La puerta nos espera entreabierta. Iluminada por el atardecer gris bogotano, en la sala después de un pasillo, está Consuelo Lago, posando en un sillón como una muñeca de porcelana. Lleva un chal dorado con arabescos verde esmeralda sobre una blusa del mismo color, un collar de cuentas color jade, y una queja: “mi abuela murió a los 93 años. Mi padre murió a los 93 años. Yo estaba preparada para morir a los 93… tengo 94”.
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Consuelo Lago Franco es la artista creadora de la negra Nieves Carabalí, una mujer de Juanchito, Valle, eternamente joven, esbelta y flexible como gimnasta, de cabellos crespos, que siempre posa de perfil y la acompaña una frase corta, a veces cómica, a veces filosófica, a veces política, a veces enigmática. Una semana antes, la llamamos a consultar por qué había dejado de enviar las caricaturas, que se publican cuatro veces por semana en El Espectador. No dio razones, pero pidió que los editores de Opinión fuéramos a su casa. Quería conocer a los anónimos que reciben sus dibujos y corrigen la puntuación de sus aforismos.
En las paredes de su apartamento cuelgan décadas de producción artística propia y ajena. Hay óleos de santos y paisajes hechos por ella, versiones en gran formato de la negra Nieves y cuadros firmados por sus descendientes. Lago nos invita al comedor. Es una mesa de madera, cubierta con un vidrio que pisa hojas secas. Nos recibe con café, brownies, bocadillo, queso y pan.
Nos confiesa que ve la longevidad como una “traición” de la vida misma. No le encuentra mayor gracia a la vejez. Ahora le fluyen menos las palabras, camina con un bastón que parece evitar, es olvidadiza y requiere de gente que la cuide, pero algo ha persistido: la eternamente joven Nieves.
Cuando la caricatura comenzó a publicarse en El País de Cali, y ella vivía en Bogotá, varias veces por semana “me mandaban un muchacho en una motocicleta. Yo le daba dos o tres dibujos, él se iba al aeropuerto, los mandaba en un avión a Cali, allí los publicaban, los guardaban en un cuartico, y a los dos meses me los devolvían”. Luego llegó el fax, después el computador con escáner y correo electrónico y, ahora, grupos de fotos por WhatsApp que algún familiar o empleado de su edificio le ayuda a mandar porque “para cualquier cosa que tenga que ver con el celular, se me cierra la cabeza”. Ningún caricaturista está autorizado a enviar foto de su caricatura por WhatsApp ni por ningún medio diferente al correo y todos deben enviar con estricta puntualidad. Pero ninguno tiene tanta rosca como Consuelo: lleva más de 50 años publicando en estas páginas y persiste en hacer sus caricaturas sobre papel y con tinta.
Pero en 2025, por los días de esa conversación, asegura que tras más de 15 mil dibujos del mismo personaje no sabe bien qué decir. No se siente inspirada. No se aguanta a las octogenarias que viven en su edificio –una residencia senior– que le reprochan que no se les una todas las tardes a rezar el rosario. Esta tarde, sin embargo, la visitamos dos muchachos con menos de 30 años que prácticamente no conocimos el mundo sin internet. Echamos carreta y chismes del detrás de tintas de El Espectador. “Mheo, el caricaturista, me parece muy bueno. ¿Pero por qué lleva ese nombre tan feo?”, dice. Nos muestra sus libros, sus cuadros, las colecciones de Nieves y hasta nos regala un par de originales. La tarde acaba con una nueva amistad.
Más de un año después de ese primer encuentro, no ha vuelto a suceder que deje de mandarnos propuestas. Por el contrario, ha mandado tantas que hemos contado con una despensa siempre llena de material para publicar. Aunque no voy a atribuirle a esa visita el regreso de las ganas de crear. De acuerdo con Manuel, su hijo mayor, “cuando uno tiene 95, un día se está muriendo y al otro quiere ir a jugar tenis”.
El 9 de agosto de 2026 escogimos una caricatura del montón. En ella, Nieves rezaba “¡Que no tiemble y que llueva!”. Se publicó a las 6 a.m. del 10 de agosto. Una hora y 34 minutos más tarde… un terremoto sacudió medio país. ¿Predijo Nieves el terremoto?
