Publicidad

Contradicciones de una artista

La norteamericana falleció esta semana en Medellín, dos de sus colegas y compañeras hacen una semblanza de su  obra.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Imelda Ramírez y Martha Villafañe*
25 de septiembre de 2008 - 08:40 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

La circunstancia que marcó la vida de Ethel Gilmour, determinó también su madurez artística: su decisión de hacerse colombiana.  Así, dos condiciones signaron su capacidad expresiva: el amor profundo por su patria elegida, que la hizo la más colombiana de todos, más la mirada aguzada por la distancia del que llega desde lejos con la claridad que los lugareños no alcanzan fácilmente. La contradicción definió desde entonces la propuesta artística de Ethel Gilmour. 

Durante los años 60, y de la mano de su maestro George McNeil, Ethel concluyó sus estudios de maestría en el Pratt Institute de Nueva York, trabajando enormes pinturas y litografías que podrían considerarse herederas del Expresionismo Abstracto. Una vez en Colombia —a donde se trasladó por amor a Jorge, su compañero— aprender la cultura local fue el motivo para retomar la figuración: los pueblos en las montañas, las begonias y los perros al sol,  comenzaron a poblar sus lienzos. En esos paisajes apacibles aparecieron las explosiones de las bombas, los desastres de la guerra y el sufrimiento de vivir esa cotidianidad cruzada por la muerte y el dolor.

La importancia capital de la obra artística de Gilmour radica en su compromiso social y político, que la convirtió en una molesta piedra en el zapato del arte colombiano de los últimos 40 años. Quizá por eso rechazaba con dureza que se le encasillara en cualquiera de las tendencias que la influenciaron mas no definieron: el pop, el kitsch, el naïf.  Éstas fueron para Gilmour simples vehículos para expresar su íntimo compromiso vital. El de la severa mujer crítica que nunca aceptó la injusticia social, la desigualdad agresiva, la guerra brutal que golpea, más que a nadie, a los sencillos provincianos de los pequeños poblados.

Ethel documentó los asesinatos de personalidades públicas y de personas del común, las masacres, los secuestros, los desplazamientos masivos, las encrucijadas de los indígenas, el poder de la mafia, la presencia estadounidense en nuestro país y las guerras por el petróleo. Y lo hizo no como quien observa una realidad sin comprometerse, sino entremezclando aquellas imágenes desgarradoras con la suya propia y las de detalles aparentemente insignificantes y banales de nuestra cotidianidad, mostrando en ellos la inmensa posibilidad de belleza que trae el diario vivir: el pajarito en un alambrado, los geranios sembrados en un tarro de galletas, el burrito que lleva su carga, el guayacán florecido, una carpeta bordada, entre postales de las obras de Van Gogh, de Giacometti y de Giotto, algunos de los pintores más queridos por ella.

Con esas imágenes de ternura y horror entrelazadas, y de ella como narradora, Ethel construyó historias en las que el sufrimiento se transformaba en justicia y esperanza. Una situación muy relacionada con su historia: Ethel viene del sur de los Estados Unidos, donde la guerra y la esclavitud dejaron heridas que multiplicaron la violencia y, como sucede también entre nosotros, en ellas se renueva la lucha y la esperanza por un mundo mejor.

Nuevamente ahí, la contradicción: la infinita dulzura de su recio carácter no perdió la esperanza ni ante sus más duras convicciones de los peores momentos, actitud que convirtió su obra aparentemente inocua, en un grito desolado y profundo que puso el dedo en la llaga sin consideración ni paliativos. Pero por supuesto, inherente a Ethel, el humor, siempre el humor, el humor que media, eso sí, sin declinar, sin conceder, salvó la situación constantemente.

No obstante, la obra de Gilmour debió pagar el precio por su osadía, con el ostracismo. Muy reconocida, fue sin embargo siempre una desconocida artista de provincia. Testimonial como ninguna, su obra será, sin remedio, aceptada, y ocupará su sitial en la historia del arte colombiano de finales del siglo XX y principios del XXI.

* Críticas de arte. Colaboraron en trabajos críticos con Ethel Gilmour.

Por Imelda Ramírez y Martha Villafañe*

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.