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Coordenadas de una vida dedicada a luchar (Cuentos de sábado en la tarde)

Nada más queda. Mi abuela Josefina no se imaginaría estas palabras, ni en el Juicio Final. Menos mal no le cuento qué es eso. Todos tenemos un presente, un maestro. No sé cuándo carajos escuché esa canción de Soda Stereo y quedé encriptado en el vacío del silencio. Té para tres en su versión unpluggued.

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Andrés Felipe Sanabria
06 de febrero de 2021 - 06:00 p. m.
Y no se puede cambiar lo que uno hizo, ni lo que uno puede querer, porque yo elevé mi poesía hasta donde las estrellas no saben si están muriendo o naciendo, tal vez donde ya no se puede soñar.
Y no se puede cambiar lo que uno hizo, ni lo que uno puede querer, porque yo elevé mi poesía hasta donde las estrellas no saben si están muriendo o naciendo, tal vez donde ya no se puede soñar.
Foto: Archivo Particular
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Tenía un cuaderno, y por la chispa de la imagen y de la forma de la evasión del tiempo, me di cuenta que tenía talento para esta vaina. No me siento un escritor con chiva, con los dedos paquidérmicos y con las nubes de las sabanas extintas, porque después el cielo será exterminado. Después de 21 años de ir en Rocinante, y de tener un Sancho Panza que ama más el Barcelona que la misma sombra de Messi, mi hermano Woodstock, no sé para qué demonios en el guayabo del ronquido de Dostoyevski, le paro bolas a la loca de la casa, como llamaba Santa Teresa de Jesús a la literatura, y que en una obra maestra Rosa Montero enseñó a darle reversa a la escisión del libro magistral del mismo nombre que escribió. Solo quería una rosa en el cielo. Y no duró mucho. Pero seguí sus espinas con la misma devoción que se le tiene a Jesús. No hay horas. Ella y yo ya no estamos. Lo que he escrito sobre ella y lo que ella produjo: “Que nunca esperé las trampas del amor”, como dice la canción de Soda Stereo. Traté de esculpir los sueños, de manejar el tiempo con recursos tántricos, y cada vez dolía más no amar. Esa rosa es mi mamá. Hay unos vecinos que me están haciendo la vida imposible. Y mis padres no los escuchan. Ya están viejos. Y es crudo llamarlos así, pero lo primero que enseña Hemingway es poner un adjetivo. Y no se puede cambiar lo que uno hizo, ni lo que uno puede querer, porque yo elevé mi poesía hasta donde las estrellas no saben si están muriendo o naciendo, tal vez donde ya no se puede soñar. Y el amor es eso: encriptar un sentido en un espacio que nada sea relativo, como lo es la obra de Borges. Como Borges, como Kafka, sabía que nacía el universo de lo que escribía, como el mar sabe que solo lo escribió Whitman. Ya me siento viejo, he luchado mucho. No quiero saber lo que es por fin este mundo de mierda. Porque yo luché por un ideal, pero el secreto de la poesía es no saberse cuándo vuelve a empezar. ¡Y estos vecinos son una matraca con el porno en la cantaleta orgásmica de doña Florinda! ¡Ojalá Dios me tenga un buen café en el otro mundo, donde pueda escribir lo que se me dé la puta y apoteósica gana! Y que los amores de música ligera se los lleve el demonio en esas coordenadas donde sólo pudo latir mi corazón.

Por Andrés Felipe Sanabria

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