Cuando la vieja Europa sostenía la idea de que tenía el derecho de ir por el planeta recogiendo suvenires milenarios para engrosar sus colecciones, un señor alemán visitó el Macizo Colombiano y a punta de pica y pala desenterró las Abuelas de Piedra, partió en dos las más grandes para abaratar su transporte, cargó las piezas a lomo de mula desde San Agustín hasta el río Magdalena, las embarcó subrepticiamente y se las llevó a Berlín, y allá están. Se las robó. Estamos hablando de 1914. Esta es, pues, la historia de esa salvajada, de la pasividad de los gobiernos colombianos, de la estancia interminable de las Abuelas en Berlín, de los probables efectos colaterales de su ausencia y de la larga lucha de algunas gentes por su repatriación. Después de más de un siglo, esta historia sigue viva.
El “Entierro de las tres tulpas”
En septiembre de este año, en San Agustín, un grupo de indígenas yanacunas se dispuso alrededor del fuego a celebrar un ritual de preparación del territorio para el regreso de las Abuelas de Piedra: lo llamaron “Entierro de las tres tulpas”.
Las tulpas son piedras amorfas, grandes, de unos 15 a 20 kg cada una. Lo que las hace pesadas no es tanto su masa, sino su carga simbólica, pues no solamente representan ese conjunto de piedras talladas por el “pueblo escultor”, sino especialmente la fuerza espiritual que las comunidades asentadas en el lugar les atribuyen.
Para este ritual usaron tres tulpas que limpiaron con las aguas de los manantiales del Macizo y purificaron con sahumerios, y las enterraron con delicadeza al compás de las chirimías. La comunidad había escogido el lugar específico con ayuda de las visiones de los yachas en trance. Según las voces indígenas de la región, ese pedazo de tierra será, a su regreso, el lugar en el que las Abuelas descansarán y recargarán energías para restaurar el equilibrio perdido y armonizar el territorio; será también un espacio de sanación al que acudirán las gentes de la comunidad a recobrar fuerzas y claridad.
Quiénes son las Abuelas de Piedra
Se trata de más de 20 esculturas líticas esculpidas por gentes que habitaron el territorio hace más de 20 siglos. Las comunidades indígenas establecidas hoy en el Macizo Colombiano decidieron atribuirles la condición de Abuelas, porque así lo sienten desde muy adentro, es decir, desde todos los tiempos. No les es posible verlas de otro modo. Las Abuelas están archivadas en el Museo Etnológico de Berlín, y allí permanecen sin siquiera exhibirse como piezas museológicas. Se les ve como cascajos que no se pueden tirar a la basura por el enorme valor arqueológico que suponen, pero tampoco pueden exponerse por falta de trazabilidad.
La visita de Preuss a San Agustín se había anunciado al gobierno colombiano, sin pedir autorización para la extracción, pero el teutón se dejó llevar por el ímpetu colonizador irrefrenable de su tiempo y decidió trasladarlas sin permiso a Berlín, como en épocas pasadas en las que desarmaban, embalaban y transportaban desde miniaturas casi invisibles hasta construcciones monumentales con una eficacia portentosa.
¿Era ilegal el robo?
La respuesta no es tan obvia como la pregunta. En Latinoamérica, desde mediados del siglo XIX, ya era mal visto el saqueo arqueológico que solían perpetrar Europa y Estados Unidos. El primer país en prohibirlo fue Perú, que lo hizo en 1893; le siguió México, en 1897, y luego Colombia, en 1906, expidió el Decreto 21, que prohibía la extracción y exportación de piezas arqueológicas sin autorización gubernamental.
Pero la norma era ineficaz: quienes legislaron no pensaron en las consecuencias para quien la desobedeciera; es decir, no se establecieron procedimientos, ni mecanismos de control, ni sanciones; tampoco existía una entidad estatal que vigilara y respondiera por estos asuntos. En otras palabras, estaba prohibido, pero estaba permitido. En tal ambiente de libertarismo obró Preuss, orondo como un torero y absolutamente consciente de que lo que hacía era cuando menos moralmente reprochable. Lo sabemos porque de otro modo no hubiera registrado su “botín” como minerales de valor científico.