María José Andrade, nieta de Consuelo, asegura que ocho días antes su abuela le dijo que sentía que iba a temblar. “Desde su ventana veía cómo los árboles se estaban moviendo diferente a como se mueven siempre”, dice en un video en Instagram. “Los artistas se fijan en lo que nadie más ve y mi abuela lleva 96 años afinando su mirada”.
De niña, Consuelo Lago le tenía miedo a dos cosas: “a una bruja que me tocaba la ventana del cuarto, y yo me volteaba para no mirarla, y a los terremotos, que había muchos en Popayán”. Lago tiene parte de su corazón en la capital del Cauca. Cuando le pregunto cuál fue el mejor momento de su vida, responde que sus primeros 10 años, que los pasó allí luego de que su padre, el gallego ‘Manolo’ Lago, fuera nombrado gerente del Banco de Colombia. Era una ciudad pequeña, “sin carros, donde podíamos montar en bicicleta”.
Por esa época, su papá acostumbraba pedirle que dibujara postales de las negras del Pacífico para mandarle a sus amigos en Europa. Los destinatarios de aquellas tarjetas nunca habían visto a estas mujeres con sus vestidos estampados y turbantes coloridos, y no tenían la facilidad de una fotografía al alcance de la mano. Consuelo dice que estos dibujos tenían “un cierto espíritu burlón, que yo creo que era Nieves pero aún no la había sacado”.
Recuerda a Popayán por sus hermosas iglesias coloniales, a donde la llevaban las monjas de su colegio que le hicieron memorizar la misa en latín. Pero no es una mujer piadosa. Por el contrario, fue en una de esas iglesias donde confirmó su ecuanimidad no creyente. Con menos de diez años, le costaba creer que el Niño Jesús hiciera aparecer regalos en casa cada Navidad como por arte de magia. Entonces decidió escribirle al Divino una carta y la arrojó tras el retablo monumental que hace de fondo del altar de una catedral payanesa. En ese rincón sagrado solo Dios, omnipresente, podría leerla… pero pasaron días, semanas, y el Niño Jesús no le contestó. Conclusión: no existía.
Aunque no venera santos, adora retratarlos. Desde sus días en Popayán ha cultivado una obsesión con la iconografía católica. En la sala de su casa cuelgan óleos sobre madera en los que están retratados como santos, con túnicas antiguas y aureolas doradas, los verdaderos dueños de su devoción: su familia.
“Iconoclasta” es la palabra que usa Daniela Mejía Lago para describir a su madre, y no solo habla de sus cuadros. “Hay cosas que ella supo antes que la mayoría, en la manera de vivir la vida y de enfrentar las cosas”. Antes de que se hablara del bloqueador solar, ya embadurnaba a sus hijos con crema Nivea para protegerles la piel. Antes de que el exceso de azúcar fuera un consenso médico, impuso en casa la norma de bajarle al dulce. Y mucho antes de que el divorcio fuera legal o socialmente aceptado en Colombia, decidió que no viviría atada a un hombre y se separó del papá de sus hijos. “Sentía que el matrimonio le cortaba las alas”, recuerda su nieta María José. Tanto así que, años después, cuando María José decidió irse a vivir con su novio sin casarse, la abuela de él dijo “¡pecado!”; Consuelo, en cambio, lamentó no haber tenido esa misma libertad en su juventud.
“No se parecía a la mamá de ninguna de mis amigas”, dice Daniela. De niña, ganó un concurso de arte. El premio: una clase de pintura con una maestra. “¡Ni riesgos!”, protestó Consuelo. “Nunca dejé que le dieran clases porque se dañaba y ella desarrolló solita su propio estilo y su propia manera de pintar”. Daniela ha expuesto sus pinturas en Italia, Estados Unidos, México y Japón. “Pintó desde que nació”, recuerda Consuelo y me muestra una pintura de su hija que cuelga junto al comedor. Es un retrato de María José, su nieta, bebiendo de un pocillo. “La taza es perfecta porque se ve que no es de porcelana, sino de ese material que imita la porcelana. ¿Porcelanato?”.
De niña, Daniela creía que el taller de su mamá era “una cueva de tesoros”. Quedaba en una casa de campo en Cali, rodeada de árboles. “Yo lo veía enorme. Había lápices, pinturas, y recuerdo los trenes eléctricos de mi hermano junto al torno de cerámica”.
