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Crónicas de la basura blanca

Reseña del libro Crónicas de la América Profunda, de Joe Bageant.

Ángel Castaño Guzmán

17 de septiembre de 2014 - 03:32 p. m.
Joe Bageant.
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En el Royal Lunch, un bar frecuentado por la clase trabajadora de Winchester, Virginia, Joe Bageant (1946-2011) encuentra los temas y personajes de Crónicas de la América profunda (Ícono, 2014), el estupendo libro periodístico que le granjeó celebridad. Allí, frente al modesto escenario de karaoke, conversa con Dink –añeja gloria local gracias a una paliza propinada a un chimpancé boxeador–, con Tom –veterano de la guerra de Vietnam, vencedor de un combate cuerpo a cuerpo con la heroína–, con Dottie – cantante amateur cuya salud la obliga encaramarse a la tarima con un tanque de oxígeno–; en fin, con especímenes de la basura blanca, epíteto usado por los urbanitas de dedo parado para nombrar a los obreros embrutecidos por cantidades industriales de cerveza, sermones dominicales de predicadores fundamentalistas y cientos de horas ante el televisor. El trabajo de Bageant, por fortuna, no se limita a compilar anécdotas pintorescas o a mofarse de la alarmante ignorancia de sus parroquianos; logra un ameno y hábil retrato de un importante sector del electorado gringo. De sus entrañas provienen, por ejemplo, Lynndie England, la protagonista de las atroces fotografías de Abu Ghraib, y los miles de ciudadanos convencidos de la misión salvífica concedida por la providencia a los Estados Unidos.

Ateo confeso y marxista militante, Bageant no tiene piedad con el Partido Republicano. Ironista salvaje, convence al lector de la malevolencia de un sistema económico hambriento de mano de obra barata, capaz de sacrificar la dignidad humana en busca de aumentar las fantásticas cifras de los tiburones de Wall Street. El analfabetismo de los habitantes es el cimento de las victorias de la pandilla de Bush, personaje blanco de las envenenadas saetas del periodista. Sí, lo sé: lo dicho hasta aquí crea la imagen de un libro cocinado con los típicos ingredientes del discurso izquierdista setentero. Hasta cierto punto dicha percepción es cierta. Varios pasajes del volumen asumen un tono de denuncia social y política. Sin embargo, incluso en las páginas más airadas, Bageant no renuncia al sentido del humor. Ahí está, para mencionar solo un caso, la caricatura de Laurita Barr, una adinerada seguidora de los neoconservadores, grupúsculo ubicado a la diestra de Dick Cheney. Los demócratas tampoco salen ilesos. Los acusa de miopía y comodidad: en lugar de convertirse en portavoces de los asalariados, los desprecian por torpes. En El valle de las armas, la mejor crónica del conjunto, se aleja del alegato de los liberales a favor del control de las armas de fuego. En la orilla apuesta a Michael Moore, Bageant analiza el papel de las escopetas y los rifles en el quizá último ritual familiar de los estadounidenses: la caza de ciervos. Además, provisto de cifras, señala la baja tasa de criminalidad en aquellos estados donde las familias tienen un revólver en casa.

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El periodismo de autor, pariente del ensayo y de la novela, describe al mundo con eficacia asombrosa. Nada le envidia a la ficción. El cronista, a diferencia del reportero raso, no sufre la tiranía de la primicia, por lo tanto puede dedicarle el tiempo necesario a una historia para encontrar en ella la veta de oro. El número de caracteres lo define el tema mismo, no la tijera del editor.

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Por Ángel Castaño Guzmán

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