de introducir la poesía en la vida cotidiana. «Siempre he escrito. En esa época eran juegos. Hacía mis propias canciones, hacía adefesio y medio, improvisaba tonterías, pero nunca las he publicado. Eran una manera de hablarme».
«Yo tenía mucha facilidad para versificar. Empecé a escribir mis primeros versos a los seis o siete años, cosas de niña. Pero en mi familia —era un poco absurdo— no me aplaudían, cosa que yo nunca he hecho tampoco con mis propios hijos, porque hay que dejarlos que escojan su propio camino. Mi abuela y mi madre reaccionaron como suelen reaccionar los seres que nos quieren: piensan que todos en la familia —entre comillas— son muy inteligentes».
Nelly simplemente dice que su hermana era un genio. «Yo ya escribía en el colegio, era bastante buena alumna para las clases, sobre todo, de castellano, de literatura», decía Blanca. «Para mí era fácil, me decían el soneto se hace de tal manera y yo escribía un soneto sin mucho interés, pero que terminaba perfectamente medido y rimaba estupendamente bien. Hacía mi cuarteta, toda, perfecta. Eso era un poco el oficio, que tienes de oído, de la costumbre de la familia de hablar bien».
Leer y escribir: dos actividades que llenaban la cabeza de Blanca Varela de niña. «Cuando yo era pequeña, unos doce años, leía mucho. Tenía que leer libros muy grandes, porque me daba pena cuando se acababan. Leía en la cama, y siempre tenía encima de los pies otro volumen para que me calentara. Dostoievski, Tolstoi, la gran literatura rusa la leí así».
En ese deseo insaciable de lecturas tuvo mucho que ver su padre. Vivía cerca, lo visitaban una vez por semana y tenía una muy buena biblioteca a su disposición. Se podría pensar, incluso, que, al ver a su hija tan dispuesta a leer libros complejos, fue empujándola poco a poco para ver cuáles eran sus límites. En una conversación con Rosina Valcárcel, Blanca explicó la relación con su padre en ese sentido: «Mi padre era una persona a la que yo quería mucho y con el cual yo tenía muy buena relación», afirmó. «Mi padre era una persona crítica, era una persona muy divertida, que decía cosas a veces duras, pero con tanta gracia, y además con mucha sabiduría. Con él tuve mucho, muchísimo diálogo. No solo eso, mi padre fue una de las personas que determinó mis gustos literarios, claro que sí. Cuando yo era muy pequeña, él me prestaba —me daba— los libros que leía. Él leía mucho a los españoles, Unamuno, Baroja, Valle-Inclán. Imagínate, yo era una niña muy pequeña, tenía nueve o diez años y ya leía esas cosas. Tal vez no las entendía del todo, pero las leía. Es decir, no entendía lo que puedes entender cuando eres mayor y has desarrollado otros elementos de juicio. Pero sí, era una especie de atmósfera que él me ayudaba mucho a crear, en particular historias; tal vez más dirigida a la anécdota que a la esencia de las cosas. Eso me familiarizó con la literatura y con la lengua».
Esas lecturas eran distintas y mucho más libres que las que provenían de su educación en un colegio religioso. A veces su madre la encontraba leyendo libros que no le parecían apropiados para su edad, aunque no le impedía leerlos. «Tu padre es amoral», le reprochó en alguna ocasión, en referencia a esa ausencia de censura a que leyera libros para adultos. Y es quizá esa discrepancia, de la que ella no era muy consciente de niña, la que abonó uno de los primeros conflictos que terminó definiendo su posición ante la religión.
Blanca era una buena alumna. Las monjas la tenían en gran consideración. Ella dijo alguna vez haber sido «una niña mística». Pese a que en su casa no se practicaba la religión católica, sí se bautizó a los niños. «Mi familia no era nada religiosa; mi abuela hablaba pestes de los curas y las monjas», cuenta Nelly.
«Creo que tengo una relación con lo que podría ser dios muy conflictiva, ya que no soy una persona creyente», explicaba Blanca. «Desde niña fui demasiado crítica y observadora para creer de manera definitiva. Pero tuve una época de misticismo como todos los niños. A los diez años uno piensa que no es posible haber nacido para morir luego; por lo pronto se considera un ser especial. De repente, la vida nos va enseñando y diciendo, probando y comprobando, que vamos a envejecer, tener dolores, algunos placeres y que vamos a morir. Como no tengo esa facilidad para creer, porque justamente soy muy inquisitiva en cuanto a la autenticidad y a la realidad de las cosas… Pero claro que tengo apetito de trascendencia. No del tipo de vida ultraterrena luego de la muerte; no creo en el cielo. Pero sí quisiera que nuestro tránsito por aquí no fuese tan inútil, que sirviese para algo, que ayudase a alguien. Esa es la preocupación que tengo y que no se satisface con la religión. Por eso es que un tema constante en mi poesía es esa especie de destino, de azar que nos hace estar aquí».
Son los sentimientos que se derivan en su poesía, pero hay un recuerdo muy concreto del momento en que perdió la fe. O, más bien, en el que tuvo que elegir entre dios y la literatura. «De chiquita dialogaba con dios. Y, de pronto, a los doce años, dejé de ir a misa, dejé de comulgar, y luego dejé de creer. Mi primera rebeldía fue contra dios».
Y explicó el episodio que la separó desde entonces y para siempre de la religión católica. «De niña, yo leía cualquier cosa porque no me prohibían la lectura de nada. Recuerdo que le conté al cura que había leído Nana [de Zola, sobre una prostituta]. Yo tenía doce años. Entonces él me dijo, “es un libro asqueroso. Ahora vas a ir a tu casa y vas a quemarlo”. Y entonces yo le dije: “No puedo quemar libros. Los libros no se queman”. Y él me contestó: “No te voy a dar la absolución hasta que lo quemes”. Como no lo quemé, nunca más volví a misa. Como estaba en un colegio de religiosas eso me creaba problemas». De todas formas, terminó allí sus estudios, incluso por delante de la edad habitual. Y es que, además, fuera del colegio, Blanquita Varela se llegó a convertir en esos años en una celebridad de alcance nacional.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Fietta Jarque: es periodista, escritora y curadora de exposiciones. Nacida en Lima, empezó a trabajar en periodismo cultural en la revista Oiga y el diario El Observador. Reside en España desde 1984; ese año empezó a trabajar en Cultura en el diario El País, donde permaneció 28 años y diez meses. En 2013 creó la editorial digital PLibros y la librería digital Kiputeca (en receso). Es autora de Entrevista con los ángeles (El País Aguilar, 1995), en coautoría con Rosa Rivas; Yo me perdono (Alfaguara, 1998); Cómo piensan los artistas (FCE, 2015); La vida sin dueño, en colaboración con Fernando de Szyszlo (Alfaguara, 2016); Donde Dennis Hopper perdió el poncho (Seix Barral, 2021), y Madame Gauguin (FCE, 2022). Desde 2021 es editora de la revista Ojo Dorado, del Instituto Cultural Peruano Norteamericano (ICPNA).