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¿Qué significan los viajes para usted? ¿A qué apuntan? ¿Son necesarios para escribir?
Alguna vez pensé que lo que me gusta de viajar es que es una de las pocas formas de amojonar el tiempo. ¿Entendés amojonar? Cuando uno está en su lugar, uno no sabe qué estaba haciendo la primera semana de abril. Y todo ese tiempo pasa sin dejar mayor rastro. En cambio cuando viajas sí te acuerdas. “Ah, no, la primera semana de abril yo estaba en Méjico haciendo tal cosa”. Entonces el tiempo se va como quedando pegado en esas referencias. Por otro lado, el tiempo de un viaje es distinto al tiempo de cuando uno está en su lugar. El primer día parece larguísimo, y han pasado cantidad de cosas. Cómo puede ser que ayer estuviera en mi casa y ahora esté tan lejos, en un solo día, y han pasado tantas cosas, he visto tantas cosas… Eso te llena, cuando en general el tiempo escapa miserablemente entre los dedos. Esa es mi manera de aferrar un poquito más el tiempo que se escapa, me da esa ilusión. Creo que viajar es eso, es una de las pocas formas que conocemos de pelear contra el tiempo, de ser su fugitivo. Pero, por supuesto, no es necesario para escribir, nada es necesario. Muchas veces quiero escribir sobre muchas cosas que están un poco más lejos que la punta de mi nariz, así que tengo que ir a buscarlas. A eso no lo llamo viaje, es como ir de casa al trabajo.
Para escribir El hambre viajó a lugares austeros como Níger. Aunque en el libro queda claro que el hambre es un problema político, cuando entrevistaba a las personas que padecen de hambre ¿no le daban ganas de hacer algo más por ellas además de contar su historia? ¿No sentía el impulso de hacer algo?
Sí, el impulso siempre lo tenés. Para tranquilizarme trato de pensar que lo mejor que puedo hacer es escribir sobre eso, hablar sobre eso, tratar de que haya más personas que piensen qué se puede hacer, políticamente, a nivel general, para que esto no siga sucediendo. Pero sí, claro que caigo en esa tentación. Una señora en Níger me contó que había tenido una enfermedad complicada. Por esa enfermedad había perdido casi todo su rebaño y le quedaban dos cabritas nada más. Como no tenía un chivo, no podía preñar a las cabritas, el rebaño se le iba a acabar y demás. Al final terminé comprándole un chivo y le di dinero para que lo mantuviera durante un año con una única condición, que le pusiera Martín al chivo. Así que en algún lugar de Níger hay un chivito que se llama Martín.
El hambre es un libro desgarrador, y no solamente por el tema, sino porque hay una voz auténticamente preocupada, a veces iracunda, detrás de las historias. ¿Qué piensa de que en un trabajo periodístico –en este caso, uno que se mueve entre la crónica y el ensayo– afloren las emociones, los sentimientos, las preguntas del periodista?
No estoy sólo de acuerdo con que eso suceda, quiero que pase. Podría justificarme diciendo que los sentimientos del periodista aparecen aun cuando están disimulados. Aparecen en la selección que hace, en qué dice y qué no dice, y en cómo dice lo que dice. Entonces es mejor hacerlo explícito, para no engañar a nadie diciendo que no están, con esa supuesta neutralidad que es totalmente falsa. Pero además de eso yo quería que mis sentimientos aparecieran. En este caso particular, porque son sentimientos violentos contra un orden que hace que novecientas millones de personas no coman lo que necesitan.
Justo al principio usted afirma: “Todo libro es un fracaso”. Esa afirmación está relacionada, además, con el epígrafe del libro, una cita de Beckett. ¿Por qué lo dice?
Uno siempre se propone más de lo que finalmente consigue. Y cuando empecé a escribir este libro apareció esta frase, que se me ha vuelto una especie de lema. “Inténtalo de nuevo, fracasa de nuevo, fracasa mejor”. Y al final del libro, que es la parte que quizá más me importa –esas últimas veinte o treinta páginas en las que trato de borronear qué se podría hacer o cómo se podrían hacer cosas para cambiar este orden tan injusto– lo que trato de decir es que a mí me importa abandonar una ética de los resultados y cambiarla por una ética de la necesidad actual. No actuar porque voy a conseguir algo, sino actuar porque no puedo no actuar, porque siento esa necesidad. Si el resultado de eso es un fracaso, está bien. Ojalá no, pero no es ese el punto. El punto es no hacer las cosas porque voy a tener éxito, sino hacerlas porque creo que soy peor si no las hago, y me siento peor. Un libro es eso.