¿Y las comunidades?
Las comunidades indígenas del Macizo Colombiano se sienten huérfanas, incompletas, y así seguirán mientras no retornen sus Abuelas; dicen que las esculturas líticas que se robaron no son piedras inertes, sino que son seres vivos, guardianes del equilibrio espiritual y de la armonía del territorio.
No es un despropósito pensar que la ausencia de las Abuelas es una de las causas de nuestra incapacidad para compartir este espacio de un modo más armónico. Por lo tanto, es posible soñar con que el regreso de las Abuelas de Piedra y la reanudación de sus funciones orgánicas como guardianas del territorio podría determinar el comienzo de una era distinta, de un destino colectivo más pacífico sin que las balas, las minas y las bombas lo trunquen todo con sus estallidos.
El amor rompió el silencio
Mientras las Abuelas dormían indocumentadas en Berlín, pasaron más de 100 años sin que su secuestro fuera al menos un tema de conversación en Colombia. Solo en las montañas del Macizo se conocía algo de su historia, cuando a veces la susurraban las voces que el viento suele llevar de un lado al otro de la serranía. Tuvo que venir a poner el tema un extranjero sin credenciales académicas ni títulos nobiliarios, ni más dinero que el necesario para vagabundear —en el sentido poético del término—, pero con una gran pasión de arqueólogo empírico. Con más pinta de hippie aventurero de los años 60 que de arqueólogo, este hombre aparentemente común, nacido en un pueblo de Oregón, y hoy con más de 50 años en Colombia, dedicó sus fuerzas y su tiempo a desenterrar la historia de las Abuelas.
A David Dellenback le bastó llegar a esas tierras y allí, en el Alto del Magdalena, se enamoró perdidamente, primero de las montañas y del aire andino, después de las esculturas de San Agustín, y finalmente de Martha Gil, exabogada bogotana y hoy guía turística, su amada cómplice de aventuras y de sentidos, su compañera de vida desde entonces. Pero antes de que Martha llegara, David empezó a escarbar con los ojos, con los oídos, con las manos, hasta que encontró la punta del hilo que a lo mejor dejaron caer de su madeja las Abuelas con toda intención, y fue recogiéndolo y enrollándolo con la paciencia de un monje zen, y leyó por primera vez el apellido Preuss, y encontró el libro que el abusivo escribió y las primeras fotos de las Abuelas, y se preguntó lo que nadie en Colombia se había preguntado: ¿por qué?
Se dio entonces a la tarea de buscar respuestas, para lo cual fue abriendo puertas y ventanas que permanecían cerradas, no porque alguien quisiera guardar secretos ni por temas de seguridad, sino por la razón más triste de todas: por pura indiferencia. A quién podría importarle un reguero de piedras si teníamos tantas, tan elegantes y ordenadas. Fue el amor por lo antiguo lo que llevó a David a preguntar por las Abuelas ausentes, y en la medida en que iba conociendo detalles crecía su entusiasmo, y de la curiosidad pasó al interés y de este a la pasión, y de esta a la obsesión por traerlas de regreso. A tal punto llegó ese empeño, que solo con el propósito de verlas, y movido por la certeza de que las encontraría, emprendió en 1992 un viaje hasta Berlín para encontrarse con ellas cara a cara. Las halló escondidas, relegadas a la penumbra de los depósitos, y por devolverles algo de dignidad, pero sobre todo, para llevar el secreto recado de su existencia a Colombia, las fotografió y las dibujó en su silencio de piedra.
Entonces llegó Martha, quien con su mirada nueva se aferró al proyecto de retornar a las Abuelas como si siempre hubiera sido parte. Su aporte vital se enfocó en la difusión: una página web (https://puebloescultor.org), reuniones, foros, catalogación de imágenes, textos, libro… y emparejados tejieron la primera trama de lo que después sería la Veeduría para la Repatriación del Patrimonio Arqueológico del Macizo Colombiano: un colectivo ciudadano que con sensibilidad y persistencia transformó la indignación en acción. Gracias a esa pareja poco común y a la Veeduría se impetraron recursos judiciales, se estableció contacto con el Ministerio de Cultura y con el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH), y se consolidó una narrativa comunitaria que hoy es reconocida en todos los ámbitos. La Veeduría no solo documentó el expolio, sino que lo convirtió en una causa viva: boletines, foros, talleres, rituales, publicaciones, instalaciones y películas hechas en Colombia y en Alemania, han mantenido encendida la llama del retorno.
