El Magazín Cultural

Publicidad
28 Jul 2022 - 2:30 p. m.

Crítica literaria: Raúl Vallejo y el derrocado perpetuo

“El perpetuo exiliado”, la premiada novela del escritor ecuatoriano, y su aporte a la revisión de la historia de nuestros países a través de la ficción.

José Luis Garcés González * / Especial para El Espectador, Montería

El exembajador de Ecuador en Colombia Raúl Vallejo y la portada de su novela, editada en Colombia en 2016 por Literatura Random House luego de que ganara el premio nacional de novela Héctor Rojas Herazo, convocado por la Unión de Escritores del departamento de Sucre. Ese libro también ganó el Premio de Literatura de la Real Academia Española (RAE) 2018.
El exembajador de Ecuador en Colombia Raúl Vallejo y la portada de su novela, editada en Colombia en 2016 por Literatura Random House luego de que ganara el premio nacional de novela Héctor Rojas Herazo, convocado por la Unión de Escritores del departamento de Sucre. Ese libro también ganó el Premio de Literatura de la Real Academia Española (RAE) 2018.
Foto: Cortesía Literatura Random House

En la novela El perpetuo exiliado, del escritor y profesor universitario ecuatoriano Raúl Vallejo, hay política, amor, historia, investigación, experimentos literarios y humanidad. Dos mujeres aparecen nítidas en la narración: María Ester Silva, la quejosa, experta en tejidos, de sangre incompatible con José María; y Corina, la segunda esposa, a quien conoció en Buenos Aires en 1934, tierna, poeta e intérprete de piano. Y nítido, también, un hombre delgado, de escaso pelo y de gafas oscuras: solemne, a veces meditativo y silencioso: José María Velasco Ibarra (1893-1979). Un hombre de evocación y pensamiento, al cual le atormentaba “la miseria del espíritu” de sus conciudadanos. (Recomendamos: Entrevista de Nelson Fredy Padilla a Raúl Vallejo, por el Premio Nacional de novela de la Universidad Javeriana).

Me acosa la idea de que había algo en Velasco Ibarra que lo relaciona con la actitud del mayordomo Stevens, encarnado en el cine por Anthony Hopkins, ese personaje de la novela Los restos del día, del premio Nobel japonés Kazuo Ishiguro. Lo otro que me inquieta, es lo de la semejanza física que lo acerca al notable novelista argentino Ernesto Sábato. Parecen familiares. Parecen que tuvieran melancolías semejantes.

El perpetuo exiliado, de 497 páginas, comienza con el accidente fatal que le sucede a Corina, mientras su marido, el ex presidente Velasco Ibarra, la espera en el apartamento de la calle Bulnes, de Buenos Aires, para ir a ver la película Perfume de mujer, con Vittorio Gassman, como habían convenido. La narración mezcla el presente con el pasado sin dejar fracturas ni producir incoherencias. Las noticias que Velasco lee en los periódicos lo llevan al pasado y se produce entonces un mestizaje de recuerdos. En la novela, además de darle una dinámica especial, la muerte de Corina es una verdadera tragedia para el enamorado José María. Lo atenaza el dolor, la depresión, la soledad. Le queda el recuerdo amoroso. Y le quedan las cartas. Las que le mandó Corina. Las que él le mandó a Corina. El dolor por ambos costados. (Lea otro artículo de José Luis Garcés: Por la valoración de los espacios poéticos).

José María Velasco Ibarra, cinco veces presidente del Ecuador; cuatro veces derrocado. No llegar, en él, “también fue el cumplimiento de un destino”. Aunque esté hoy bastante invisible, este jurisconsulto es todo un personaje de la historia política y humana de su país y de América Latina. Y aquí vale recordar los conceptos del profesor y traductor Carlos García Gual, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, cuando afirma: “Podemos distinguir en las novelas históricas dos esquemas básicos y distintos, repetidos con frecuencia: las novelas históricas de tramas que podemos llamar románticas, en las que los protagonistas son una joven pareja, y otras que están centradas sobre la figura de una personalidad de gran relieve histórico” (Apología de la novela histórica, 2009). El perpetuo exiliado se ubica en esta última caracterización, pues las múltiples facetas de Velasco Ibarra facilitan el abordaje narrativo del personaje en mención.