Antes de El hambre publicó la novela Comí y las crónicas Entre dientes: ¿Su amor o consciencia por la comida, por lo que se come, lo llevó a pensar en la escasez?
Fue una casualidad que se juntaran estos tres libros, que yo llamo ahora mi “trilogía perversa”, porque no tiene ningún sentido. Entre dientes es un conjunto de crónicas que hice en tres lugares del mundo. Comí es una novela que cuenta la historia de alguien que escribe crónicas gastronómicas, pero es una historia muy oscura, con mucha tensión acerca del uso del cuerpo, y del cuerpo en relación a la máquina médica y en relación al hecho de comer, más como un hecho fisiológico que cultural, aunque también, en cierto sentido. En cambio en El hambre todo eso desaparece y lo que queda es un mundo donde hay mucha gente que no consigue lo que precisa. Es como una especie de desarrollo hacia ese despojamiento que termina siendo el hambre. Pero qué se yo… Es muy azaroso, no fue intencional.
Una paradoja que me llamó la atención fue aquella que enfrenta la obesidad con el hambre: tanto los obesos de los países desarrollados (que resultan siendo en su mayoría aquellos que están abajo en la escala social) como los que mueren de hambre en los países más pobres están mal nutridos. ¿Podría ahondar brevemente para los lectores en ese planteamiento?
Hay como una paradoja a primera vista, que algunos reproducen. La cantidad de obesos en el mundo es bastante parecida a la de desnutridos, más o menos mil millones de personas. En primera instancia se podría creer que los desnutridos son desnutridos porque los obesos se comen su comida. Es falso, por lo que hablábamos. En definitiva ambos son lo más desfavorecidos de sociedades muy distintas: los hambrientos son los malnutridos de las sociedades pobres, tan pobres que los últimos de la escala no consiguen absolutamente nada para comer. Los obesos son los malnutridos de las sociedades ricas, que al ser suficientemente ricas hacen que los últimos de la escala coman, pero coman comida tan basura que produce esos cuerpos imposibles. Esa es la resolución de la paradoja. Son lo mismo, gran parte de ellos son los dejados de lado, los marginalizados de distintos tipos de sociedades.
Hay una pregunta que le hace a varios de sus entrevistados, que además lleva a respuestas asombrosas y tristes: “Si pudiera pedir cualquier cosa ahora mismo, ¿qué sería?”. Como usted lo dice en el libro, el hambre limita la posibilidad de quienes la padecen de desear algo más, de pensar más allá. Como usted no tiene ese impedimento, ¿qué respondería? Si pudiera pedir cualquier cosa ahora mismo, ¿qué pediría?
(Silencio). Me cuesta responder a esa pregunta. (Más silencio). Te diría que… Pues sí, ya que tengo más o menos lo que quiero… En lo personal, pediría lo que me falta, escribir por fin un buen libro. Y en lo general, algo que es también muy personal: que nos convenzamos otra vez de que vale la pena desear futuros, y pensar futuros que merezcan ser deseados, cosa que hemos dejado de hacer en las últimas décadas.
Ahora hablemos un poco sobre periodismo y literatura. ¿Le gusta o no trabajar en un periódico?
Hace mucho no trabajo en una redacción, básicamente porque soy muy impaciente y en una sala de redacción pierdo mucho tiempo. Trabajar allí es muy agradable. Uno se encuentra con gente, charla, te cuentan chiste, te diviertes, y cuando te acordás se te pasó el día. Cuarenta líneas de las apuradas y ya está. Si yo me quedo en casa escribo otra cosa, escribo cien y bonitas. Pese a que me tientan siempre las redacciones, en general las evito. Me pasa que me paso un tiempo fuera, trabajando, viajando y me da nostalgia la redacción, porque es un lugar muy atractivo. Entonces me las arreglo para entrar a alguna y a los tres meses no soporto más, pierdo los días y eso me pone muy nervioso. Por otro lado, y ya poniéndome menos amable, también es cierto que las redacciones, como todas las organizaciones humanas, son espacios donde se cruzan luchas de poder tremendas, y la verdad es que da pereza.
Tengo entendido que estudió Historia en París. ¿Cómo decidió convertirse en periodista?
