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Con el aire de bandoneón

Se llama Carla Algeri, tiene dos hijos y es argentina.Nada particular si no se tratara de una de las pocas mujeres que toca el bandoneón en el mundo.

Viviana Andrea Londoño

04 de julio de 2010 - 04:33 p. m.
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Dicen que cuando Astor Piazzolla se enteró de la muerte de su padre se retiró a una habitación y lloró como un niño a través de los quejidos de su bandoneón. Así surgió Adiós Nonino, una de las canciones más representativas del estilo y la obra de quien fuese uno de los grandes compositores del tango e intérpretes del bandoneón.

Cincuenta años después, Carla Algeri, una mujer de ojos azules y boca siempre roja, saca su bandoneón, se baja de sus tacones altos y se acomoda el instrumento en las piernas. Deja que entre apenas un poco de aire en el fuelle y su rostro se conmueve con el sonido, como si fuera la voz que acompaña la melodía que hoy revive el dolor de Piazzolla por la ausencia de su padre.

El bandoneón de Carla Algeri nació primero que ella. Se acababa el siglo XIX, comenzaba el XX. Miles de inmigrantes europeos llegaban a Argentina. En esos barcos de nuevos rostros y lenguajes, arribaba   también un extraño instrumento creado en Alemania como órgano portátil para eventos religiosos. El bandoneón llegó por el Río de la Plata “a ponerle la lágrima que le faltaba al tango”.

Esa especie de orquesta de un solo cuerpo que se movía al ritmo de las manos, que respiraba para cantar y que conmovía siempre que hablaba, pasó de estar colgado del cuello de músicos en iglesias y cementerios alemanes, para hacer alarde de su fuerza sobre las piernas de los bandoneonistas de bares y boliches en Buenos Aires.

Por aquellos años, y aún muy entrado el siglo XX, el tango y el bandoneón fueron terreno reservado para los hombres. Las mujeres sólo tuvieron espacio después. Algunas como Rosita Quiroga, Asusena Maizani, Tita Merello y Libertad Lamarque serían reconocidas por sus voces, que sonarían como instrumentos adicionales de las orquestas.

El bandoneón fue creado antes de la Segunda Guerra Mundial. Después todas las fábricas fueron clausuradas y hoy van sonando por el mundo sólo aquellos instrumentos que fueron creados antes de la guerra, todos alemanes, cada uno hecho a mano.

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Que los bandoneones estén en vía de extinción esconde una parte romántica y otra real. Y aunque algunos creadores artesanales se han dedicado a la producción del instrumento, Carla Algeri asegura que después de la guerra nadie logró alear el metal en la justa medida para lograr ese sonido cautivador propio del bandoneón.

31 de diciembre, Buenos Aires. En la casa de Carla Algeri todos guardan silencio. En el tocadiscos empieza a sonar La Yumba. El papá de Carla, tanguero de siempre, instaura la canción como el himno con el que se recibe el nuevo año. Para ella, todavía niña, esa música de arrabal se convierte en un estilo de vida. Después entraría al conservatorio de música a estudiar piano.

Antes de conquistar el bandoneón, la mujer de piel blanca y cabello negro ya estaba enamorada del tango. Tal vez por eso se atrevió a redactar en una mañana el texto de postulación de este género para la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, y aunque había sido negado en dos oportunidades, esta vez Carla Algeri logró que la música popular que representaba el sentir y la memoria de un pueblo alcanzara el importante reconocimiento.

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Su maestro fue Oswaldo Pugliese, quien murió sin ver a su alumna convertida en bandoneonista. A él lo recuerda como un hombre tranquilo que le encantaban las galletas con dulce de leche en los ensayos cuando ella todavía era pianista. De cuando en cuando, Carla Algeri recordaba que en la casa de su abuelo reposaba un antiguo bandoneón que su padre había conseguido con Alejandro Barletta, otro de los magos del tango.

Hace 14 años llegó por él decidida. Atrevida y sin temores se acercó donde el maestro Rodolfo Mederos, quien le dijo después de escucharla que podían empezar a hablar de tango.

Hoy, Carla Algeri está convencida de que ese bandoneón, el mismo que llegó a Buenos Aires para conquistar el corazón de los porteños y que se abre y se cierra para pronunciar sus lamentos, tiene un vínculo especial con ella.

Esa nostalgia que invadió a Piazzolla sale del bandoneón en cada sonido y en cada silencio, y la mujer poseída por la fuerza de su música no deja de mover las manos y los dedos hasta que los pliegues se cierran por completo.

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Carla Algeri sonríe satisfecha, sabe que no es fácil ser mujer en el mundo del tango y, que al ser bandoneonista, la suya es una gran responsabilidad porque toca un instrumento que tiende a desaparecer, pero se asume como una militante de la música para la que no hay límites de género. Con el movimiento justo de sus manos y sus dedos termina la canción y el final sólo evoca aplausos. Entonces dice, recordando la frase de un amigo, que si Beethoven estuviera vivo tocaría el bandoneón.

A la colombiana

La primera vez que Alejandra Montoya tocó el bandoneón en público fue el día que estaba cumpliendo 21 años. Si bien había tocado el piano desde los seis, sólo llevaba un año conquistando el instrumento. Entonces, en medio de un público tanguero y exigente en Medellín, que aplaudía cada vez que el bandoneón guardaba silencio, Alejandra Montoya se dio cuenta de repente y sin buscarlo que se había convertido en la primera y única mujer hasta el momento en tocar el bandoneón en Colombia.

Hoy tiene 24 años y su día lo reparte entre las teclas del piano y los botones del bandoneón. La joven, de cabello rizado y abundante, de facciones fuertes y un gesto permanente de tranquilidad, no se imagina su vida sin la música. Su amor por el tango es una cuestión de familia. Su padre, el músico Rodrigo Montoya, le enseñó primero la guitarra, después el piano y, por último, el bandoneón. Desde que tiene uso de razón un instrumento musical está cerca de sus manos.

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Por ahora parece no comprender la relevancia de ser la única mujer en el país y una de las pocas en el mundo en interpretar el bandoneón. Sabe que quiere conocer a Ryota Komatsu, el reconocido bandoneonista japonés, y que aunque no conoce Buenos Aires no falta mucho para que viaje con su bandoneón a tocar en los mismos lugares donde se forjaron los precursores del tango.

Precursora del fuelle en la historia

A Paquita Bernardo el bandoneón tuvo que tocarle el alma. Sólo así se explica que esta argentina se atreviera a ser la primer mujer en la historia en tocar este instrumento, en una Buenos Aires tradicional, donde el tango era territorio exclusivo de los hombres.

Amiga de Gardel, murió a los 25 años, en 1925, pero el tiempo le alcanzó para sorprender al público interpretando con éxito un instrumento prohibido entonces para las manos femeninas.

A pesar de que Paquita Bernardo abriera el camino del bandoneón para las mujeres, son muy pocas las que hasta el momento han osado interpretar el instrumento más representativo del tango. Según Jaime Jaramillo Panesso, presidente honorario de la Academia Colombiana de Tango, la poca presencia de las mujeres en el tango se debe a que las orquestas típicas tradicionales no tenían mujeres y los prejuicios no permitían que una mujer se dedicara a tocar el bandoneón.

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vlondono@elespectador.com.

Por Viviana Andrea Londoño

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