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Hace unos días recibí la convocatoria del Tercer Concurso Literario Brasil de los Sueños, Homenaje a Machado de Assis, patrocinado por el Instituto de Cultura Brasil-Colombia. Las reglas del concurso incluían un breve párrafo extractado de una obra de aquel autor, a partir del cual el concursante debía desarrollar una historia propia de no más de 1.000 palabras. El texto propuesto, como casi no podía ser menos, pertenecía al cuento Misa de gallo, y es como sigue:
"Nunca pude entender la conversación que sostuve con una señora, hace muchos años, tenía yo diecisiete, ella treinta. Era la noche de Navidad. Habiendo convenido con un vecino en ir los dos a la misa de gallo, preferí no dormir; acordamos que yo iría a despertarlo a medianoche". Se trata del párrafo inicial de ese cuento, uno de los más misteriosos, inquietantes y elusivos del gran escritor carioca (parámetros que abundan en su obra, llena de corrientes subterráneas, de "ventanas imprevistas") y, en general, de toda la literatura brasileña.
Dicho cuento, en particular, ha ejercido siempre una suerte de fascinación sobre lectores, críticos y autores de aquel país. Consecuencia de esa fascinación fue el ejercicio literario ideado por otro importante novelista brasileño, Osman Lins, en los años 70 del siglo pasado. Lins propuso a una serie de sus más conspicuos colegas escribir cada uno su propia versión del famoso cuento. Varios de ellos se negaron al principio, alegando que sería una especie de profanación; finalmente, todos se rindieron al hechizo del reto y terminaron afrontándolo, con mayor o menor fortuna. Casi siempre menor.
Pero son interesantes los diversos caminos que tomaron. Nélida Piñón elige a un personaje sólo nombrado en el cuento (nunca lo vemos, pero sabemos al final que morirá pronto) para que narre en primera persona episodios de su vida. Lygia Fagundes Telles evoca el episodio desde un futuro remoto, dando a la narración un final sorpresivo. Otros cuatro, en fin (entre ellos el propio Lins), optan por elaborar estrictas variaciones, sin alterar el tiempo (un par de horas) y el escenario de la historia original. Una historia tan inasible, por lo demás, que se muestra incólume al asedio de tan avezadas plumas. El libro resultante, pues, es sin duda una curiosidad bibliógrafica, pero también una suma de pequeños fracasos -o casi-, que no trascienden el límite del juego o del divertimento. Pero tal vez no se trataba de otra cosa. Nadie osaría completarle la plana a alguien así de escurridizo y además genial.
Misterio sobre misterio, al menos dos pueden señalarse en la vida y obra del autor de Dom Casmurro. El primero, el origen de su amargo humor negro, su visión tan contenida como desolada del mundo. Algunos aducen la epilepsia que lo atormentó siempre, otros añaden a esto el duro escollo social que debió suponer para él su condición de mulato (su padre era negro, su madre portuguesa) en una comunidad clasista y excluyente que, sin embargo (otro misterio), no le cerró sus puertas; al menos no lo suficiente para que Machado no pudiera escrutar las lacras y miserias que habitaban aquellos salones del Segundo Imperio, si bien su escalpelo implacable no perdonó rincón ni escala alguna de la sociedad de su tiempo. Toda la fauna carioca pasa por sus páginas, desde el más oscuro estraperlista o el más gris maestro de escuela hasta los
señorones de la alta burguesía, los nuevos ricos, los comerciantes, los estudiantes, los curas, los militares, las bellas damas con sus velados secretos y frustraciones, las dueñas embozadas, portadoras de billetes galantes. El mundo entero, en suma, que se agita y sufre frente a la aún no contaminada bahía de Guanabara, acaso sin comprender del todo que ese hombre de apacibles modales y pluma cauta lo desnuda sin piedad.
El segundo misterio no tiene casi parangón en la historia de la literatura. El de un autor que resurge de sí mismo, cuando nadie se lo esperaba, dueño de golpe y porrazo de nuevos recursos expresivos y de una peculiar visión de las cosas y de los hombres que nada hacía presentir. Antes de eso, Machado de Assis era el creador de una serie de cuentos, novelas y entremeses teatrales publicados en revistas más o menos frívolas de su ciudad; eran relatos de temas sentimentales, levemente melancólicos, casi siempre con final feliz, pulcramente escritos pero sin mayor vuelo literario. La última obra de ese período es la novela Iaiá García. La siguiente, surgida casi por generación espontánea, es Memorias póstumas, de Brás Cubas. Un nuevo escritor ha nacido, el verdadero, como por arte de magia. El propio Machado, siempre reacio a hablar de sí mismo, accedió a referirse a ese cambio con estas palabras: "A los veinte años, comenzando mi jornada por esta vida pública que Dios me dio, recibí una porción de ideas hechas, para andar el camino; y viví así, hasta el día en que por irreverencia de espíritu, o por no tener nada en qué ocuparme, tomé un cascanueces y comencé a ver lo que había dentro de ella".
A las Memorias póstumas... seguirán las novelas Quincas Borba, Dom Casmurro, Esaú y Jacob y Memorial de Aires; y entremezcladas con ellas varios volúmenes de cuentos, la mayoría antológicos. Todo un corpus narrativo, cuya economía verbal es tan seductora como engañosa; cargada de sugerencias, de guiños, delega en el lector parte de la tarea y huye del énfasis como de la peste. Pocas palabras bastan al autor para contar entre sonrisas y "un rezongo de pesimismo" el doloroso paisaje humano. Su escritura ha trascendido tiempo y espacio; pero, por paradoja, se resiste a los epígonos. Joaquim Nabuco compara a Machado con "una palmera sola, en medio del oasis".
Para llenar una ficha biográfica, dígase que Joaquim María Machado de Assis nació y murió en Río de Janeiro (1839-1908). De precarios estudios, su universidad fueron el empleo en una tipografía y el de corrector de pruebas en una editorial. Llevó una vida recatada, sin aparentes aristas o dramas, a no ser los de sus quebrantos físicos. No salió nunca de su estado natal y pocas veces de su ciudad. Fundó la Academia Brasileña de Letras. Su matrimonio fue feliz, y la muerte de su esposa, Carolina, apresuró la suya.
En cuanto al concurso mencionado al comienzo, me gustaría conocer el cuento ganador. Tal vez lo escribió alguien que no conoce el original, y, sin intentar siquiera una nueva variante, pudo apartarse ileso de esas líneas. Son terreno minado.
* Traductor y experto en Machado.