El Magazín Cultural

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22 Nov 2022 - 2:00 a. m.

Clemencia Echeverri: el arte de recuperar el dolor enterrado

El pasado 19 de octubre, “Deserere”, la nueva exhibición de la artista caldense, fue inaugurada en la galería Espacio Continuo con 13 proyecciones simultáneas que aluden a la masacre de Bahía Portete. La muestra estará hasta el 14 de diciembre.
Andrea Jaramillo Caro

Andrea Jaramillo Caro

Periodista de El Magazín cultural
Clemencia Echeverri es la artista detrás de la muestra "Río por asalto", que se realizó en 2018 en el Museo de Arte Miguel Urrutia. / Gustavo Torrijos
Clemencia Echeverri es la artista detrás de la muestra "Río por asalto", que se realizó en 2018 en el Museo de Arte Miguel Urrutia. / Gustavo Torrijos
Foto: GUSTAVO TORRIJOS

La oscuridad engulle las salas de la galería Espacio Continuo, y el sonido envolvente permite percibir mejor las voces, camionetas, el viento y más, mientras que los muros se llenan de imágenes que aluden a una realidad vivida hace 18 años en Bahía Portete. La masacre de 2004 es el objeto de la videoinstalación creada por Clemencia Echeverri. Entre ruinas, rostros femeninos y un desierto implacable, la artista caldense creó un panorama de difícil escape, en el que se ofrece un nuevo ángulo o un detalle particular para enfocarse.

Echeverri nombró esta muestra “Deserere”, una palabra en latín que invita a pensar en el desierto. Ese terreno indomable de la costa colombiana que para varias comunidades representa su hogar, pero también el lugar en el que se les arrebató mucho. Es una palabra sonora que la artista encontró durante el proceso de investigación para esta exhibición. “Me gustó porque provoca saber de qué se trata, pero una vez se descubre el sentido completo de la palabra, esto completa la razón del título”.

Como Río por asalto, otra de sus obras exhibidas en el Museo de Arte Miguel Urrutia en 2019, “Deserere” parte de una realidad que se enmarca en el pasado violento de Colombia. En palabras de la artista, la masacre en cuestión fue un acto realizado por las autodefensas del norte de Colombia y “se orientó a eliminar la presencia de las mujeres que manejaban el puerto de Bahía Portete. Eran unas mujeres de mucho talante, mucha fuerza e importancia”.

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Según Rutas del Conflicto, los hechos que aborda la exhibición de Echeverri se desarrollaron “hacia las 7 de la mañana del domingo 18 de abril de 2004: llegaron a Bahía Portete cerca de 45 hombres del bloque Norte de las Auc, entre ellos un grupo de indígenas wayuus, y mataron a seis personas que eran parte de dos familias reconocidas en la comunidad. La masacre fue ordenada por Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, jefe del bloque Norte, y Arnulfo Sánchez, alias Pablo, jefe del frente Contrainsurgencia Wayuu de las Auc”. La artista considera que esta masacre no tuvo un amplio despliegue mediático, y por eso hoy permanece en la sombra.

Los sucesos del país que no logran acaparar la atención de la población y los medios son los temas que Echeverri ha preferido tratar en años recientes. Aquellos que “están ocultos, que necesitan otra voz, que deben contarse de otra manera. Y el arte nos ayuda a completar las preguntas sobre esos hechos, sobre esos miedos, dolores o carencias”.El sonido penetrante de las salas evita que su audiencia repare en otra cosa que no sea la propuesta que tiene en frente. El panorama desértico, con sus colores y la narrativa que la artista muestra, ofrece diferentes puntos de vista y nuevos detalles que se descubren viendo las proyecciones desde ángulos variados. El proceso para crear y finalizar esta obra no fue sencillo. Echeverri cuenta que han sido años de trabajo constante, en los cuales también ha establecido un vínculo con la comunidad wayuu. La pandemia no evitó que la artista continuara con su labor y afirma haber sostenido reuniones virtuales con miembros de la comunidad. Por medio de estas logró que le “abrieran las puertas, porque entiendo que es una comunidad muy hermética”.

Antes de ir al territorio con su equipo conformado por Camilo Echeverri y Daniel Cuervo en cámara, Paloma Valencia como asistente de producción, Juan Forero en sonido y diseño sonoro, Víctor Garcés en la edición de video y Mariana Emilia Vejarano en la edición de animación, Echeverri estableció contacto con la mujer wayuu Nazly Martínez Aapushana. Su proceso de investigación previo incluyó la lectura de una gran cantidad de textos que le permitieron entender y conocer los aspectos de la cultura indígena, lo que la ayudó a desarrollar un bosquejo de lo que quería mostrar al momento de la grabación.