Soy periodista por accidente. Como todas las cosas buenas de la vida, me sucedió también por accidente. De hecho empecé a hacer periodismo antes de estudiar historia. Empecé muy chiquito, a los 16 años. Yo quería trabajar, me contrataron en un periódico que dirigía un conocido, pero me contrató para ser fotógrafo, me iban a formar como tal. Sin embargo, para ser aprendiz de fotógrafo, tenía que empezar a trabajar unos meses después, por cuestiones organizacionales del periódico. Mientras tanto trabajé como todero (lo que llamamos cadete, en Argentina). Como quería empezar, dije que yo quería hacer eso. Era un desastre, porque siempre fui muy torpe. Y no sé si por eso, o porque realmente no tenía a nadie, una tarde de un sábado de verano un periodista me pidió que lo ayudara con unas páginas que tenía que cerrar y estaba retrasado. Me pidió que escribiera una notita, al día siguiente pasó lo mismo y así fui quedando. Después sí me tuve que ir de Argentina en el 76, porque fue el Golpe de Estado, caí en París y estudié Historia, porque era lo que siempre me había interesado. Pero cuando volví a la Argentina volví a hacer periodismo, y desde entonces lo hago. Pero bueno, nunca lo hubiera estudiado. Yo soy todavía de una generación que no estudió periodismo. Aprendí periodismo en ese proceso, siendo aprendiz.
¿Qué opina de un medio donde los periodistas no firman sus artículos?
Cuando yo empecé a trabajar una vez más, en los diarios casi no se firmaban las notas. No sé cómo está acá la situación: en Argentina firman todo, casi. Parece una cuestión de orgullo personal por la tontería. Tampoco me parece que valga la pena firmar siempre, tiene que haber un equilibrio, un artículo que lo amerite. La verdad, no es un tema que me importe tanto. Si querés lo podemos coger por otro lado, porque el tema de la firma nos lleva al de la primera persona y la subjetividad. Yo siempre digo que la primera persona está de cualquier modo, porque siempre que se escribe algo hay una persona que decide qué vale la pena que salga o no, sin mala intención, sin ninguna voluntad de engaño, simplemente porque no hay otra forma. Tú ahora estás grabando esto, y aunque sólo quieras reproducir mis palabras, tendrás que elegir. Por lo tanto ejercerás tu subjetividad para decidir qué va a salir publicado. Tu subjetividad siempre está en juego, pero la “máquina periódico” pretende establecer que no hay subjetividad, que hay momentos en que se escribe objetivamente: lo que hay es “la verdad”, la realidad, etc. En ese sentido me parece decente la primera persona, porque pone en evidencia esa posible falsificación del discurso. Que se firme o no es un subconjunto de este problema.
Muchas cosas que se han tumbado en otros campos, como en el terreno de la teoría literaria, siguen siendo importantes para el periodista. En una carrera de literatura actual importa mucho menos la biografía del autor que su obra, que el texto. A ese tipo de lector le importa más leer El hambre que leer lo que Caparrós dijo en una entrevista a propósito de la publicación de El hambre. ¿Qué opina de eso, de que sigamos haciendo perfiles y entrevistas que exaltan la figura del autor?
Es cansador. Me encantaría que el hecho de que salga un libro mío signifique que alguien trabaja sobre el libro, escriba cómo le pareció, discuta con él, lo ponga en diálogo con otros textos, lo entienda, lo condene. En cambio, en general, yo tengo que ir, hablar más o menos de las mismas cosas una cantidad de veces, etc. Y no me parece lo más interesante, sobre todo para ti, para quien ocupa tu lugar. Yo lo hago, me resigno, pero para los dos sería mucho mejor que los periodistas se ocupasen del libro. Lo que pasa es que eso implica más tiempo, es un trabajo más largo.
¿Pero no cree que los periodistas creen que una entrevista con usted es más “vendedora” que una reseña de su libro?
En el momento en que empezamos a preocuparnos porque una cosa venda estamos jodidos. Si salieran muchos artículos buenos que discuten el libro y los temas del libro, empezaríamos a acostumbrarnos a recibir ese tipo de contenido, sería mucho más interesante y tal vez vendería mucho más (entre muchas comillas) que lo otro. Da mucho gusto leer un artículo así, mucho más que a un boludo respondiendo preguntas.
¿Qué le sirve de la literatura al periodismo sin que este deje de ser periodismo?
