El Magazín Cultural

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6 Jun 2021 - 2:00 a. m.

Crónicas de los muchachos de Usme: Un satélite llamado Javier

El Espectador publica desde hoy una serie de relatos de los jóvenes de una de las localidades de Bogotá más afectadas por la exclusión y el paro nacional, pero llena de talento narrativo.

Rodolfo Celis @FitoCelis * / Especial para El Espectador

Crónicas de los muchachos de Usme: Un satélite llamado Javier
Fotoilustración de la revista “Surgente” sobre fotografía de Richard Avedon. / Cortesía Fito Celis
Fotoilustración de la revista “Surgente” sobre fotografía de Richard Avedon. / Cortesía Fito Celis

Javier Molina se levanta a las cinco de la mañana, va a la cocina y pone la olleta con el café molido que le envía la suegra desde Santa Marta. Pasa a un cobertizo, donde se ubican sin ninguna progresión geométrica las doce máquinas de coser que adquirió a lo largo de los últimos veinticinco años de vida. Javier no concibe la vida sin un tinto al amanecer. El café que bebe es orgánico, aunque él no usa esa palabra. Prende las máquinas que necesita para las labores del día y sintoniza una emisora popular sin distingo —Radio Uno, Radio Recuerdos, Todelar— en una grabadorcita que cuelga de un palo en medio del taller.

Javier repite esta rutina un día sí y otro también. En su trabajo como satélite de confecciones no existen los feriados, los fines de semana, las fechas patrias ni las vacaciones. Lo suyo es una labor sisífica, sin descanso ni esperanza, que se prolonga desde el amanecer hasta la medianoche. El ronroneo de las máquinas más el ruido de la emisora y el parloteo de un viejo televisor configuran una banda sonora particular.

En ese ambiente, donde el llanto de Talía se confunde con las salvajadas radiales de Fernando Londoño, Javier, su esposa, su hija y alguna empleada de ocasión cosen y cosen y siguen cosiendo pedazos de tela que llegan en grandes bultos, que ellos convierten en pantalones, camisas, colchas o chaquetas, que saltan de aquí hasta los almacenes de los dueños de la mercancía. Un satélite es eso: una persona, una microempresa, donde se cose a destajo y se ganan miserias, cuando no es que se trabaja a pérdida.

La casa es de dos pisos y la compró hace poco tiempo, después de ahorrar el dinero peso a peso, hacer mil maromas financieras, conseguir un subsidio y un préstamo en el Fondo Nacional del Ahorro, que seguirá pagando por una década más. En la primera planta viven dos costeñas, el marido de una de ellas, conductor de tractomula, y un pensionado del Ejército que trabaja como guachimán, quienes comparten la cocina, el patio central y el baño. Tanta familiaridad produjo que el militar y la costeña que estaba soltera se organizaran quince días después de conocerse, para separarse un mes más tarde. Los arriendos del primer piso le reportan a Javier un capital constante de $500.000 mensuales que, como el ingreso de los países pobres, se va en los servicios de la deuda. Javier le debe al Fondo, a un par de bancos y a un puñado de amigos. (Recomendamos: Fragmento de la novela de Rodolfo Celis).

—¿Cómo está el cajero? —me dice, mitad en broma, mitad en serio, cuando quiere pedirme dinero prestado.

Siempre tiene alguna emergencia, un recibo por pagar, una cuota atrasada. Chichiguas para seguir remando contra la corriente de la necesidad.

Javier llegó a esta casa en Santa Librada con el nuevo siglo, después de una década pagando arriendo en barrios del sur bogotano. Venía con Olaris, su esposa, y Evelyn, una niña de brazos. Los padres afirman su autoridad pegándole cuando desobedece o no quiere trabajar en el taller. Evelyn tiene ahora trece años y todavía juega con muñecas, pero eso no la libra de cumplir jornadas de casi diez horas en temporada alta. (Reportaje gráfico de El Espectador: Una jornada de paro nacional en Usme).

El taller me parece la madriguera de un animal de monte. Es una suma de fragmentos y cosas inservibles, desahuciadas. Hay bultos de recortes de toda clase de telas, hilazas, hilos y papeles. Ropa hecha, a medio hacer o que nunca se terminó. Ropa que ha sido rechazada por el patrón de turno o cuyo dueño nunca volvió a por ella. Prendas que estuvieron de moda el siglo pasado y que ahora no valen medio centavo partido por la mitad.

Colgaderos repletos de patrones de todas las tallas. En esas mangualas Javier ha disipado millones. Hay ropa que huele a humedad, a viejo, a derrota. Igual, cada remesa que se queda es una pérdida para el satélite, porque el patrón nunca pierde. Si una prenda queda con desperfectos la culpa es del satélite, quien asume todo el costo de la mercancía. Este sistema solar desequilibrado se sostiene en el hecho de que los pedidos se pagan contra entrega.

En medio de este caos estelar, en el que se cosen bolsillos y botones, se hacen pliegues y zurcidos, se pegan tapas y se rematan prendas, se plancha, se dobla y se empaca ropa para otros, Javier es un satélite tranquilo, quizá resignado. No hay afán cuando ya se ha perdido casi todo: la fortuna, los dientes, la esperanza...