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De repente, entre los efectos de sonido, se escucha una voz femenina, luego otra y una más, cada una dice el nombre de alguna de las mujeres fallecidas, y estos retumban en las paredes que crean un eco que hace imposible desviar la atención. Esta parte de la muestra no es gratuita, de hecho, nada lo es: Echeverri quiso tener una conversación con un grupo de mujeres mayores que pudieran contar en sus palabras lo que ocurrió en abril de 2004 y recordar la identidad de las mujeres que perdieron la vida ese día. La crudeza, el distanciamiento de los hechos, la fuerza y el dominio de estas mujeres para relatar una historia sangrienta y dolorosa dejó impactada a la artista. Los testimonios no son parte de la muestra, pues sus voces e historias se perderían entre el espacio, pero sí forman parte de una rama adicional del proyecto de la artista y quedaron publicados en su página de internet.

Los rostros de estas mujeres son enfocados en un primer plano, que permite ver las emociones que cargan sus ojos llenos de experiencias y sabiduría. A Clemencia Echeverri le encanta este plano: “Memorizamos muy poco las cosas. Ellas tienen una belleza en los años, una potencia en la postura, en la manera como se sientan, como levantan la cabeza, como hablan, que le da todo ese valor e importancia femenina a esa comunidad. Es una manera de resaltar ese tipo de valores y de poderes que ellos tienen inscritos”.

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El video es un medio que a Echeverri le permite capturar el espacio y el tiempo. “Eso que sientes que es definitivo y que pertenece a ese territorio y cómo la cámara es capaz de llevarse esa sensación. Cómo es capaz de atender, por ejemplo, a ese éxodo que propuse hacer para el video, pero que realmente sucedió y que alcanzo a imaginar lleno del dolor y de pavor al desertar realmente de su propio lugar. El video es una herramienta maravillosa para tensionar todo ese asunto entre el espacio y el tiempo, aquellas cosas que sucedieron antes y que volvemos a traer ahora. Aquellas cosas que podemos poner a circular y potenciar con el sonido, porque la imagen se multiplica con lo sonoro”.

La intención de la artista con su obra es que quien la vea se enfrente al reto de hilar la historia con la narrativa que la imagen y el sonido proponen. Pero más que la historia, para ella cuentan las sensaciones y el dejarse cruzar por ellas: “La sensación del miedo, de la persecución, de la paranoia por un territorio amenazado por tantos años que es vulnerable, frágil. Espero que el espectador no esté precisamente frente a una narración cerrada, completamente concluida en una sola pantalla, sino que tenga que ir en búsqueda de aquellas cosas que sucedieron, que están pasando y que se manifiestan de diversa manera”.

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La experiencia en 360 grados de las muestras de Echeverri hace que su audiencia se sienta comprometida por las imágenes. El sonido en sus obras se configura como una imagen adicional, y este caso no es la excepción. Dice que hay muchos sonidos que no escuchamos y que para ella es importante sacarlos a la superficie. “En casi todas las experiencias que he tenido percibo que hay unas cosas que no escuchamos. El viento lo escuchamos, pero sé que se va volviendo monótono, así que el principal sonido de esa obra es el viento”.

El aire, el viento que recorre es zona arenosa y desértica, recibe un nombre especial en esta parte del país: Jepirachi. La mitología alrededor de estas corrientes es extensa y ellos “están anunciando, están dando pistas, están mostrando por dónde ir, qué hacer, por dónde no ir”. En el caso de Echeverri, no fue Jepirachi quien le dictó el camino, fue la comunidad. En sus recuerdos de la experiencia de grabación se encuentran las largas distancias que se debían recorrer para ir de una ranchería a otra y las sensaciones atadas a los lugares que visitó, como el temor que aún se siente en Bahía Portete en las noches. “Uno no podía quedarse ahí y ellos no lo recomendaban. Pasaban helicópteros y uno no sabía quién estaba mirando, uno iba perdiendo la noción del lugar”.

“Deserere” enfrenta a la audiencia con una realidad difícil de asimilar, un proceso facilitado por la obra de Echeverri, que pone en primer plano la memoria, la conciencia y la no repetición de un evento como este. “Creo que es importante volver sobre el asunto, porque 18 años pueden parecer mucho tiempo, pero no son nada con respecto a los que nos ha acontecido y a lo que sigue aconteciendo. No avanzamos y debemos corregir, dejar de repetir, y pienso que el arte tiene esa capacidad de señalar”.

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Andrea Jaramillo Caro

Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
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