La vida de Velasco Ibarra, precisamente, estuvo plagada de traiciones y complots en su contra, especialmente por la casta militar. Claro, las traiciones no son actitudes extrañas en la política del Ecuador; la más reciente, en 1918, fue la del mandatario Lenin Moreno contra el ex gobernante Rafael Correa, quien lo postuló al cargo de presidente y, luego, para no ser apresado por su pupilo, quien le montó varias acusaciones falaces, tuvo que salir hacia el exilio en Bélgica.

En ese tipo de política, según parece, impera el aforismo que predica: “Dime a quién elogias y te diré a quién tendrás que traicionar”. En el caso de Velasco Ibarra, lo único que no hicieron los pérfidos fue disparar contra la espalda del hombre traicionado.

Este texto, editado en Colombia en 2016 luego de que ganara el premio nacional de novela Héctor Rojas Herazo, convocado por la Unión de Escritores del departamento de Sucre, también podría titularse El traicionado perpetuo. Pues la traición era el desastre constante e implicaba las expulsiones, el exilio, la huida, el marchar, casi inane, hacia otras tierras; el buscar la suerte en los predios del enigma o de la aventura. Y si no había recursos económicos, como era el caso de Velasco, el destierro era quedar en “las manos procelosas del azar”.

J.M. Velasco Ibarra era un patriarca sin concepción patriarcal. Un patriarca en el otoño. No era un dictador. No era un déspota. Pero era un patriarca, sin hijos, con un destino insólito. Patriarca sin patriarcado. Su drama se dividió en dos: el drama político, al cual le dedicó más de cuarenta años, y el drama humano, personal, doloroso e intransferible.

Velasco, hombre discutible para algunos historiadores, tuvo que soportar o sortear las deslealtades políticas, los derrocamientos, las conspiraciones de la CIA, las sublevaciones militares, la chismografía y la mentira. Sin embargo, cuando llega la década del sesenta del siglo XX y empieza a convulsionar América Latina, Velasco no escatimó su simpatía con los rebeldes cubanos, y en sus propias palabras expresó: “Yo admiro a esos jóvenes que luchan por la dignidad de Hispanoaméríca”. Toda esta realidad culmina con una carta que, con su firma y mediante los buenos oficios del ex ministro Manuel Araújo, le envió el 17 de febrero de 1961 el mismo Che Guevara, ofreciendo a Velasco robustecer las relaciones entre Ecuador y Cuba, y agradeciendo los gestos antiimperialistas del veterano luchador. .

Esta es una novela sostenida en la historia, sustentada en un personaje de fuertes perfiles literarios, y narrada con una solvencia, tanto técnica como retórica, que agrada y convence a cualquier exigente lector. Hay en este libro un buceo en la contradictoria y deplorable circunstancia humana. La hipocresía, la mentira, la farsa, brillan como estrellas convertidas en murciélagos. De un dato surge un recuerdo, y de ese recuerdo un texto, otra narración que se anexa al corpus del libro, en el cual todo es nostalgia.

Así, entre presente y pasado, entre pleamar y bajamar, y echando mano de todos los recursos que posibilita el recuerdo, se desarrolla El perpetuo exiliado. El escritor Raúl Vallejo sabía lo que estaba haciendo y lo hizo bien. Que es un texto de historia, lo es. Que es un texto humano, también lo es, en un amplio espectro que va desde la artimaña hasta el amor.

Vallejo, que fue embajador en Colombia a partir de 2011 cuando gobernaba el economista Rafael Correa, cumple con lo anunciado en el texto: es una novela collage, novela fragmentaria, organizada como una especie de collar, donde una perla continúa la anterior pero no la contradice sino que le amplia el sentido. En este aspecto, El perpetuo exiliado es una novela inserta en la posmodernidad, en los tiempos en que algunos proclaman “la muerte de la novela”, que no es su muerte sino su esplendorosa resurrección. Allí están, para no anexar más nombres, los ejemplos de Julio Cortázar y de Milan Kundera.