El pulso entre gobiernos y comunidades
En 2017, el Tribunal Administrativo de Cundinamarca ordenó la repatriación de las esculturas mediante un Pacto de Cumplimiento. Desde entonces, ICANH, Cancillería y Ministerio de las Culturas han sido protagonistas institucionales, aunque la embajada en Berlín ha mostrado poca diligencia.
En la audiencia de febrero de 2023, el Tribunal valoró los contactos diplomáticos con Alemania y subrayó la necesidad de incluir a las comunidades de San Agustín. Esa incorporación, antes inexplicablemente negada, resultó decisiva.
El contrapunteo llegó desde Berlín. En diciembre de 2023, Lars-Christian Koch, director del Museo Etnológico, declaró: “Alemania está en contra de los términos ‘restitución o devolución’”, y propuso hablar de “patrimonio compartido”. Argumentó que las esculturas no provenían de un contexto colonial y que, a diferencia de las máscaras koguis devueltas, no cumplían actualmente funciones rituales. Su oferta: cooperación técnica, intercambios académicos y exhibiciones conjuntas.
Alhena Caicedo, directora del ICANH, respondió citando el Decreto de 1906 y cartas en las que Preuss admitía la ilegalidad de su proceder: “2 figuras están divididas en 2 piezas… También serruché una urna funeraria”. En otro documento, Preuss daba instrucciones para declararar las esculturas como minerales con el fin de facilitar su embarque. Para Alhena Caicedo, asesorada por la Veeduría, no había duda: la salida fue irregular y el retorno debía darse al territorio, con participación comunitaria y bajo el principio de rematriación.
En mayo de 2024, Hermann Parzinger, presidente de la Fundación del Patrimonio Cultural Prusiano, agradeció los nuevos documentos y se mostró abierto a revaluar el tema “siempre que la investigación y el diálogo proporcionen una base adecuada”. Alemania, sin embargo, ha evitado hasta hoy comprometerse con la liberación.
Mientras tanto, las voces locales sostienen la narrativa espiritual. En la Cumbre del Macizo de diciembre de 2024, el ministro Juan David Correa llamó a ver el territorio “como una inmensa posibilidad de tejer culturas”. En septiembre de 2025, durante el ritual del “Entierro de las tres tulpas”, Carla “Quilca” Espinosa, veedora yanacuna, afirmó: “Las Abuelas deben regresar e instalarse en el lugar más próximo a la tierra de la que fueron arrancadas”. Para ella, el retorno no es un trámite administrativo, sino un acto de sanación.
En octubre pasado, el veedor Carlos Ernesto Gómez, quien también visitó a las Abuelas en Berlín, apeló a la ética política: “Debemos partir de la premisa que plantea Hay futuro si hay verdad”. Subrayó que la repatriación no puede reducirse a expediente técnico, sino que debe ser ejercicio de verdad y reparación.
Alhena Caicedo, del ICANH, insistió en mostrar la profundidad histórica de los poblamientos del Macizo, lugar de conexión entre Amazonia y Pacífico. En su visión, el retorno es arqueológico, político y cultural.
Así, entre cartas diplomáticas, audiencias judiciales y rituales comunitarios, las Abuelas de Piedra siguen esperando. Alemania habla de cooperación y patrimonio compartido, pero Colombia insiste en la ilegalidad de la extracción y en el vínculo vivo de las Abuelas con las comunidades. Las voces locales recuerdan que no se trata de “traer piedras”, sino de devolver cuerpos, espíritus y memorias. El desenlace aún está por escribirse, pero la narrativa ya está tejida: un siglo de soledad que podría trocar en el retorno colectivo, en una segunda oportunidad sobre la tierra.
* Escritor y colaborador de El Espectador. Lea acá más artículos de Julio Roberto Arenas.