17 Feb 2018 - 2:00 a. m.

Conciencia de un pasado para reconstruir un presente

El arte contemporáneo de México y Colombia se reúne en la sala de exposiciones del Centro Cultural Gabriel García Márquez y Adrián Ibáñez Galería con la exposición “Un nuevo viejo mundo – Paraísos perdidos”.

Sandra Fernández

Obra de Floria González: “Siempre jóvenes”.  / Cortesía
Obra de Floria González: “Siempre jóvenes”. / Cortesía

“Lugares inexplorados o muchas veces caminados que habitamos en la inconsciencia de la perplejidad de lo inmediato. Balsas transportan riquezas inconmensurables, inexplicables ritos sagrados resuenan en la madre tierra y ella no entiende de nuevo y de viejo, porque es ahora y era antes”, dice Adrián Ibáñez, curador, en el texto curatorial de la exposición Un nuevo viejo mundo – Paraísos perdidos, dos capítulos sumergidos en el arte que se conectan con las variedades de una ensoñación de experiencias y alucinaciones convergentes en el tiempo que se pierden dentro de un espacio terrenal, en el que los valores atávicos de raíces prominentes y un daño colateral que dibuja la sostenibilidad del planeta se ven reflejados con los proyectos artísticos de mexicanos y colombianos.

El tiempo y el espacio, esta vez sin medir distancias ni diferenciar el pasado y el presente, la sala de exposiciones del Centro Cultural Gabriel García Márquez de Bogotá y las salas de Adrián Ibáñez Galería en Tabio (Cundinamarca), reciben a 27 artistas con motivo de la celebración del año México-Colombia 2018, siendo de inspiración la existencia misma, los actos que perduran y que tienen consecuencias dentro de un planeta agonizante. La muestra propone una mirada hacia al pasado pero que tiene consecuencias en un presente. Esto, visto desde una perspectiva de aprendizaje y de no perder aquellos actos que agudizan la existencia humana de nuestros antepasados. Cada obra se presenta como parte de un relato, una narración que encuentra la manera de reflexionar sobre el mundo con lo que explica Ibáñez: “La idea de estas dos salas es jugar un poco como Cortázar en sus libros. Yo creo que el tiempo no se debe ver de una manera recta y rígida, sino que cada punta se comunica entre sí”, retomando aquella idea de materializar el tiempo como si se tratase de una cuerda que no se tensa y que es capaz de encontrar en un mismo espacio distintas temporalidades.

Es así que aquella narración se vislumbra entre técnicas y formas con discursos que proponen una noción alternativa pero viva dentro de una realidad latente. La mexicana Jimena Schlaepfer propone en su pintura un estómago adherido a una planta con su obra Stomachus clerodemdrum. Como si fuese parte de él, el ser humano mantiene la unión con la naturaleza. Por su parte, la fotógrafa mexicana Floria González retoma el tema entre el pasado y el presente con tres obras de su serie Sobreponer, imágenes futuristas mezcladas con lo barroco y con influencias de artistas como Goya y Caravaggio, en las que pone a la vista del espectador seres humanos con cascos que perviven en una era de añoranza entre un aire respirable y especies en vía de extinción. “Tiene que ver también con las capas de la realidad, del ser humano, de los sueños, de esas realidades paralelas, de lo que no se ve y no se siente”. Por otro lado, el artista colombiano Eduard Moreno expresa frente al papel carbón cortado en secciones la anunciación de una tierra explorada, inhabitable y de consumo capitalista, siendo el reflejo de la destrucción de la vegetación. Su obra Anunciación remite a la explotación minera de grandes magnitudes.

Un nuevo viejo mundo – Paraísos perdidos reconoce el daño ocasionado al medio ambiente que, con certeza, perjudica la existencia en el planeta, pero también reconoce los excesos, el consumo y con él el modernismo que se vierte en una era capitalista que hace parte de esta exposición. El artista colombiano Fidel Álvarez aparece con su obra Sofisma, hecha de material orgánico. Las hojuelas de maíz que vienen en las cajas de cereales se sobreponen a una tusa de mazorca, reiterando la importancia actual de los alimentos procesados, “Es ese elemento simbólico de poder, de consumo que pretende venir de un maíz procesado, la misma idea de la colonia como proceso, es un elemento que habla totalmente de la apropiación y de la de-colonización. Para mí, esa pieza es un grito de guerra”, dice el curador de la muestra.

Del maíz como fuente de vida, como elemento sagrado y de gran historia en época de conquista, pasamos al trabajo artístico del mexicano David Gremard, un traje de luchador mexicano completamente bordado con símbolos mitológicos y prehispánicos de suma importancia en la tierra azteca: “Yo estoy fascinado con los temas prehispánicos ya desde hace doce años. Hago figuras contemporáneas usando un lenguaje prehispánico para retomarlo y lograr hacer algo actual”, explica el artista. Entre las obras expuestas existen unos patrones de confección que incluyen dibujos sobre el camino mitológico de Aztlán, traídos a una época contemporánea y explicando su interés por la migración, retomar los saberes escritos en la antigüedad para reescribirlos en un lenguaje moderno y con conciencia en un presente. Al respecto, dice Gremard: “Hay un montón de artistas y gente que mira hacia atrás y está retomando nuestra herencia, dándole un valor que en verdad merece, y están tratando de re-contextualizarlo para darle un contenido que nos habla a nosotros. Nuestros antepasados eran diferentes a nosotros porque vemos el mundo de otra forma, pero hay una gran sabiduría ahí que podemos tomarla, retomarla, pintarlo, recrearlo y hacer algo que hable para nosotros”.

Es esta la clave de la exposición: apropiarse del pasado para construir un presente, aprender de la historia y transformar el mundo en un paraíso terrenal, tal vez onírico, como se ve en algunas obras de la exposición, o más bien sin ninguna ensoñación, pero siendo conscientes de las acciones. Los más de veinte artistas que unen no solamente la cultura entre Colombia y México en una idea de salvar el presente, también reconocen museográficamente que el espacio inherente al sector es capaz de unir una sola historia. “Tenemos obras que reúnen ese choque de culturas, ese choque de lo nuevo con lo viejo: ¿qué tiene más validez, lo nuevo o lo viejo? Se pensaría que tiene más validez lo nuevo porque lleva un recorrido, pero no creo que sea así”, finaliza Ibáñez.

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