“En mi familia, el idioma del arte nos conectaba a todos”, dice Daniela. Su hermano Manuel, aunque se dedicó a la agricultura, dibujaba sus propias caricaturas antes de ir a la universidad; su mamá todavía conserva con orgullo un platito donde él pintó una cara con cuernos cuando tenía cinco años. Hoy tiene 69. El nombre de Manuel rinde homenaje a su abuelo y a su tío, Manuel Lago Franco, el legendario arquitecto caleño que diseñó el museo La Tertulia en Cali y La Alpujarra en Medellín. Para Consuelo, la arquitectura colonial payanesa también dejó marca en la obra de su hermano, fallecido en 2023 a los 92 años. “Ese sí ya salió de eso”, dice con su sorna habitual sobre la muerte.
Las nietas también hablan el idioma del arte. Gabriela es abogada y pinta en sus tiempos libres; Juliana es psicóloga y llena su casa de cuadros; y María José es curadora, fundadora del proyecto Sesé art picks y agente informal de su abuela. Juntas recopilaron Nieves 55 años, tercera colección publicada con Villegas editores. A las tres nietas, Consuelo les dedicó uno de esos libros. Casi por norma no escrita, todos los familiares cuelgan al menos un cuadro de Nieves en casa.
Si Consuelo es una iconoclasta, la prueba reina es el libro Nieves en la historia del arte: en sus páginas, la negra Nieves se cuela en grandes clásicos de la pintura, desde los etruscos, el Renacimiento hasta las vanguardias del siglo XX. La portada ilustra a una esbelta negra Nieves ocupando el lugar de la Venus de Botticelli. Quien conozca a la negra Nieves por esta recopilación, donde esta mujer negra del Pacífico colombiano, dibujada por una mujer, se vuelve protagonista de obras a menudo hechas por hombres, podría pensar que esta iconoclasia es reivindicativa.
Sin embargo, entre quienes conocieron a Nieves en sus orígenes hay interpretaciones diferentes. En Cali, donde habita una cuarta parte de toda la población afrodescendiente de Colombia, la primera Nieves era un tropo común: una empleada doméstica, siempre vestida con un delantal de cuadros, y a menudo representada en las tareas del hogar: cocinando o limpiando la casa de una patrona blanca.
El 25 de agosto de 1997, el abogado y líder afro Pascual Augusto Charrupí entuteló al periódico El País porque consideraba que la caricatura Nieves era racista y lesionaba sus derechos. ¿Por qué una mujer blanca de la clase alta caleña hacía humor gráfico con una empleada negra? Para Charrupí, Nieves era una burla que no debía circular más. El humor gráfico ha arrastrado una larga estela de estereotipos raciales: el propio Hergé reconoció que Tintín en el Congo reflejaba los prejuicios paternalistas de la colonización belga. Los festejados sellos de Memín Pinguín, en México, mostraban las aventuras de un niño afrodescendiente que parece un simio. Y en Estados Unidos, personajes con ojos saltones y labios exagerados se usaron para ridiculizar a la población afrodescendiente y justificar la segregación racial. ¿Era Nieves una integrante más de la infame lista? El juez de Cali que atendió el caso dijo que no. “En vez de peyorizar, exalta el sentimiento, el ingenio y la visión del pueblo. La negra Nieves es una digna representante de una parte de nuestra sociedad”, le dijo a El Espectador el juez Guillermo Arias en 1997. Charrupí consideró que “el fallo demuestra que los jueces son tan racistas como la autora de la caricatura” y escaló la demanda hasta las altas cortes. En ninguna prosperó. Por esos días, llegaron cartas de lectores al periódico El País, incluso de personas afrodescendientes, que rechazaban la pretensión de Charrupí. Consuelo, no obstante, se sintió interpelada. Invitó a Charrupí a conversar, pero él declinó. Ella, entonces, le quitó a Nieves el delantal y la mandó a la universidad a estudiar filosofía.
