Estar en la Feria del Libro de Santiago de Chile es como enfrentarse a la lectura por primera vez. Todo resulta novedoso y así se hayan realizado visitas recurrentes a todos los encuentros que programa la Cámara Colombiana del Libro cada año en Bogotá, la sorpresa es el elemento característico.
Aunque se desarrolló en un espacio físico equivalente, metros más o metros menos, a uno de los pabellones de Corferias en la capital, el ritmo de la feria en el país austral fue vertiginoso. Las actividades, realizadas en su mayor parte en las horas de la tarde, no pararon. La oferta fue inmensa y simultánea, siempre acompañada por los rayos del sol, ya que el horario chileno va dos horas adelante del colombiano, por lo que empieza a caer la noche pasadas las 8:30.
La muestra denominada Gabo del alma, según los datos oficiales, fue uno de los segmentos más visitados de la feria, doblando las expectativas iniciales. Fotografías de Gabriel García Márquez durante todas sus épocas adornaban la sala, al igual que la presencia de dos chilenas, perfectamente vestidas con atuendos de diversas regiones de la patria y, por supuesto, provistas de sombreros vueltiaos, un nombre impronunciable para ellas, incluso, después de quince días de portarlo en sus cabezas.
Sin duda, la magia del Nobel, el colorido del lugar y las sonrisas de las anfitrionas cautivaron a los chilenos que cumplieron la cita, día a día, para leer de manera colectiva Cien años de soledad.
La plaza o pabellón colombiano estaba ubicado en todo el centro de la feria, por lo que se volvió un lugar de tránsito casi obligatorio para los visitantes. La delegación nacional, integrada por escritores, músicos, ilustradores y maestros de artes visuales, se encargó de exhibir la cara más llamativa de Colombia. En los recitales de poesía, en los conversatorios de literatura, así como en las exhibiciones de artes plásticas y, por supuesto, en las demostraciones musicales, el común denominador siempre fue la alegría. Los chilenos, gracias a su Feria del Libro, que llegó a su versión número XXVIII, descifraron muchos aspectos desconocidos de este país y los colombianos, residentes y visitantes, se encontraron con sus raíces y disfrutaron de un aroma familiar, de un sonido conocido y de un ambiente que nunca les ha sido ajeno.
Una completa delegación, en la que se pueden mencionar nombres como el de Juan Gustavo Cobo Borda, Piedad Bonnet, Gonzalo Mallarino, Ivar Dakoll, Jorge Velosa y los Carrangueros, el grupo Bahía de Hugo Candelario González y Los Gaiteros de San Jacinto. Éstos son tan sólo algunos de los más de 25 nombres que figuraron en la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile, que los descendientes de los aborígenes mapuches y los libertados por el general Bernardo O'Higgins, no podrán olvidar con facilidad.
Colombia, el gran invitado de honor, tuvo una destacada participación. Llegó, convenció, gustó y se quedó en los corazones de los chilenos. Colombia... pasó la página y lo hizo bien.
La versión 28 de la Feria ya es historia
Por un período de 15 días, Colombia fue el centro de las miradas en Santiago de Chile. La diversidad cultural fue el pretexto perfecto para que el país austral pensara en lo benéfico que podría resultar tener al país como invitado de honor en su Feria Internacional del Libro.
“La industria editorial en Colombia creció mucho en muy poco tiempo y esa evolución nos permitió generar un diálogo que nos llevó a los chilenos a ser invitados de honor en la Feria del Libro de Bogotá. En esta oportunidad Colombia fue nuestro invitado, porque hay una reciprocidad con ese gesto y por la relación cultural enorme que hay entre los dos países”, comentó Eduardo Castillo, presidente de la Cámara Chilena del Libro.
El balance para Colombia y para Chile es muy bueno, tanto así que ya se piensa en festejar, de parte y parte, los doscientos años de independencia.