La única diferencia que veo entre cierta forma de periodismo –el narrativo, de largo aliento, el que me gusta hacer– y la ficción es el pacto con el lector. Ambos son formas literarias, si pensamos que la literatura es el esfuerzo de encontrar maneras de contar el mundo. La única diferencia entre ambas maneras es ese pacto de lectura con el lector. En el uno la relación es “te cuento esto, pero no lo creas”, y en el otro, “esto es lo que averigüé y te lo te cuento”. Esa es toda la diferencia, aunque muchas veces ese pacto ni siquiera se cumple, y no por razones perversas, sino porque en una obra de ficción mil veces se han deslizado historias totalmente reales. Las diferencias están en la forma de leer. Yo trato de no hacer ninguna diferenciación en el tratamiento textual, trato de escribir con herramientas muy semejantes. Donde sí hay una diferencia es en el procedimiento: el libro de no-ficción requiere un trabajo previo tal vez mucho mayor que una novela, en mi caso. Para escribir este libro viajé a Níger, La India, Bangladesh, y otros lugares. Luego me senté y armé el libro. Cuando escribo ficción simplemente me dedico a la escritura. Pero insisto en que las herramientas son semejantes y espero que el resultado textual siempre sea más o menos el mismo. La prosa no tiene por qué ser distinta, el hecho de que sea o no ficción no debería determinar un cambio en la forma, en las herramientas.
¿De la influencia de la literatura en el periodismo deriva eso que llaman “periodismo narrativo”?
No diría que es una influencia, pero sí que la literatura funciona como un terreno de prueba, va buscando y encontrando formas nuevas. De tanto en tanto, escritores de ficción se apropian de esas formas, esas que creó sobre todo la novela, para contar sus historias verdaderas. Pero ahí también tengo un problema, y es que suelo decir que la idea de encontrar en la ficción formas narrativas que sirvan para contar la no-ficción (que surge del nuevo periodismo y lo hacen sobre todo en los 50’s y 60’s, valiéndose de cierta novela social americana, la novela negra y demás), esa idea puesta en práctica, el procedimiento, se cristalizó en una especie de prosa crónica que ya después no valió demasiado. Me parece que lo interesante es volver no al resultado de ese procedimiento, que sería esa prosa, sino volver a utilizar el procedimiento mismo para seguir buscando, entre las formas literarias, qué se puede usar para escribir no-ficción. Lo intento hacer en algunos libros. En El interior, por ejemplo, hay parte en verso, hay haikus… Formas de hacer esto o aquello. Pero en general se sigue usando el resultado de un procedimiento sin volver a ponerlo en marcha. Sería interesante probar otras cosas.
¿Hoy en día la labor de un periodista es informar?
Ese es como el grado cero del trabajo de un periodista, pero puede hacer más cosas. Puede, sobre todo, tratar de pensar aquello sobre lo que informa, y por lo tanto encontrar conexiones inesperadas que permitan ver con más amplitud aquello que se está contando. Muchas veces los periodistas se desesperan por encontrar lo oculto, y es interesante cuando lo logran, pero creo que deberían interesarse más por trabajar sobre lo visible, encontrar en ello conexiones que le den sentido a eso que vemos sin terminar de entender. Por otro lado, por supuesto también está la posibilidad de emocionar de diversas formas, por lo que uno cuenta o por cómo uno lo cuenta. Emocionar es un verbo que incluye muchos otros, desde entristecer hasta indignar, hay todo un abanico de emociones, y de ahí también surgen preguntas y posibilidades.
En octubre estará dictando un taller de libros periodísticos en Oaxaca, de la mano de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. ¿Cómo va a ser ese taller? ¿Se puede acaso enseñar a escribir?
No se puede. Me interesa justamente porque se trata de un taller. Será un espacio donde nueve personas –ocho talleristas y yo, que seré uno más– vamos a discutir sobre nuestros proyectos de libros. A cada uno le dedicaremos media jornada y todos los participantes habrán tenido que leer los proyectos de los demás. El fin es que la actividad tan solitaria que es escribir un libro pueda por un rato transformarse en una discusión, y que a todos se nos facilite encontrar soluciones que quizá no vemos con respecto a nuestros temas. Seguramente de ahí saldrán algunas conclusiones generales, pero lo que más importa es la reunión de pares que quieren discutir sobre su trabajo porque, en general, no encuentran un espacio dónde hacerlo. Cada vez hay más distancia entre los talleristas y los maestros, y más clases magistrales, así que me gusta mucho esta idea. Estoy emocionado.