El profundo impacto en la historia global del origen y expansión del islam está muy lejos del alcance de este corto artículo, pero no sobra recordar que hoy es la religión de mayor crecimiento, con más de dos mil millones de seguidores, cerca del 25 % de la población mundial. La mayoría están en Asia, pero también en Oriente Medio, África del Norte y, en menor medida, en Europa y América. El catolicismo con cerca de mil doscientos millones de feligreses, en su mayoría en el continente americano y Europa occidental, no llega al 18 % de la población del planeta, un porcentaje similar al de seguidores del hinduismo, cuyos practicantes se concentran en la India. Si sumamos católicos, protestantes y ortodoxos, el cristianismo sería la única tradición religiosa que hoy supera en número de fieles al islam.
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La doctrina fundamental del islam promulga la existencia de un único Dios, todopoderoso y misericordioso, cuyas enseñanzas fueron reveladas por el arcángel Gabriel a Mahoma (c.570-632), el último de los profetas. El Corán es el libro sagrado de los musulmanes y para sus seguidores es la revelación de la palabra de ese único Dios, fuente de una única verdad.
El cristianismo y el islam parecen ser tradiciones religiosas irreconciliables, y por siglos su rivalidad ha estado en el centro de los más complejos conflictos globales, pero es justo recordar que el judaísmo, el cristianismo y el islam, conocidas como religiones abrahámicas, tienen una historia común y comparten fundamentos teológicos similares en su defensa del monoteísmo. No obstante, hay diferencias notables en las formas como cristianos y musulmanes entienden las artes y el desafió de representar lo divino.
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La idea de un único Dios tiene una historia que precede al islam, y se remonta al culto a Atón impulsado por el faraón Akenatón en Egipto en el siglo XIV a. C., y el zoroastrismo en Persia del siglo VI a. C., creencia que tomó fuerza mucho más tarde con la emergencia de las tradiciones platónicas, judías y cristianas. La creencia en un Dios único y creador del universo ya había sido revelada a los hombres por profetas anteriores a Mahoma como Abraham, Moisés y Jesús, un dogma fundamental del Antiguo Testamento cristiano y la Torá de los judíos. Los cristianos, en su Nuevo Testamento, proclaman la divinidad de Jesús, del Espíritu Santo y Dios Padre, incorporando a su fe la complejidad teológica de la Trinidad, la cual, para los musulmanes contradice el principio fundamental del monoteísmo.
Los tres grandes monoteísmos comparten sus doctrinas a través de textos escritos que suelen ser entendidos como revelaciones divinas, y tanto los evangelios como la Torá y el Corán se entienden como las fuentes de una única verdad revelada a los hombres. Para las doctrinas monoteístas el error de la idolatría es el gran riesgo de las falsas religiones y por lo mismo el problema de la representación de un único Dios perfecto y omnipotente es un asunto teológico mayor. Tanto en el Antiguo Testamento cristiano como en el Corán, se prohíbe la representación de Dios con imágenes o artefactos de creación humana, ya que la perfección divina es de cierta manera inaccesible a los mortales y porque adorar un artefacto implica el riesgo de la idolatría, que conduce al error del politeísmo. La aceptación de la divinidad de Jesús parece resolver el dilema de los iconoclastas, ya que Dios hecho hombre podría ser objeto de genuinas representaciones antropomórficas, y tanto el cristianismo ortodoxo y bizantino como el catolicismo romano hicieron de las artes visuales una poderosa herramienta esencial para la divulgación de sus dogmas.
La ausencia de imágenes devocionales en las mezquitas y en el Corán contrastan con las iglesias y las biblias de los católicos en las que apreciamos una exuberante producción de arte figurativo. El arte islámico es profundamente religioso, pero en lugar del naturalismo del arte devocional cristiano, desarrolló una tradición única de diseños abstractos con complejos patrones geométricos cuya armonía y belleza tienen un sentido místico que evoca la perfección del Creador, pero que no pretende crear una imagen del mismo.
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Como ejemplo de la complejidad del arte islámico hemos elegido el frontispicio de un lujoso ejemplar del Corán diseñado e ilustrado por Muhammad ibn Mubadir, con la caligrafía de Muhammad Ibn al-Wahid, preparado para el Sultan Baybars a inicios del siglo XIV en el Cairo y hoy conservado en el Museo Británico.
El arte de la iluminación del Corán contó con el patrocinio de los más poderosos, que auspiciaron equipos enteros de calígrafos y artistas que prepararon lujosas copias del texto adornadas con oro y plata. En la imagen vemos las dos páginas iniciales del Corán, un doble frontispicio con una suntuosa profusión de intrincados patrones geométricos en oro. No hay figuras humanas o animales reconocibles, pero los diseños geométricos evocan motivos florales, una especie de enredadera de patrones regulares que solemos llamar “arabescos”, típicos del arte musulmán y frecuentes en la arquitectura, cerámica y textiles árabes.
Los colores son el dorado (oro) que representa la luz de Dios, el azul (lapislázuli) que evoca el cielo y el ámbito divino, y el blanco que destaca la pureza de algunas palabras y expresiones coránicas. Dios se revela a los hombres por medio de su palabra, motivo por el cual vemos en las mezquitas y copias del Corán un sofisticado trabajo de caligrafía que no solo trasmite en la lengua árabe las enseñanzas de Mahoma, sino que su diseño y meticulosa manufactura son también formas de alabar la perfección del creador.
Al menos hasta el siglo XIV, la caligrafía gozó de una reputación en el mundo de las artes superior al de la pintura. Al-Tawhindi, quien a inicios del siglo XI escribió un tratado sobre “el arte de escribir”, afirmaba que “la escritura manual es una difícil geometría” que supone arduo trabajo con técnicas sofisticadas, comparando la copia de textos con el oficio de la música, que exige la creación de combinaciones armónicas. En esta versión del Corán, al igual que en templos y cerámicas, son notables las expresiones coránicas insertas cuya caligrafía convierte la palabra revelada en un elemento estético en armonía con el resto de la decoración, de manera que las palabras no solo tienen un significado literal, sino que manifiestan visualmente la belleza del mensaje divino.
En el centro de las dos páginas opuestas se destaca una estrella de ocho puntas, que en el arte islámico simboliza la perfección, el equilibrio cósmico y la armonía de la creación. El frecuente uso de estrellas de ocho puntas (shamsa), se basa en la división de una circunferencia en ocho partes siguiendo la rotación de un cuadrado dentro de un círculo, idea que nos recuerda el ideal platónico de la geometría como lenguaje divino. No podemos olvidar la importancia de las matemáticas y la geometría en la ciencia árabe. Creadores del álgebra y de los algoritmos, al igual que de instrumentos de observación y cálculo como el astrolabio, a la ciencia islámica debemos un espectacular desarrollo de la astronomía y la óptica mucho antes de la revolución científica del renacimiento europeo.
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