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Cristo en clave griega, según el reciente libro de Juan Esteban Constaín

Fragmento del libro “El hijo del hombre”, sello editorial Debate, un viaje por la historia antigua que revela cómo Grecia, Roma y los judíos se entrelazan en el surgimiento del cristianismo.

Juan Esteban Constaín * / Especial para El Espectador

01 de abril de 2026 - 10:00 a. m.
Juan Esteban Constaín reconstruye el escenario en el que surgió la religión que cambió para siempre el rumbo de la humanidad. Grecia, Roma y el judaísmo del Segundo Templo se encuentran aquí como pocas veces en un ensayo contemporáneo.
Foto: Cortesía Penguin Random House
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Se sabe de sobra que el evangelio de Juan empieza así: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios…». Es la traducción al español del original griego, aunque en las demás lenguas se suele formular de la misma manera, lo que quiere decir que la idea griega del logos, de profundas raíces filosóficas, y ese era un hecho clarísimo para quienes escribieron los evangelios, en él vivían, de él hacían parte, ese era su mundo y su contexto sin superposiciones ni esfuerzos de ningún tipo, esa idea griega del logos se traduce casi siempre como “palabra” o “verbo”, que está muy bien porque eso es lo que significa.

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Pero esa traducción no agota, por supuesto que no, en absoluto, todo lo que entrañaba esa palabra en su lengua original, en el lenguaje tan particular y tan concreto de la metafísica griega que así era invocada allí para equiparar, de una manera muy sutil y muy profunda a la vez, esa noción de la razón universal que empieza quizás con Heráclito y desemboca luego en el estoicismo, para equipararla con la identidad del Dios de los cristianos: el mismo Dios de los judíos que se hace presente como lo que había sido siempre, luz y fuerza creadora, palabra y verbo, sí, sólo que ahora encarnados en su hijo con el que comparte la naturaleza y la eternidad, aunque ese será el tema fundamental de los grandes debates teológicos de la religión cristiana en sus tres o cuatro primeros siglos.

Ya vamos a llegar allá, “ya vamos llegando”, como en la hermosa canción del Grupo Niche, pero es obvio que el lenguaje religioso de los judíos helenizados, que como ya vimos eran casi todos en distintos grados de compenetración cultural a lo largo y ancho de los reinos surgidos del imperio de Alejandro Magno, desde Jerusalén hasta Alejandría, desde Samaria o Galilea hasta Antioquía, es obvio que ese lenguaje era el de la lengua griega que todos hablaban allí, la “lengua común” con la cual se hacía también la filosofía en ese tránsito inevitable entre la calle y la escuela, la vida y su comprensión.

Por eso en la Septuaginta, la Biblia hebrea traducida al griego, muchas de las palabras tenían esa raigambre intelectual y literaria que se remonta a los presocráticos desde el punto de vista filosófico y a Homero, digamos, desde el punto de vista narrativo, aunque esto último sea mucho más difícil de establecer pero también se puede, como en nuestro tiempo lo ha hecho con hermosa erudición Dennis MacDonald, un gran teólogo y filólogo americano, si uno piensa en esas palabras que se usan para contar ciertas cosas e incluso en las metáforas o los lugares comunes con los que esas cosas se cuentan y se cantan.

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No es una gran revelación ni una sorpresa sino un hecho lo que estoy diciendo: ese era el idioma en el que hablaban los judíos helenizados, en él pensaban y escribían, vivían. Pero ese hecho, por coincidente o azaroso que parezca, y así lo fuera, implicaba eso: una aproximación radical a las formas de pensar y narrar que la lengua griega imponía. O para decirlo mejor: el hecho de que se diera el encuentro entre judíos y griegos en el contexto del helenismo hizo que al momento inevitable e irreversible de trasvasar la teología judía a la lengua griega, la primera quedara impregnada, hasta lo más profundo, por la segunda y toda su historia literaria y filosófica, por sus conceptos esenciales.

Eso se ve con toda claridad en un pensador como Filón de Alejandría, por ejemplo, un sabio judío que vive a caballo entre las décadas finales antes de Cristo y las primeras después de él y cuya filosofía es un diálogo, desde su religión, con los grandes maestros griegos, sobre todo Platón y Aristóteles. Pero eso se ve con toda claridad también en los lectores cristianos de Filón: los primeros teólogos del cristianismo que hacen lo mismo, pensar la teología hebrea a la luz del lenguaje y la lengua, las palabras de la filosofía griega que son las suyas, las de su vida y sus ideas de todos los días.

Y esa filosofía griega era sobre todo la de los estoicos, que fue la escuela, antes de la irrupción del neoplatonismo, que más se difundió en el helenismo y luego en el Imperio Romano, se diría incluso que sobre todo en el Imperio Romano, que de alguna manera la hizo oficial y la incorporó a sus grandes corrientes espirituales. Insisto, de la mano de Ernst Hoffmann: en la medida en que se dio un vacío espiritual desde el siglo II antes de Cristo en todo el Mediterráneo oriental, o no digamos un vacío sino una gran crisis que venía de muy atrás, el estoicismo fue el gran asidero para hacerle frente a esa crisis, fue la mejor doctrina, la más consistente o la más prestigiosa o la más popular.

