El Magazín Cultural

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13 Mar 2022 - 8:49 p. m.

Colombia: el comienzo de la política del desacuerdo (II)

Las ideas que defendió Simón Bolívar a lo largo de su vida fueron, en gran medida, consecuencia de sus experiencias. Si en 1821 creía firmemente en el centralismo, no era por capricho ni porque alguien le hubiera sugerido que aquella era la mejor fórmula para conformar un gobierno.
Fernando Araújo Vélez

Fernando Araújo Vélez

Editor de Cultura
Para Bolivar, el gobierno ideal debía mezclar al pueblo, con su poder y sus derechos, con las virtudes de la aristocracia, pues solo así se podría minimizar el nefasto efecto que comenzaban a tener los demagogos.
Para Bolivar, el gobierno ideal debía mezclar al pueblo, con su poder y sus derechos, con las virtudes de la aristocracia, pues solo así se podría minimizar el nefasto efecto que comenzaban a tener los demagogos.
Foto: Archivo particular

Nueve años atrás, cuando Caracas se independizó por vez primera del reino de España, Bolívar concluyó que la razón primordial para que aquella independencia solo durara unos cuantos meses, había sido la ambición de las distintas regiones, y por supuesto, de los diferentes caudillos que las lideraban. Luego se unió a algunos federalistas para librar sus batallas, pero según Jorge Orlando Melo en Historia mínima de Colombia, “Aunque había apoyado a los federalistas en las guerras civiles de la Nueva Granada, tal vez por el apoyo que recibió de dirigentes como Camilo Torres, siempre pensó que el único régimen efectivo debía dar toda la autoridad al gobierno central”.

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Para Bolivar, de acuerdo con Melo, con varios historiadores y con Fernando González Ochoa, el gobierno ideal debía mezclar al pueblo, con su poder y sus derechos, con las virtudes de la aristocracia, pues solo así se podría minimizar el nefasto efecto que comenzaban a tener los demagogos, quienes por defender sus intereses y las de quienes les pagaran por sus oficios, empezaban a comprender que la democracia les había abierto las puertas para seducir a los ingenuos. El juego de la palabrería, de las falsas promesas, e incluso, el de la compra de decisiones (El posible “voto”), estaba dispuesto para que cualquier tipo de mercachifles le sacara partido. La república, o la idea de la república, podía ser incluyente, pero eso no significaba que fuera lo que más le convenía a un país. Bolívar, incluso, propuso en el Congreso de Angostura de 1919 que el nuevo régimen tuviera un presidente vitalicio y que los senadores heredaran sus curules en el Congreso.

Pese al enorme prestigio que Bolívar había adquirido gracias a sus victorias en el Pantano de Vargas y en el Puente de Boyará seis meses atrás, la mayoría de los congresistas que se reunieron en diciembre consideraba que sus propuestas eran “monárquicas”, y que las cosas no cambiarían mucho si en lugar de un rey gobernaba un presidente vitalicio. Lo más grave, murmuraban, era que los congresistas legislaran prácticamente a dedo y según las conveniencias de las altas clases. Sabían que el verdadero poder estaba allí, no en uno u otro presidente. Más allá de sus discursos y sus justificaciones, lo que les molestaba en realidad era la posibilidad de no hacer parte de ninguno de aquellos decisorios y decisivos estamentos. Querían el poder. Por ese poder habían hecho la guerra. Por eso poder, algunos de ellos y sus familiares o amigos habían derramado sangre o se habían podrido meses y años en una prisión.

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Luego de tantos años de depender de un muy lejano rey, de una España ausente, casi invisible, y de cláusulas tan extrañas como incumplibles, había llegado su momento. Derrotada y depuesta la monarquía, lo que ocurriera en adelante en las distintas provincias de la recién llamada Gran Colombia dependería de ellos, de sus decisiones, de su capacidad de convencer a los demás. En fin, de sus acciones. Bolívar podía haberles dado la independencia, pero eso no significaba que fuera infalible. Un guerrero, un general, no necesariamente eran filósofos o ideólogos, y si se daba el caso de que lo fueran y de que tuvieran ideas y posturas sensatas, no era obligatorio obedecerles. Bolívar era un triunfador y nada más que eso. No era dios, creían y decían. Sus postulados podrían ser lo mejor para el nuevo país en algunos años, en muchos tal vez. Sin embargo, para ellos el futuro era aquel. O lo tomaban, hasta a sangre y fuego si era necesario, o pasaría.

Como escribió Alberto Ramos Garbiras en el “Seminario Virtual, caja de herramientas” refiriéndose a la propuesta de una presidencia vitalicia que hizo Bolívar para la Constitución de Bolivi en 1826, “Sobre la presidencia vitalicia, trato de ubicar el contexto más amplio que le correspondió actuar a Bolívar porque él pensó que era la forma de evitar la desagregación y fortalecer el subcontinente. Un Republicano que no declinó el nuevo sistema mientras que San Martín y O Higgins querían una Monarquía constitucional con un príncipe inglés, para el resto de la Región subcontinental. Bolívar una vez concluyó de vencer a los españoles en El Alto Perú, procedió a fundar Bolivia, o sea se inició la etapa del postconflicto o posguerra colonial, debiendo reconvertir el Estado colonial en Estado Republicano, pero dentro de un Estado inmenso que necesitaba no solo el cambio de normas monárquicas por normas Republicanas, requería además la implementación de un sistema político nuevo, encontrándose con los apetitos de caudillos que querían regionalizar el poder para si, para grupos con apetitos personalistas sin visión amplia”.

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De alguna manera, porque fue ingenuo, idealista y le apostó al futuro, Bolívar se había ido a seguir batallando por la liberación en Ecuador, Perú y Bolivia, y dejó su obra y sus principios en manos de unos pocos. Los “políticos” que se quedaron, disfrazados de ideólogos republicanos y liberales, intentaron convencer a los partidarios del “libertador”, y sobre todo al pueblo, de que en el fondo lo que pretendía aquel era retornar a la monarquía y poseer todo el poder de la nueva nación hasta su muerte. Tergiversaron sus ideas en aras de intereses personales y regionales, y justificaron sus ambiciones con discursos de libertad, de oportunidades y derechos para todos, e incluso, de leyes pensadas y escritas por todos. En el fondo, pretendían que el gobierno por llegar, por acordar, fuera un gobierno de “todos”, para sacarle provecho y tener el poder. Lo que llamaban democracia, no era más que un remedo de gobierno de todos y para todos. Más allá de sus palabras, lo que pretendían era repartirse un inmenso botín al que le habían puesto por nombre La gran Colombia.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual es editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas.Faraujo@elespectador.com
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