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Crónica de un niño solo

Un homenaje a Leonardo Favio, el cineasta que encontró la fama con la música.

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Fernando Araújo Vélez
13 de mayo de 2010 - 10:05 p. m.
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Vivió en una habitación perdida de tres por tres con 15 o más personas a quienes jamás había visto frente al Parque Japonés de Buenos Aires. Su padre se había marchado de casa. Lo velaron cuatro o cinco putas y unos cuantos ladrones. Su madre, Manuela Olivera, lo había sobreprotegido. Robó en mercados de pueblo. Mintió. Estuvo en cárceles para menores. Lloró la muerte a tiros de la Policía de un amigo suyo en pleno atraco y luego, muy luego, le cantó La soledad es un amigo que no está. Se botó al piso y huyó de las balas de otra Policía, 14 años más tarde, en el aeropuerto de Ezeiza, durante una manifestación organizada por él que iba a recibir al presidente Juan Domingo Perón.

Lo acusaron de montonero (brazo rebelde, y a veces armado, del peronismo), lo tildaron de enemigo de la patria. Huyó de nuevo. Fue desterrado y humillado. Se sintió desesperanzado por primera y única vez en su vida.

Porque antes, mucho antes del golpe de Estado de Jorge Rafael Videla a María Estella de Perón, Leonardo Favio había vivido de ilusiones. Desde adolescente tenía claro que viviría el resto de su vida al día, y seguro al debe, pero una noche, cualquier mujer le dijo que tenía pinta de galán criollo y él le creyó. Hizo castings para actuar hasta que logró meterse de extra en El secuestrador, y allí, en pleno estudio, se enamoró de una actriz, María Vaner, a quien logró conquistar por unas cuantas noches. Después, sin embargo, comprendió que ella podría abandonarlo a la vuelta de cualquier esquina, “porque yo era bruto, muy bruto. Cómo sería de bestia que hablaba con faltas de ortografía”, le confesaría muchos años más tarde al escritor Pablo Perantuono en una nota para Gatopardo. La Vaner, como la llamaban, era muy culta.

Le hablaba de Baudelaire, de Rimbaud, de Vivaldi, de Cézanne. Él, muchacho barrio bajo nacido en provincia, Mendoza, con nombre de turco, Fuad Jorge Jury, sin pasado ni letras, la escuchaba absorto y le prometía que iba a estudiar cine, que iba a ser como Fellini. Entonces le decía que se iba al estudio del director Leopoldo Torre Nilsson, pero se metía en un café a leer los periódicos y a soñar. Y se prometía que a la mañana siguiente acabaría con las mentiras. No obstante, como un autómata, retornaba a su viejo café. Un día, Torre Nilsson le dijo que se dejara de tonterías y embustes, que estudiara. “Así me largué (comenzó). Yo quería contar algo y sabía que podía hacerlo”.

Pidió carretes de película en Agfa a nombre de Torre Nilsson, enredó a un camarógrafo para que filmara y escribió un guión corto. Dos meses más tarde estrenó El amigo, la historia de un niño lustrador que una noche ingresó al Parque Japonés con el muchachito al que le brillaba los zapatos. Era su historia, de alguna manera. La historia que él hubiera querido vivir. Cuando mostró su obra le preguntaron “¿De dónde la robaste?”. Le sugirieron que volviera a sus papeles de galán. Él era porfiado, y una noche, en Mendoza, se le acercó a un multimillonario que encontró en su Kaiser Carabela y le propuso que invirtiera en su película, que las mujeres lo iban a adorar. El tipo, Luis Destéfano, le siguió la cuerda y le dio el dinero para Crónica de un niño solo, que obtuvo decenas de premios en el Festival de Mar del Plata, en México, Italia y España. Después, 1966, filmó Romance del Aniceto y la Francisca, un amor absurdo. Ganó más galardones, más aplausos, pero se quedó como sin alma cuando nadie le quiso producir su tercera película, Juan Moreira. Intentó suicidarse. Se desplomó, hasta que un viernes algunos amigos lo invitaron a un bar, La botica del ángel, y le pidieron entre tragos que cantara.

Aquella velada fue el inicio de su carrera como cantante. Se hizo millonario, apetecible, famoso, ídolo. Con una canción enamoró a su segunda esposa, Carola, una aspirante a actriz a quien vio “por casualidad, yo estaba en el bar, me miró al pasar, yo le sonreí y le quise hablar...”. La primera, fuente de sus más importantes decisiones, lo abandonó a mediados del 65. El amor se les agotó. Él simplemente le escribió otra canción, Esto es el amor.

Por Fernando Araújo Vélez

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