Y eso coincide con dos hechos: uno, la expansión de la República Romana, su triunfo político y militar que la volvió el emporio que fue, el imperio; y dos, el que las élites romanas se beneficiaran de la prédica y la influencia en especial de los maestros estoicos, aunque allí hubiera también epicúreos y académicos, peripatéticos, escépticos, eclécticos. Pero ningún otro grupo, ninguna otra secta, como se decía, pudo superar a los estoicos en su ascendiente sobre las grandes figuras de la política y la cultura romanas.

Baste recordar aquí a Panecio de Rodas, pedagogo y centro de atención del círculo de Escipión Emiliano, justo cuando los conservadores romanos más se quejaban del influjo afeminante, y sé bien que esta palabra no la reconoce la Real Academia Española, pero es la que mejor exprime lo que quiero decir o lo que querían decir los conservadores romanos, de esos sabios que venían de Grecia e iban a arruinar el espíritu virtuoso y viril, nótese la misma raíz de ambas palabras, de la juventud de Roma.

Un discípulo de Panecio, Posidonio de Apamea, fue maestro de Cicerón y trató de inculcarle las ideas y los valores esenciales del estoicismo, pero aunque no pudo hacerlo la siembra al final dio una magnífica cosecha porque el imperio se iría plegando a esa doctrina, en ella encontró una especie de sustento metafísico, filosófico, jurídico y político para la que había sido desde siempre su concepción del mundo, su cultura. Era como si el estoicismo casara a la perfección con el alma romana, como si fuera la escuela de pensamiento que esa ciudad, que se había adueñado del mundo, hubiera estado esperando desde siempre.

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¿Era Augusto un estoico? En algunas cosas sí, en otras no, como todo el mundo. Pero algo del estoicismo —algo o mucho— coincidía con su afán de una gran reforma religiosa que viniera a ponerle orden al Imperio después de más de un siglo de caos y guerras civiles. El alma romana necesitaba la renovación y acaso también la salvación, y ese era un objetivo que el estoicismo ayudaba a lograr. Por un lado, había que recuperar las formas y rituales de la vieja religión, restablecerlos y darles nuevo brillo; por el otro, había que buscar también un consuelo, algo más trascendente, quizás esa idea misma del principado y el vínculo que había, a través de la sangre de Julio César, entre Octavio y los dioses romanos y el destino universal que estaba escrito allí para Roma.

Era imposible imaginarse que en ese mismo tiempo, en esa misma época, iba a nacer en Belén un niño que encarnaba a su manera un propósito igual, salvo que uno le dé una interpretación oracular y profética, como lo harían luego muchos pensadores cristianos, sobre todo Lactancio, a la Cuarta Égloga de Virgilio: «Ya vuelven la virgen Astrea y los tiempos en que reinó Saturno;/ ya una nueva raza desciende del alto cielo./ Tú, ¡oh casta Lucina!, favorece al recién nacido infante,/ con el cual concluirá, lo primero, la edad de hierro/ y empezará la de oro en todo el mundo…».

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Una preciosa historia medieval recogida en el siglo XIII de nuestra era por Santiago de la Vorágine en su Leyenda dorada, ese libro prodigioso sobre las vidas de los santos que en realidad parece una novela, eso por no mencionar el hecho de que el nombre mismo de Santiago de la Vorágine es como de personaje de un cuento de García Márquez, una preciosa historia medieval que está recogida allí sugiere que el día en que nació Jesús el cielo de Roma se llenó de presagios, por lo cual Octavio hizo llamar a una sibila, quizás la Sibila Tiburtina, para que interpretara ese mensaje oracular que venía de lo alto, entonces ella le hizo ver un círculo luminoso al lado del sol y dentro de él la imagen de una mujer, la Virgen María, con un niño recién nacido en su regazo, el Niño Dios; “ese niño es más grande que tú”, le dijo la sibila al Emperador, que se postró de rodillas a adorarlo en ese sitio en el que luego, como evocación de ese instante, se levantó, en la cima del monte capitolino y donde antes había estado un templo de Juno, una basílica llamada Santa Maria in Aracoeli, Santa María en el Altar del Cielo.

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Pero lo cierto es que nadie supo en ese momento, nadie salvo los reyes de Oriente, quizás, que en un pesebre judío iba a nacer el verdadero protagonista de esa renovación espiritual que tanto quería y ansiaba Octavio, aunque fuera tan distinta a la que el emperador se imaginó. No importa: el hecho de que todo ocurriera al mismo tiempo, en la misma época, puede ser una coincidencia, claro. Pero esa coincidencia cambió para siempre la historia de la humanidad.

* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. JUAN ESTEBAN CONSTAÍN (Popayán, 1979) publicó en 2004 su primer libro de ficción, Los mártires, un conjunto de relatos sobre escritores. En 2007 vio la luz su primera novela, El naufragio del Imperio, a la que siguieron ¡Calcio! (2010), con la que obtuvo el Premio Espartaco de Novela Histórica de la Semana Negra de Gijón y que fue traducida al italiano por Marco Tropea y al polaco por Rebis, y El hombre que no fue Jueves (2014), ganadora del I Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana de Eafit y traducida al italiano por Fazi. También publicó, en 2018, el libro de ensayos Ningún tiempo es pasado y en 2019 el libro Álvaro: su vida y su siglo. En 2022 publicó la novela Cartas abiertas. Es columnista del periódico El Tiempo y conduce y dirige, en Blu Radio, el pódcast Calamares en su Tinta. Vive entre Bogotá y Berlín y tiene tres hijas: María, Manuela y Miranda. Es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.

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Por Juan Esteban Constaín * / Especial para El Espectador

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