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Cuando Mario Vargas Llosa empezó a cambiar su opinión sobre la realidad de Cuba

Hoy se cumple un año de la muerte del Premio Nobel de Literatura peruano. Publicamos uno de los ensayos del más reciente libro editado en Colombia sobre su obra: “El reverso de la utopía: América Latina y Oriente Medio (Obra periodística Vargas Llosa III)”, sello editorial Alfaguara 2025.

Mario Vargas Llosa * / Especial para El Espectador

13 de abril de 2026 - 10:00 a. m.
Foto: Viviana Velásquez
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Sueño y realidad de América Latina

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1. Cuba: de la ilusión a la dictadura

Crónica de la Revolución

Acabo de pasar dos semanas en Cuba, en momentos que parecían críticos para la isla, y vuelvo convencido de dos hechos que me parecen fundamentales: la revolución está sólidamente establecida y su liquidación sólo podría llevarse a cabo mediante una invasión directa y masiva de Estados Unidos, operación que tendría consecuencias incalculables; y, en segundo lugar, el socialismo cubano es singular, muestra diferencias flagrantes con el resto de los países del bloque soviético y este fenómeno puede tener repercusiones de primer orden en el porvenir del socialismo mundial.

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A los pocos días de llegar a La Habana fui testigo de un espectáculo poco común: una función de cine debió interrumpirse para calmar al público que aplaudía y vitoreaba a Fidel Castro, cuyo rostro había asomado en la pantalla. «No confundas esto con el culto a la personalidad —me decía un amigo cubano, a quien contaba yo esta escena—; ese culto viene de arriba como una imposición; el cariño a Fidel nace de abajo y se manifiesta de manera espectacular cada vez que la revolución está en peligro.

La noche en que Kennedy anunció el bloqueo, toda la gente salió a la calle gritando “Fidel, Fidel”; es su manera de demostrar su adhesión a la revolución». Pocos días después, asistí a una actuación en el teatro García Lorca. Los oradores, cada vez que querían enardecer al auditorio, nombraban a Castro; en el acto, brotaban aplausos atronadores. Otro día, en una «granja del pueblo» situada a diez kilómetros de La Habana, pregunté al administrador —un barbudo de la Sierra Maestra, con un escapulario en el cuello—: «¿Y si Fidel muriera, quién podría reemplazarlo a la cabeza de la revolución?». «Nadie —me contestó de inmediato, pero se apresuró a añadir—: Es decir, la revolución continuaría, pero no sería lo mismo, le faltaría un no sé qué».

Ese «no sé qué» tiene, por lo menos en estos momentos, una importancia capital. Todas las diferencias de opinión que pueden existir dentro de la revolución desaparecen cuando se trata de Fidel Castro; es el más sólido aglutinante con que cuenta el pueblo cubano, el factor que mantiene la cohesión y el entusiasmo popular, los dos pilares de la revolución.

Este sentimiento «fidelista» no se debe sólo a la leyenda. Por cierto que influye mucho en la imaginación popular la odisea del joven abogado que asaltó el cuartel Moncada, desembarcó con un puñado de hombres del Granma y libró una batalla desigual contra un ejército regular desde la Sierra Maestra. Pero lo que ha cimentado esa adhesión es sin duda la relación establecida por Fidel entre él y el pueblo desde que es gobernante.

Esta relación se aparta de toda fórmula, de toda etiqueta, tiene un carácter personal, amistoso. Se vio en los momentos críticos del bloqueo. Súbitamente, el primer ministro apareció en la avenida 23, una de las calles céntricas de La Habana, a la hora de mayor afluencia. Congregó a los transeúntes en torno suyo y comenzó a interrogarlos. «A ver, tú —decía a uno—, ¿qué opinas del bloqueo?; según tú ¿los cohetes rusos deben salir o deben quedarse en Cuba?». Y al día siguiente, se presentó de la misma manera sorpresiva en los patios de la universidad, para dialogar con los universitarios sobre los problemas del momento. De este modo, el hombre de la calle se siente directamente vinculado a las responsabilidades del Estado, consultado de manera personal por Fidel en cada paso importante de la revolución. Un periodista que asistió a la conversación de Fidel con los transeúntes me contaba que muchos de éstos opinaban que los cohetes no debían salir de Cuba, censuraron abiertamente la oferta de Nikita Jruschov de retirarlos y cantaban ante Fidel: «Nikita, Nikita, lo que se da no se quita».

