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Érase una vez una peluquería afrolatina. Un sábado por la mañana. En 30 metros cuadrados, nueve mujeres, cinco nacionalidades: dominicana, colombiana, peruana, ecuatoriana y española. La mujer española también se considera inmigrante: partió de Andalucía, de su Granada natal, cuando tenía 21 años. Ahora tiene 83. Viene todos los sábados. Para que le arreglen el pelo y le pinten las uñas. Para que la pongan guapa, “al estilo latino”. Según doña Rosarito, a las latinoamericanas nos adorna una gracia especial. Y tenemos —dice ella— un desparpajo y una alegría que le recuerdan mucho al Sur. Será por eso, por el desparpajo, la alegría y la nostalgia, que cada sábado doña Rosarito es de las primeras en estar lista y una de las últimas en salir por la puerta con la vanidad renovada. Se nota que le gusta estar aquí. En este lugar, que a veces se nubla por completo con el humo de los secadores de pelo, que huele a una mixtura de tinte, cera caliente, resina fijadora, acondicionador de canela, esmalte de uñas y café. En una de las cuatro paredes del salón hay un cuadro con la imagen de la virgen de la Altagracia. Más abajo, en el mismo rincón, hay una mesita con un cirio blanco que está siempre encendido, un cuaderno escolar y un vaso de Nocilla estampado con una cenefa salpicada de lunares flamencos, lleno de bolígrafos de colores distintos. Y hay un clavel blanco en un florero diminuto, velando junto al cirio, la quietud de la virgen. En la misma mesita hay una radio, pequeñita pero potente. A veces se escucha un CD con canciones variadas, de Marco Antonio Solís, Rocío Dúrcal y Roberto Carlos. Otras veces suena un mix de bachata y merengue. Hoy suena una emisora de música latina. Suena, a todo volumen, una canción que casi todas conocemos, y que casi todas, hemos escuchado varias veces. Menos doña Rosarito, que me interroga: “Parece que estáis rezando. ¿Qué murmuráis?”.
Mientras doña Rosarito se deja tentar por el ritmo de la guaracha y se distrae balanceando su cabeza de un lado a otro, aprovecho para recuperar el hilo de la canción. Me sumo al murmullo: “después vendrás a mí/ pidiéndome perdón/ pero ya mi corazón/ no se acuerda más de ti/ llorarás y llorarás/ sin alguien que te consuele/ así te darás de cuenta/ que si te engañan duele”. Y aquí entra —primoroso— el piano de Chuíto Narváez. Le cuento a doña Rosarito que la canción que suena es de la Dimensión Latina, una agrupación que se formó en La Guaira (Venezuela) en los años 70. Aquellos fueron los años del boom de la salsa, cuando un dominicano y un neoyorquino de ascendencia italiana —Pacheco y Masucci— convocaron a un grupo de músicos y vocalistas de alto calibre y crearon la Fania, y armaron tremendo bembé. Como doña Rosarito no sabe lo que es un bembé, le explico que es una fiesta máxima. Bembé es una de las palabras que heredamos de los esclavos africanos, que la empleaban para referirse a los festejos que hacían —con permiso de sus amos— en los barracones, cerca de las plantaciones de caña o de café. La Fania revolucionó el panorama de la música hispana en Nueva York y el bembé se fue contagiando: la salsa se derramó por casi toda la geografía latinoamericana. Entonces allá, en Venezuela, la Dimensión Latina se formó con seis muchachos. Óscar D’León fue quien los convidó y fue quien interpretó y escribió la letra de Llorarás, la canción que está sonando.
“¿Y cómo es que todas conocéis la letra? Si sois unas crías”. Porque las catedrales no se mueven, pero las canciones sí. Fue un paisano suyo quien lo dijo. Federico García Lorca dijo en una charla que leyó en 1923, en la Residencia de Estudiantes de Madrid que: “Mientras una catedral permanece clavada en su época, dando una expresión continúa del ayer al paisaje siempre movedizo, una canción salta de pronto de ese ayer a nuestro instante, viva y llena de latidos como una rana, incorporada al panorama como arbusto reciente, trayendo la luz viva de las horas viejas, gracias al soplo de la melodía”.
En muchos países de América Latina compartimos, entre otras cosas, una memoria colectiva. Una memoria que guarda episodios muy similares de colonialismo, esclavitud, mestizaje, intervenciones y dictaduras de hierro y sangre. Pero también compartimos una memoria auditiva, musical. A veces, ni siquiera importa si a uno le gusta más o menos una canción, a fuerza de tanto escucharla se nos queda grabada. Hay canciones a las que les nacen raíces. Se amarran como plantas trepadoras al sistema nervioso, y pasan los años y pasa lo que está ocurriendo aquí, en Barcelona, cuarenta años después de que se escribiera Llorarás. Porque uno se va y se lleva sus corotos, sus penas, sus miedos, sus sueños y la añoranza. Y se lleva también la música. Uno se va con su música a todas partes. Puede que la primera impresión de doña Rosarito sea un acierto cabal. Joselito —aquel niño español que alcanzó la fama cantando y protagonizando películas en los años 50— dijo en una escena de El pequeño ruiseñor, que sí, que “cantando también se reza”.