El amor, como una ruleta, se sostiene en el azar y, en ocasiones, elegimos la culpa antes que la incómoda especulación de los “hubiera”. Pero cuando todo se rompe y toca juntar los pedazos, resulta inevitable pensar que esas dudas habrían pesado menos que los restos que ahora no encuentran un orden.
Cartas a Érika, de Cyntia Rangel, adopta la forma de una novela epistolar para contar la historia de Valentina. Luego de atravesar los 40, la protagonista cree haber llegado a un punto más que estable: trabaja en un lugar que ella misma define y defiende por su distancia frente a la corrupción, lleva casi dos décadas de matrimonio, tiene dos hijos adolescentes y no siente la necesidad de alterar una vida que, hasta ese momento, ha sabido mantener en equilibrio.
A Daniel, su esposo, lo conoció de la única manera en que habría podido rendirse ante un hombre: con un libro cubriéndole el rostro. Bastaron sus ojos atentos a la lectura y esos comentarios coquetos, cuidadosamente disfrazados entre la inteligencia y la amabilidad. Valentina, que siempre se había tomado la vida demasiado en serio, había postergado durante años la posibilidad de que alguien le robara algo más que la atención. Sin insistir en lo idílico, su vínculo se acercaba más a lo que ella describe como una amistad entre dos personas con tal grado de confianza, que el amor aparecía como un efecto colateral de la convivencia. Una confianza que no resistió ante la falta de honestidad luego de media vida juntos: “Lo que me destrozaba no era la idea de él teniendo relaciones sexuales con esa mujer, sino algo más profundo: el hecho de que nunca tuvo la valentía de decírmelo, a pesar de que siempre nos prometimos ser honestos el uno con el otro a pesar de las circunstancias”.
Su esposo ya no podía prometerle nada: “en su casa siempre fueron unos mojigatos conservadores, que no eran capaces de sacar a la luz las cosas por guardar las apariencias”. Entonces decidieron —por decirlo de algún modo— abrir su relación. Era su intento de enderezar el timón, de que sus hijos “siguieran teniendo un padre”, de que él mantuviera su lealtad aunque eso implicaría perder su fidelidad. Tal vez por costumbre, o porque nunca estamos realmente listos para aceptar las pérdidas. Lo cierto es que no hubo mucho drama, parecía que, finalmente, habían adoptado un idealismo que permitía dar lugar a lo que antes parecía inconcebible. No porque estos acuerdos sean en sí problemáticos, sino porque sostenerlos a menudo exige ceder incluso ante lo que resulta incómodo. ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por miedo?
La llegada de Érika
Después de la pandemia, Valentina y su familia sentían la necesidad de reparar de algún modo las marcas que el encierro les dejó en el cuerpo y en la cabeza. Emporio, uno de los clubes más antiguos que conocen les ofrece un lugar para ocupar los días. Leer, caminar y nadar –una actividad que todos dominan, menos ella–.
Con el tiempo, suponen que lo mejor es que Valentina tome clases y, de los tres instructores disponibles, elige a Érika: una mujer de cabello rizado que también es mamá (y viuda reciente), cercana a su edad y considerada atractiva por muchas personas en el club, incluido Daniel. Entre las clases, la confianza, el tiempo que pasan juntas y las barreras que Érika se empeña en mantener, Valentina empieza a experimentar, de alguna manera, los desórdenes del amor. Nunca se había sentido atraída por una mujer, y mucho menos había tenido que hacerse la pregunta al respecto. De hecho, ella misma menciona que le gustan tanto los hombres que “si hubiera nacido como hombre, habría sido gay”.
Es tal vez esa insistencia de su esposo, que fantasea constantemente —y que incluso la animó a experimentar—, su propio choque con lo que creía ya aprendido y la voluntad que no lograba apaciguar del todo sus deseos, lo que la llevó a aceptar finalmente que lo que sentía no era una cercanía amable ni falta de compañía, sino un deseo que la atravesaba por completo.
Sin muchos reparos hubo sexo desenfrenado, ataques de amor genuinos y una relación que, más allá del género de quienes la componían, comenzó a tornarse desgastante. Valentina sufría por las heridas de quien ahora también era su pareja.
Las múltiples infidelidades y la forma en que las discusiones siempre terminaban con ella ofreciendo disculpas reflejaban la dinámica que había aceptado. Se arriesgó, no como una hazaña, sino para explorar algo que Érika le hizo creer que existía. Pero Érika era intermitente, violenta, un “monstruo” –como la entrenadora se llamaba a sí misma– que a cambio del recuento de los daños y algunas noches, le ofrecía su amistad; la palabra “amor” no le hacía justicia.
Para la protagonista, que había dudado tanto sobre el vínculo y había intentado no tirar todo por la borda, no era sencillo justificarlo. Se convirtió en algo de lo que no podía escapar, un síndrome de abstinencia que se desarrolla en relaciones abusivas.
La inevitable crudeza de lo humano
En las cartas caben el llanto, la esperanza y el dolor, y queda registro —incluso en un correo electrónico— del amor que Valentina le escribió a Érika, uno que muchas veces la atravesó con una ferocidad difícil de explicar. Parece que todavía vivimos en una caja estrecha. En palabras de la autora, no culparía a Érika por no aceptar lo que es, sino por su indecisión, sus justificaciones al daño y su intención de no cambiar, mientras hace creer, aunque sea por momentos, que el amor es casi una adicción incurable.
Resulta difícil desligarse de un contexto latino en el que las relaciones abiertas, los vínculos entre personas del mismo sexo e incluso la soltería siguen siendo cuestionados. Creo firmemente que el amor, venga de donde venga, si está cargado de sumisión e indecisión, termina solo por causar estragos que muchos tienden a romantizar. Al menos en su caso, el encuentro con Érika hizo que su papel de novia, amiga y esposa se viera completamente entrelazado y a la vez confuso. Lo que realmente movía la relación entre ambas era la adrenalina de lo prohibido, el deseo de poseer algo que nunca nos va a ser concedido.
Lo verídico de esta ficción es el ejercicio poco pretencioso para hablar sobre las relaciones humanas con sus errores, sus aceptaciones y, por supuesto, sus contradicciones.
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