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Convierten jardín botánico en museo de arte contemporáneo

Cerca a Belo Horizonte, en Brasil, un parque de 100 hectáreas acoge a más de 20 galerías desplegadas. Casi como un parque de diversiones, Inhotim propone otra experiencia del arte.

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Angélica Gallón Salazar / Brasil /
01 de noviembre de 2012 - 09:09 p. m.
Obra de Janet Cardiff y Forty Part Motet, en la que cada parlante canta un fragmento de la pieza musical al oído .  /Tiberio França La obra de la artista colombiana Doris Salcedo, que despliega sobre todas las paredes una maya de hierro y yeso.  / André Mantelli
Obra de Janet Cardiff y Forty Part Motet, en la que cada parlante canta un fragmento de la pieza musical al oído . /Tiberio França La obra de la artista colombiana Doris Salcedo, que despliega sobre todas las paredes una maya de hierro y yeso. / André Mantelli
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Tienes pudor de decirlo en voz alta, pero en la cabeza la idea ronda atrevida: esto es como una Disneylandia del arte. ¡Silencio!, te censuras, sería un atrevimiento decir semejante cosa. Pero tienes ante tus ojos esa vasta tierra, más de 100 hectáreas de naturaleza agreste, un jardín botánico interrumpido y a la vez construido por más de 20 galerías que en sus formas traducen el trabajo de los artistas que en sus interiores habitan.

Una tras otra, las galerías se te aparecen en el mapa como un circuito imperdible de atracciones que usan esta vez el arte, no los juegos mecánicos, para darte un remezón, un disparo, una sacudida.

Luego te enteras de que Bernardo Paz, el creador de Inhotim, este complejo de arte contemporáneo convertido en el museo a cielo abierto más grande del mundo, ubicado a 60 kilómetros de la ciudad de Belo Horizonte, en Brasil, ha confesado que se inspiró en Disney. Bernardo Paz comulga contigo. “Para mí el arte no funciona en edificios encerrados, con tiempos restringidos de visitas. Hoy el artista ya no es más el genio solitario, el que ejecuta su obra para que otros lo admiren. El artista proyecta su trabajo en una instalación que luego, por el genio de la gente alrededor, cobra vida”, confiesa Paz.

Al oír sus palabras, entonces te preguntas: ¿y qué si el gozo se hace de arte? ¿Y qué si el vacío en la panza no se siente por una atracción mecánica sino por oír el rugir de la tierra? ¿Qué si la euforia no la produce una montaña rusa sino los cánticos discontinuos que salen de 98 parlantes que vuelven sonido el grabado de Goya El sueño de la razón produce monstruos? ¿Qué si los niños quieren ir y divertirse con otros entendimientos?

Este refugio, que alberga 1.300 especies de palmas, fue el lugar en donde Paz comenzó a desplegar su colección personal de obras de 123 artistas brasileños y de todo el mundo, proponiendo así un espacio que permitiera vivir el arte de otra manera, no sólo por el contexto, sino además porque cada una de las 20 galerías ha sido construida para albergar específicamente el trabajo del artista del que lleva el nombre.

Lygia Pepa, una artista trasgresora que hizo parte del concretismo brasileño, consiguió en Inhotim un espacio para que exhibir perennemente su obra T-teia. Así, una estructura que parece un templo, de base cuadrada y con unas dimensiones específicas, acoge en sus entrañas una escultura hecha de la sumatoria de hilos metálicos y luz, creando volumen con el vacío.

Lo mismo sucede con la colombiana Doris Salcedo. Su obra Neither, realizada en Londres en 2004, se convierte en el impulso que le da forma a la galería de 262 m² que lleva su nombre. Metros de tejido de hierro y yeso recubren todas las paredes del cuadrado blanco, rejas que no sabes si se están hundiendo en la pared o apenas apareciendo, que no sabes si anticipan encierros o anuncian protección, un juego visual que termina por transformar radicalmente tu experiencia del espacio interior de la galería.

Al pasar de la galería de Pepa a la de Salcedo, de la del argentino Jorge Macchi a la de Matthew Barney, en ese discurrir de estación en estación, de atracción en atracción, consigues justamente una especie de conmoción, antecedida por una ilusión infantil, un deseo vivificante por conocer el universo al que la siguiente galería te va a enfrentar. En una te hacen quitar los zapatos para entrar a contemplar la obra del brasileño Cildo Meireles, como si con las plantas descalzas el cuarto completamente rojo, que parece ideal para una editorial de moda, anticipara la rudeza de su mensaje de sangre. Entras a otro salón en donde una serie de parlantes están dispuestos. De lejos suenan en perfecta armonía, pero luego, al acercar el oído a cada uno, escuchas las voces disociadas, cantándote al oído, susurrando con sus rangos distintos. Una experiencia sonora que estremece la piel y que alienta a crear, con el estremecimiento, imágenes en los lienzos blancos dispuestos sobre las paredes.

Sobre un entramado de caminos pasa cada tanto tiempo una serie de carritos de golf que te permiten hacer los dos circuitos señalados con letras del abecedario, caminos en donde también puedes ver decenas de obras puestas a la intemperie y que simplemente terminan por componer el espacio, desacralizar el arte y adquirir la categoría de algo natural, algo homologable al paisaje. Puedes ver ahí, indemne, sobre un lago, la obra que la artista Yayoi Kusama presentó clandestinamente en la bienal de Venecia de 1966, en la que puso sobre el césped 1.500 bolas espejadas que eran vendidas a los paseantes por dos dólares cada una, con la placa “Su narcisismo en venta”. En esta versión de Inhotim, “500 esferas de acero inoxidable fluctúan sobre el espejo de agua creando formas que se diluyen o se condensan de acuerdo con el viento y otros factores externos. Evocando el mito de Narciso, que se encanta por la propia imagen proyectada en la superficie del agua”, explica el folleto que acompaña la muestra.

Al final, un solo día no es suficiente para desentrañar el parque, para vivir con todo el cuerpo la experiencia del arte que propone; no es suficiente para toparse con las galerías que acogen muestras itinerantes y en donde por estos días el colombiano Mateo López expone un bello estudio de artista hecho de papel. Un día no es suficiente, quizás tampoco dos, porque el gozo que propone Inhotim ahí sí es equiparable a Disney: nunca te quieres ir.

Por Angélica Gallón Salazar / Brasil /

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