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Nadie sabe por qué lo que se inició como un semillero de la Universidad Pontificia Bolivariana, y que hoy es una revista buscando una segunda edición, adoptó el nombre de la que tal vez sea la única fruta que crece de manera espontánea en los desiertos africanos.
Si bien hace parte de Sandía desde hace dos años, Santiago Muñoz dice no tener idea sobre el origen del nombre. “Hay un montón de anécdotas, pero no sé cuál es la real. Últimamente están diciendo que se inició como un juego de palabras. Como empezamos como semillero, alguien hizo la relación con la sandía, que es la fruta que más semillas tiene”, dice.
Sin embargo, los integrantes actuales no se convencen con esa hipótesis. Atribuyen el nombre a una cuestión de azar planeado –si es que tal cosa existe-. Dicen en el grupo que el profesor que lo creó hace aproximadamente seis años, Juan Felipe Arroyave, un día les dijo que el nombre del semillero debía ser cualquiera que no tuviera una P. Y alguien dijo Sandía.
El grupo está convencido de que así como el nombre, el rumbo del semillero se trazó sin un norte muy claro. “Cuando el profesor fundador, ‘Pipe’ Arroyave, se fue del país, el semillero se murió por un año”, cuenta Santiago Muñoz y añade que: “nosotros lo retomamos hace tres años, y ya se tornó en una dinámica más de la escritura. Más como un juego de amigos”.
Un juego: sacar copias del libro que recoge todas las especies de árboles de Medellín y repartirlas al azar para que cada uno escriba una historia. Un juego: después de comerse una chocolatina Jet, escribir un cuento con el animal de la lámina coleccionable. Un juego: dejar cartas escritas a mano en el metro, en una iglesia, en una tienda.
“A nosotros no nos interesa definirnos de ninguna manera. No tenemos ninguna pretensión, somos un grupo muy sencillo. A veces aparecían diez personas, a veces –generalmente- éramos cuatro o cinco. Cuando podemos nos reunimos, escribimos, y ya. No hay características similares, todos escribimos muy diferente, y eso nos gusta”, relata Santiago Muñoz.
Duraron cerca de dos años con esa dinámica, hasta que en alguna salida nocturna acompañada con cerveza conocieron a Alejandro Montoya, un ilustrador. “Nos conocimos por amigos comunes, no tenía nada que ver con la revista –dice Montoya-. En una de esas salidas nos dimos cuenta de que ellos, al igual que yo, querían hacer un fanzine. A ellos les faltaba lo gráfico y a mí el contenido”.
Al principio, cuenta Santiago Muñoz, “era como un chiste. Cuando conocimos a Alejandro llevábamos como un año y medio con diez textos seleccionados para hacer algo. Él llegó y nos puso juicio, y puso sobre la mesa la palabra revista, que a nosotros por lo económico, nos daba miedo pronunciar”.
Aún así decidieron sembrar la primera edición. Son 300 revistas que circulan desde enero, cada una con diez textos que, según Santiago Muñoz, “tienen una sensibilidad que no pretende trascender en el tiempo, ni romper todas las barreras, sino hablar de las cosas simples”. Del perro de la infancia. De la primera vez que alguien sintió un roto en el corazón, de las flores que crecen en las grietas del asfalto.
Y, para cada texto, una ilustración encargada a un dibujante cuyos trazos fueran afines a los del escritor. “Para mí los ilustradores no están dibujando para apoyar un texto, es 50/50, se apoyan mutuamente”, dice Alejandro Montoya, quien diagramó la revista e ilustró el cuento de Santiago Muñoz.
Para financiar la edición, los miembros de Sandía hicieron algo que muchos criticaron: venderla. Sin embargo, Santiago Muñoz recuerda que “no hay que tragarse el cuento de ‘pobrecita la literatura, pobrecita la poesía’. Si vos mirás en Aquarimantima, donde está la poesía de Medellín en los años setentas, en la parte de atrás de la revista se ve que la patrocinaba un taller de confecciones”.
La apuesta es que Sandía se convierta en un espacio para impulsar la poesía y la ilustración joven de Medellín, por lo que para su segunda edición se realizó una convocatoria para que el que quiera envíe sus textos. “En cuanto a la financiación aún tenemos miedo, porque hay muchas revistas parecidas que a las segundas o terceras ediciones se acabaron”, relata Santiago Muñoz.
Por ahora, “además de presentarnos a convocatorias estamos haciendo una especie de crowdfounding análogo, o sea, a través de cartas le escribimos a los posibles interesados, en lugar de e-mail”, cuenta Alejandro Montoya. Es una estrategia apenas lógica para un grupo que eligió las tintas sobre el internet.
Es el romanticismo de lo impreso, que estuvo ahí desde el principio, cuando aprendieron a encuadernar manualmente. “La intención sigue siendo complacernos a nosotros mismos, y vernos felices. Aunque eso sí, queremos darle espacio a todo: una lista de mercados puede ser poesía para nosotros, una frase, un chiste… todo”, concluye Muñoz.
mrubiano@elespectador.com