Casi 30 años más tarde, el debate sigue abierto y hasta se le ha dedicado producción académica. Un paper de Elisabeth Cunin, publicado en Francia, dice que Nieves es la prueba de un racismo cotidiano que en Colombia se esconde tras la máscara de la “simpatía” del personaje. Un documento del Centro de Estudios de Justicia de las Américas dice que este “es el caso sobre racismo que ha llegado hasta los tribunales”, pues fue la primera vez que en Colombia una demanda se presentaba bajo alegato de discriminación racial. Que el novio de Nieves se llame ‘Hétor’ y no ‘Héctor’, ridiculiza el acento, afirma la activista afrodescendiente Edna Valencia. En entrevista para una tesis de grado al respecto, el caricaturista Mario Orozco (Mheo, el del seudónimo que Lago encuentra desafortunado) dijo “a mí me parece que estuvo bien la demanda y también estuvo bien la respuesta”. La caricaturista Cecilia Ramos (La Ché), también caleña, dice que “se necesita carácter para no matar tu personaje y escuchar el reclamo y entender las razones del otro”, y la describe como una “rockstar” que le abrió camino a otras. La periodista caleña Diana Salinas, que recuerda que su padre tenía el recorte de una caricatura de Nieves bajo el vidrio del escritorio de su oficina, dice que “por momentos ha reflejado las desigualdades y el racismo de esa vallecaucanidad momia. El tiempo juzgará si como artista reforzó estas ideas o si sirvieron de obra artística de una sociedad. Creo que ha sido más lo segundo: un espejo”.
La caricatura lleva el nombre de dos mujeres que Consuelo admiraba: Misiá Nieves Zorrilla, una amiga de su abuela “que era de muy buen humor”, y ‘Blancanieves’, como le decían a una sahumadora negra que recuerda de las procesiones en Popayán. Nieves nació de la búsqueda de Consuelo Lago de hacerse con un trabajo que le gustara y que le diera plata sin depender de un hombre. En los 60, teniendo poco más de 30 años, trabajaba sin ganas en una empresa caleña diseñando empaques. Tocó la puerta en El País, y le mandaron una resma de papel en blanco para que publicara una novela para mujeres. Ella hizo una contrapropuesta: dibujar las ocurrencias de una empleada doméstica. “Necesitaba una ayuda y dibujé a una mujer que ayudaba”. El 11 de mayo de 1968, pasado un mes del asesinato de Martin Luther King en Estados Unidos, se publicó la primera Nieves.
Guillermo Cano, entonces director de este periódico, confiesa en el prólogo de una recopilación de Nieves que cuando la vio en las páginas de El País, se enamoró “de la Negra de Consuelo —no de la Consuelo creadora, para evitar suspicacias—” y quiso que estuviera en El Espectador “para hacernos más amable y soportable la difícil dificultad de vivir”. En el mismo texto, Cano cuenta que Consuelo la bautizó ‘Nieves’ y “nosotros la bautizamos Negra Nieves contra su opinión pero a la postre con su aceptación”. “¿Será por eso que les pareció racista?”, se pregunta hoy Consuelo.
El 17 de junio de 1975, la negra Nieves apareció por primera vez en estas páginas con una observación frecuente en los caleños que por primera vez visitan la capital: “¡Virgen del Agarradero! Aquí en Bogotá sí que hace frío”, decía con un saco, tiritando.
Hoy, las apreciaciones de una empleada trabajadora son las de una filósofa. Esto podría decirse sobre Consuelo y sobre Nieves, quienes en el fondo nunca han sido dos mujeres distintas.
A la pregunta de cuál es la clave de su longevidad, en otra época hubiera contestado “no estar casada”. Ahora responde, sin embargo, que es “no dejar de trabajar, no quiero dejar de dibujar a Nieves”.
“Estás divinamente, en perfecta salud”, le recuerdan los médicos. “Ay, qué horror”, responde. “Me da pena con ustedes haber durado tanto”, le repite a su familia. “Mi mamá ha aceptado una idea que antes le generaba mucha angustia: que alguien pueda desear su propia muerte”, dice su hijo Manuel.
“Una cosa es morir y otra desaparecer”, reza una caricatura de la negra Nieves. Cuando le pregunto qué significa, vacila; dice que es apenas un juego de palabras, pero la reflexión no deja de ser una paradoja: Consuelo Lago le ha entregado más de medio siglo a crear imágenes que se niegan a extinguirse: pinturas al óleo, un legado heredado en su familia y una caricatura que se mantendrá joven en los archivos de El Espectador y de El País, en el mural que le destinaron en Cali, en los recortes y la memoria de la gente. En la última página del libro del recorrido por la historia del arte, vemos una Nieves semidesnuda, cubierta por una cinta blanca que recorre su cuerpo y un último aforismo: “Arte es lo que sobrevive”.
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