A estas alturas, mientras se recupera de una operación de una hernia testicular, sabe que no por levantarse primero amanece más temprano. Antes sí lo creía, y cuando decimos antes tenemos que remontarnos a la década del 80, cuando era joven y chalaneaba un caballo por las calles de Chimila, Cesar, y las mujeres se enamoraban de su parecido con Rafael Orozco, el cantante de vallenatos.

Fue entonces cuando conoció al hombre que le cambiaría la vida. Se llamaba Fermín, aunque nadie puede jurar que ese fuera su verdadero nombre. El supuesto Fermín apareció, mediado 1985, en la finca de su padre, arriba cuatro horas del pueblo, como jornalero; pero era otra cosa: un militante, un ideólogo. El embrujo estaba en sus palabras. Javier escuchó, entendió, creyó. Se convirtió en lo que debía convertirse: un líder social.

Anduvo en correrías, en paros campesinos, en campañas políticas, con líderes de la UP. Conoció a Adán Izquierdo, Imelda Daza, Simón Trinidad, Julián Conrado... a la vieja escuela parrandera del Frente 19 de las Farc. En esos mismos días empezó noviazgo con Olaris, la hija del tendero Aureliano Rodríguez. La vida parecía sonreírle con gracia, aunque no por mucho tiempo.

En el comedor de su casa, rodeados por matas que cuelgan de todas partes y de artesanías que Olaris diseña, teje, zurce, cose, corta y pega, hablamos entre un tinto y otro. Ir a casa de Javier es ir a tomar café.

—¿Otro tintico pa’ que se relaje? —pregunta y ríe de una broma vieja.

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Ahí hemos echado historias mucho tiempo y compartido los manjares que prepara. El gusto por la comida bien hecha es también antiguo. Trabajó en restaurantes hace tiempo, de recién llegado a la ciudad. Torticas de banano, chichas de maíz, masatos, arroces de todito, salsas de hierbas raras, pendejaditas varias. Javier sabe atender a la visita. Le gustaría tener su propio restaurante, pero cayó en el mundo de las confecciones como sin querer queriendo. Quizá porque cuando renunció a su proyecto de vida campesina se refugió en el sueño de Olaris: el diseño de modas, las costuras, las manualidades.

Ella empezó con una sola máquina Singer, en una casa del barrio El Virrey, en Usme. Hace unos veinte años, cuando vieron posibilidades, él dejó su trabajo en un asadero popular, vendió los últimos novillos y compró máquinas. Ahí se rifaron a su suerte sin reversa. Incluso soñaron una boutique. Después, con el nuevo milenio, los chinos coparon el mercado. El capitalismo global, papá. El trabajo menguó. La hechura de una prenda fue bajando de precio mientras la electricidad se hizo cada vez más costosa. Javier es un satélite fuera de órbita, un cuerpo celeste que sigue girando por mera inercia, incapaz de torcer su rumbo.

La noche del mal ocurrió en 1989. Toda la vida de Javier se detuvo en un retén del Ejército Nacional, un domingo en que bajó a Chimila. Fue capturado, sin que mediara ningún procedimiento jurídico, acusado de guerrillero. Secuestrado durante tres días. Sometido a torturas, golpes, vejámenes y humillaciones sin nombre. Esos tres días de infamia no caben en estas líneas. No se merecen ninguna otra línea. Javier conoció el horror.

Al final, cuando sospecharon que podía morírseles, lo liberaron por mediación de Ignacio Galindo, sacerdote del pueblo. Lo que devolvieron ya no era un hombre, era un mazacote de carne dolorida; un juguete roto de la guerra que estuvo un mes en cuidados intensivos oscilando entre la vida y la muerte. Olaris no se despegó de su lado. Apenas se hubo recuperado un poco se casaron casi en secreto. A las cinco de la mañana en Chimila. Salieron de una iglesia desolada, como parias, y huyeron en el primer carro que los llevara lejos. La foto que guardan con sus vestidos de matrimonio se la tomaron en Ocaña unos días después.

En busca de horizontes, se vinieron a Bogotá. Vivieron en los barrios Marruecos, Molinos y El Virrey, antes de hacer su nido en Santa Librada. Un nido en el que fueron recogiendo aves descarriadas, familiares, amigos, gente que ha seguido su rastro. Una casa que es también un oasis en medio del frío usmeño, donde se cose ropa, pero sobre todo se le tiene al visitante café y conversa. Una casa en la que viví diez años.

Javier sueña todavía con volver algún día a su tierra, sembrar café, maíz, frutales, ordeñar unas vacas, chalanear un caballo, recuperar su vida perdida aquel domingo infame. Sueña que alguna vez el Estado le indemnice, que la vida le compense. Pero no hay dinero que pague tanta pérdida, ni hay otra vida. A pesar de todo el daño, quizá por eso, sigue siendo un hombre bueno, sencillo, que se levanta a las cinco de la mañana a prender el motor de las doce máquinas con las que se remienda la esperanza.

A la hora de partir, Javier me acompaña hasta la puerta. Antes de tenderme la mano ya sé lo que dirá, como si fuera una fórmula ritual de despedida.

—¿Cómo está el cajero hoy?

* Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia, autor de la novela “El último duelo del hombre pez” (Himpar Editores), cuentista, editor de la revista “Surgente”, donde originalmente fue publicado este texto, y líder del taller de lectura y narrativa de Usme “A los dijes”.

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