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El chileno Cristian Alarcón fue uno de esos escritores que estando en los años 90 en la trinchera periodística fueron conscientes “de la aparición de algunos síntomas de intensidad extraordinaria en la región”. La desigualdad hervía en todas las urbes suramericanas y Alarcón intuía que la ignorancia en el campo académico y de los propios Estados a la hora de ver a esos delincuentes, entender sus génesis, juzgarlos y someterlos, era enorme. Por el contrario, se habían creado perversas máquinas de limpieza social que la mayoría de las veces terminaban siendo máquinas de exterminio de jóvenes marginales. La conmoción lo hizo salir de los terrenos cómodos, de ser un redactor de Página 12, y lo alentó más bien a intentar acercarse y quizás entender esos otros terrenos en donde la ilegalidad y la violencia eran la ley.
Alarcón se internó entonces en las villas argentinas, esos barrios en las afueras de las Gran Buenos Aires, que en otros países adoptarían nombres tan variados como comunas, favelas o invasiones. “Mientras atravesaba los pasillos de La Esperanza o San Fernando todo indicaba que debía escribir sobre algún escuadrón de la muerte, pero lentamente me fui inclinando por la búsqueda de personajes que trascendieran el lugar de la víctima. Ya sospechaba que el concepto y el lugar de la víctima eran insuficientes para nombrar y contar a estos marginales”. Fue en ese transcurrir, en esa lenta pero intensa compinchería que Alarcón entabló con las mujeres del lugar que consiguió encontrarse con Víctor El Frente Vital, un mito entre los choros y ladrones, sin duda el personaje principal de su historia.
“Un policía había masacrado a Víctor Manuel El Frente Vital, el ladrón más popular de los suburbios del norte de Buenos Aires. Tenía 17 años y durante los últimos cuatro había vivido del robo con una diferencia metódica que lo volvería santo; lo que obtenía lo repartía entre la gente de la villa”, cuenta Alarcón en el libro que resultó de estas excavaciones delincuenciales, Cuando me muera quiero que me toquen cumbia.
Como la mayoría de villeros, de ropas deportivas de Adidas, a Víctor Vital le gustaba la cumbia, la cumbia villera, ese ritmo que en Argentina se ha convertido en la narración bailable de las penurias de la clase baja, esa música que como los corridos mexicanos y el narcotráfico, ha tenido como ideal contar las historias de los que corretean por la ilegalidad gaucha. Alarcón fue encontrando que las letras de bandas como Damas Gratis que cantan: “Cómo me voy a olvidar de aquella noche / en que salimos del boliche y me dijiste de jeruza / vamos a la esquina / que tengo algo que te gusta / y fuimos a parar a la comisaria después de casi tres horas”, eran las letras con las que los jóvenes de la villa gozaban de la fiesta y de paso le lanzaban algunas madres a la policía.
El odio a la policía es quizás el más fuerte lazo de identidad entre los chicos dedicados al robo en las villas, el segundo, la cumbia villera. Fue justamente cumbia, cuenta Alarcón en su libro, lo que los amigos oyeron cuando se enteraron de que El Frente había muerto. “Armó un porro enorme gastando toda la marihuana que le quedaba, lo encendió, aspiró profundo y sin largar el humo, puso en el grabador… los temas que oía El Frente. Primero cumbia colombiana, cumbia de sicarios, después el grupo mexicano Cañaveral. Al final puso una canción que El Frente escuchaba como parte de su personal religión”: Cuando muera quiero que me toquen cumbia, de los Llamadores de Cartagena.
El Frente reunía ciertos atributos vitales, tal como su nombre lo decía, que lo hacían erótico para su territorio y para sus contemporáneos. Era una mezcla extraña entre cierto talento y un derroche de simpatía. Sin ser lindo, era sumamente atractivo para las chicas del barrio, gozaba de una manera muy decidida de la fiesta. Además, el uso que hacía de lo que robaba no era para la supervivencia, como la mayoría de los chicos que en los 80 entraron al delito, sino para cierto goce suplementario. “Victo Vital se erigía como una especie de neomontonero imitando las acciones guerrilleras de la década del 70, por ejemplo, al robarse un camión de lácteos y repartirlas en el barrio, que era algo que hacían los militantes peronistas de la izquierda hasta el 76. Cuando terminé de escribir el libro, recién entonces descubrí este parangón, esa memoria que atraviesa a algunas generaciones y que se vuelve a manifestar en lo contemporáneo de una manera creativa”, comenta Alarcón, quien recientemente ha publicado un nuevo libro, titulado Si me querés, quereme transa, que desentraña esta vez las relaciones del narcotráfico entre Perú y Argentina.
A partir del mito que se ha construido en torno a este joven, el libro —uno periodístico pero de aventuras—, logra así revelar una parte de la historia argentina actual, de violencia y traición, que no se devela tan fácilmente, pero que palpita con ahínco en sus entrañas. “Fue descubrir esto en una ciudad como Buenos Aires que se pretende rubia, europea. El ego porteño no sólo se manifiesta en la forma en que se habla, también en los convencimientos extraños de que no se padecen y no se van a padecer los males de América Latina”, dice Alarcón. El libro, una vez publicado en Argentina “se proletarizó”, porque llegó a las bibliotecas populares, a las escuelas, a los institutos de menores y a las cárceles, y luego, confiesa su autor, siguió un camino inverso, volviéndose internacional y accediendo a los ámbitos académicos. “Los estudiosos de lo latinoamericano estuvieron interesados en esta narrativa del crimen, que no era una historia de pistoleros y balas sino de unos jovencitos reales, inmigrantes. Una historia llena de mujeres que se cruzan de casa en casa para sumar lo de la olla y poder hacer un guiso, o que van a la comisaría por sus hijos y que tienen que pelearse para frenar esos ríos imparables de violencia”.
Colombia, Alarcón lo anticipa, parece algo saturada de esta literatura, pero quizás en estas otras narrativas haya una apuesta por desencarnar la violencia de otras maneras. Es un libro que sigue hablando de algo muy contemporáneo y aunque el mercado editorial latinoamericano insista en armar brechas insondables entre los países, cuando se trata de comprender al otro, sobre todo a ese otro tan demonizado como el criminal, cualquier esfuerzo será celebrado.