Aunque el lenguaje nacionalista de Velasco Ibarra a veces toca lo patriotero y lo empalagoso, el autor sabe capotear la prosopopeya del ex presidente y plantear la narración en términos digeribles sin llegar a abusar de la tolerancia del lector. Entonces siempre subyace un mecanismo de precisión para que el verbo no se salga de norma en un texto que por su temática política, sociológica y humana, puede ser propenso a la exuberancia y al peligro del descontrol.

Como nota humana, debe decirse que Velasco Ibarra no tuvo hijos, pese a todos los esfuerzos científicos y religiosos que hizo con sus parejas, y cierto hálito de desgracia parecía cercarlo como una insistente corona funeraria. Además de político, Velasco fue catedrático universitario, y en muchas ocasiones su cuerpo anduvo por un lado y su mente estaba en otra estancia: como un reflexivo monologaba en silencio.

En otro ámbito, digamos que la novela pendula entre la narración externa y el monólogo interior expresado en los recuerdos que Velasco Ibarra trae a flote, en una especie de parangón narrativo continuo. No hay un hecho presente que no tenga una evocación pasada. Hasta el punto de que el ex presidente soñaba con sus enemigos y padecía tormentosas pesadillas. En esa dialéctica se basa su escritura narrativa. Por ello el lenguaje, cuando se requiere, desnuda influencia directa del periodismo, que elude el fraseo lírico o la expresión poética. La novela collage, como la llama el mismo autor, está dividida en 7 capítulos y 6 interludios, y alberga diversos recursos técnicos Así, encontramos: tercera persona, segunda persona, monólogos, narrador omnisciente, cartas, documentos, episodios históricos e interludios. Estos, son breves textos intermediarios en los cuales se cuentan episodios de la vida personal o familiar del autor, que se complementan con el torrente general de la novela.

En sus maneras personales, José María Velasco Ibarra, ceremonioso, protocolario, solemne, pero austero, era todo un personaje para la literatura y para la vida misma. No era cursilería la suya. Puede confundirse, pero no. Así era él. Un derivado del romanticismo, una cortesía encarnada, un sentimental sin solución. Velasco Ibarra era un triste. No era indio pero era triste. La alegría, cuando la había, la disfrutaba con pocos y la llevaba por dentro. Aceptó decir: “Yo me sentí el hombre más solitario de la tierra”.

Quizá ese temperamento y esa conjunción de circunstancias, no encajaban en un mundo político plagado de hombres mezquinos y militares zafios que no admitían ni entendían sus maneras cultas y su lenguaje solemne. Ese universo burdo y artero nunca comprendió a ese caballero en desgracia que todavía a los ochenta y seis años, poseía un añejo sentido del decoro, el protocolo y el respeto. Golpearlo, mofarse de él, calumniarlo, derrocarlo, hacerlo huir, era su estúpida revancha.

El perpetuo exiliado, de Raúl Vallejo, es, pues, un muy importante aporte, mediante el género novela, al conocimiento de la historia del Ecuador y de América Latina, y un valiosa indagación en la vida de un hombre signado por la vocación política, la reflexión humanística y con la capacidad para soportar las alevosías y perfidias de sus adversarios políticos, casi siempre hombres ambiciosos, de fusiles y charreteras. Velasco, un caballero de antaño que cuando se produjo la muerte de Corina, su amor total, dijo que “desde ese instante se entregaría únicamente a meditar y a morir”. Y finalizó en Quito el 30 de marzo de 1979. Está enterrado en una modesta tumba del cementerio de San Diego. Corina, su mujer, lo sigue acompañando.

* Escritor, conferenciante y catedrático universitario. Director del periódico cultural El Túnel, de Montería, Colombia. Cuentos suyos han sido traducidos al alemán, al eslovaco, al francés y al inglés. Su obra más reciente es la novela Las espadas en receso del Conde de la Quimera, que es el segundo tomo de una trilogía sobre el Caribe colombiano. E.: jlgarces2@yahoo.es

Síguenos en Google Noticias