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El teatro no es la representación de la vida, es más bien lo que la vida tiene de representable. Tres de los directores más reconocidos del Festival Iberoamericano de Teatro se encontraron fuera del escenario para reflexionar sobre el arte que los mueve. Gábor Tompa, nacido en Rumania y docente de artes escénicas desde hace varias décadas; Marc Caellas, catalán pero radicado en cualquier lugar en el que establezca las posibilidades para desarrollar sus propuestas actuales con no actores, y Pedro Salazar, colombiano y exponente, pero al mismo tiempo víctima de lo que se denomina independencia, le apostaron jamás a ponerse de acuerdo en nada.
Tal vez para ellos pensar de la misma manera no es tan importante. Es suficiente con la coincidencia de compartir profesión, de vivir las mismas pasiones y de padecer afugias similares. Cada uno siente su labor de forma distinta porque el arte es como los colores. Cada quien los asimila diferente, así su denominación sea idéntica. Tompa, por ejemplo, no entiende muy bien cuál es el proceso mental de muchos actores jóvenes que se le acercan diciéndole que son posdramáticos, sin siquiera saben lo que es ser dramático en escena. Para hacer un montaje es necesario comprender su fundamento y lo mismo hay que hacer con las obras: conocerlas, estructurarlas, desestructurarlas y volver a armarlas. Eso es un arte vivo.
Para Salazar, estudioso de la escena local, lo más contradictorio ha sido encontrar que los principios del teatro colombiano son políticos, están sintonizados con la izquierda de los 60 y 70, pero ahora se ha posicionado el teatro frívolo, atado a los contenidos televisivos. Hay una necesidad, un poco forzada, de representar identidad. Él no contempla la opción de ir a teatro a ser testigo de aquello que puede ver en televisión. En las tablas deben existir reglas propias.
Caellas, por su parte, piensa que las etiquetas reducen el arte. El español cree que el teatro debe dejar atrás el espectáculo para convertirse en una experiencia, porque hay disciplinas más hábiles para proporcionar show y por eso es importante recuperar el ritual y la experiencia compartida, esa esencia difusa en la escena contemporánea.
Los tres se han vuelto diestros en derribar barreras, y como expertos representantes de las disciplinas gestuales jamás se dieron cuenta de que no hablaban el mismo idioma, simplemente se preocuparon por compartir experiencias y por hacer del teatro un gran tema sensible.
“El teatro no debe preocuparse por traer a la gente a las salas. Nunca hay que darle al público de lo mismo; hay que despertar a las personas de su zona de confort, hay que incomodarlas. Todos tenemos la tendencia a ser perezosos y, si se nos permite, ahí nos quedamos; ésa es nuestra responsabilidad como directores. No permitirle a la gente que viva en ese letargo”, manifiesta Gábor Tompa con la tranquilidad del maestro y con la serenidad de haber tenido que iniciar obras con más actores que asistentes al auditorio.
“Todo teatro debe tener ideas y estar conectado con lo político. Una caricia puede ser política, pero siempre debe ser recurrente el tema de incomodar al espectador, de plantearle atmósferas inusuales y provocar la conciencia crítica”, comenta Marc Caellas, quien al realizar puestas en escena con no actores (lo que comúnmente se conoce como ‘actores naturales’) compensa las deficiencias técnicas con los aportes vivenciales.
“A mí me ha interesado más un teatro de tipo popular, para el gran público, de contenido, y que lleve a la gente a las salas. Sí siento una presión de trabajar con las tendencias o con las modas, pero creo que el teatro es un esfuerzo intuitivo y se va desarrollando según los propios sentimientos de quienes lo hacemos”, asegura Pedro Salazar, director y fundador de la Compañía Estable, caracterizada por plantearse la dicotomía de adaptarse al vértigo de una generación acostumbrada al zapping del televisor y a los videojuegos, o establecer un modelo de comunicación distinto y propio.
La respuesta a su pregunta, como a tantos otros interrogantes, no fue resuelta por ninguno de los directores. Tompa, Caellas y Salazar coinciden en que más que respuestas, quieren cuestionamientos que los ayuden a recorrer el camino de un arte vivo, en plena construcción, el cual en los días de este Festival Iberoamericano de Teatro ha demostrado, a pesar de la existencia de otras disciplinas visuales, gestuales y escénicas, que sigue siendo el que le da un contexto particular a la palabra. Que sigue siendo la poesía del espacio.