El miércoles 4 de noviembre, entre las 6 de la tarde y las 7 de la noche, las luces de más de 2.100 salas de cine en Francia se apagaron como señal de protesta y de alarma (¡) por la difícil situación que atraviesan los cines aquí, lo que ha llevado al cierre de algunas salas y al inminente declive de una histórica industria cultural.
Para Laure Croiset, del portal toutlecine.com, “el objetivo es manifestarse frente a los poderes públicos ante a una situación económica degradada. La Federación Nacional de Cinemas Franceses quiere visibilizar las dificultades económicas estructurales. A pesar de un repunte de la asistencia, el costo de las estructuras, los impuestos sobre la entrada y la nueva cronología multimedia fragilizan la economía de la explotación en Francia. La FNCF propone varias medidas, entre ellas, una reducción del 45% sobre las tarifas de alquiler de películas para las salas y varias medidas fiscales”.
El problema, como se ve, no es que haya menos espectadores que vayan a cine. De hecho, tal como lo recuerda Gilles Lipovetsky en su libro Pantalla total (Anagrama), nunca antes un espectador ha estado más expuesto a las pantallas (en la calle, en los pasajes comerciales, en los aeropuertos, etc.) y quizá nunca se ha visto tanto cine como hoy, pero en distintos formatos, alejados de las salas.
Yo fui uno de los sorprendidos por el “apagón” en pleno Quartier Latin, cuando me disponía a ver la fascinante película semisurrealista de Alain Resnais Providence en el cine Les Reflets. En la penumbra me dio por pensar en uno de los símbolos de la Ciudad Luz, el viejo cinematógrafo —al que se le rinde homenaje por estos días en la cinemateca francesa con la exposición “La linterna mágica: 400 años de cine”—, enfrentado desde hace varios años a las tinieblas de la televisión, la internet, el home theater, la piratería y otros loisires (entretenimientos) posmodernos.
Y así, las salas de cine en París tienen que movilizarse y mostrarle al público sus angustias. Como dice el eslogan de la Federación Nacional de Cinemas Franceses: “Una sala que se extingue, es el cine francés el que muere”.
El cierre progresivo de las salas de cine es un fenómeno mundial, que ha venido creciendo desde los años ochenta. Hace apenas unas semanas, leíamos con melancolía un anuncio en la revista Kinetoscopio de Medellín sobre el cierre de la última sala de cine en Camerún en febrero pasado, y al mismo tiempo asistíamos a la última función en Bogotá del mítico teatro Metro Teusaquillo.
Templos de luz
Es curioso constatar que en los primeros años del cine los teatros tomaron el lugar de las iglesias, como lo muestra el testimonio de Louis Haugmard, un cronista de la Revista Católica de Francia de principios del siglo XX: “Desafortunadamente la mayor parte de las iglesias desaparecidas se convierten en salas de cine y esto es casi un símbolo, si se acepta que para una parte importante de la masa obrera, el cine, es ya ‘una religión para el pueblo’ o más bien, ¡la irreligión del futuro!”.
Ahora, en pleno futuro, constatamos con nostalgia que ocurre todo lo contrario, especialmente en América Latina. Hay una especie de “reconquista” de las iglesias, en especial de las protestantes, mejor conocidas como “pentecostales” (Asamblea de Dios, Misión Carismática Internacional, etc.) de las hoy casi centenarias salas de cine. Es un espectro que recorre el continente y que se palpa con más dureza, hasta donde sabemos, en Brasil, Argentina y Colombia.
A las 7 de la noche volvió la luz a las salas de cine de París y los espectadores se entregaron de nuevo a la fascinación de las imágenes en movimiento como aquella tarde de 1895, cuando los hermanos Lumière mostraron la llegada del tren…
La situación en Colombia
En nuestro país se han realizado varios estudios sobre el impacto de las industrias culturales en la economía nacional. En este sentido, la industria cinematográfica ha tenido un cambio radical y un repunte en términos de producción en los últimos seis años.
Las cifras de exhibición, como en todo el mundo, si se miran desde 1983 pueden ser desesperanzadoras, pues si en ese año había una asistencia de 66 millones de personas al año, hoy se registran 21 millones 500 mil espectadores. No obstante, la crisis más dura se vivió en 1999, cuando la cifra descendió a 16 millones. El repunte de los últimos años es esperanzador para la industria.