No pretendo negar con todo esto el carácter marxista-leninista de la revolución. Por el contrario, es evidente en la prensa, la radio, los cursos de capacitación y las publicaciones, que existe actualmente en Cuba un empeño oficial para adoctrinar a las masas; las Ediciones Sociales en español de Moscú y de las democracias populares circulan profusamente; en los discursos, todos los dirigentes se proclaman marxistas ortodoxos. Pero esta campaña no ha originado, como en las democracias populares, un «dirigismo ideológico» excluyente. He visto en las librerías de La Habana publicaciones trotskistas y anarquistas expuestas en las vitrinas. Y no existe una censura destinada a preservar la pureza ideológica de las publicaciones. Así, hace poco apareció en Cuba un ensayo pintoresco e inverosímil titulado: El espiritismo y la santería a la luz del marxismo. Una vendedora de tienda me recomendó el libro con las siguientes palabras: «Es un ensayo muy interesante, compañero, de materialismo esotérico».

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Quiero decir que el reconocimiento del marxismo como filosofía oficial de la revolución no impide, al menos por ahora, la existencia de otras corrientes ideológicas y que éstas puedan expresarse libremente. La afirmación de Castro ante el Congreso de Escritores Cubanos: «Dentro de la revolución todo; contra la revolución nada», se cumple rigurosamente. En el arte y la literatura esto salta a la vista; no hay una estética oficial.

Mientras estuve en La Habana, el Consejo Nacional de Cultura (donde se halla uno de los mejores escritores contemporáneos de lengua española, Alejo Carpentier) auspiciaba una retrospectiva del surrealista Wifredo Lam y una exposición colectiva de pintores jóvenes, que eran todos abstractos. En las publicaciones literarias, se rendía homenaje a William Faulkner, se elogiaba a Saint-John Perse (de quien acaba de traducirse en La Habana Lluvias) y se discutía con pasión a los novelistas objetivos. En tres de los mejores escritores jóvenes de Cuba, Ambrosio Fornet, Edmundo Desnoes y Jaime Sarusky, es innegable la influencia de Sartre.

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La prudencia con que ha actuado la revolución en lo relativo a la libertad editorial es evidente sobre todo en un hecho. Tuve una gran sorpresa, al llegar a Cuba, al ver en las calles puestos de vendedores ambulantes donde se ofrecían toda clase de libros pornográficos. Era cuando menos insólito ver expuestos, en media calle, libros que en cualquier ciudad del mundo se venden en la semiclandestinidad: el Kama-Sutra, el Ananga Ranga, el Gamiani de Musset, los Diálogos de Aretino, etcétera. Estaba con un técnico búlgaro, quien se mostraba tan sorprendido como yo, y además colérico. «Esto es un escándalo —me decía—; deberían prohibir este tráfico; socialismo y erotismo son incompatibles». Ocurre que, antes de la revolución, Cuba no sólo era una factoría de los norteamericanos; también, el paraíso de la pornografía; muchas editoriales se dedicaban a exportar al mundo de habla hispana literatura de este género.

Dichas empresas ya no existen; pero los libros que han quedado en la isla siguen circulando sin cortapisas de ningún género. «Este comercio desaparecerá solo, con el tiempo —me decía un dirigente—; las raíces del mal ya han sido cortadas; las ramas y las hojas se secarán solas. Vea usted lo ocurrido con la prostitución y la mendicidad. La Habana era la ciudad que, proporcionalmente, tenía más prostitutas y mendigos en el mundo.

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Ambos problemas se están resolviendo sin ninguna medida coercitiva, sin violencia. En vez de prohibir la prostitución el Gobierno hizo una oferta a las mujeres que se dedicaban a esta actividad: les propuso enseñarles un oficio; mientras siguieran los cursos, la revolución se encargaba de dar alimentación y vivienda a sus familias, es decir, padres ancianos, hijos menores. Al principio, sólo un número reducido de prostitutas aceptó; pero luego fue una verdadera avalancha y hubo que crear nuevos centros de instrucción para ellas. Están allí varios meses y salen con un empleo fijo. Hoy en día, prácticamente, la prostitución ha desaparecido en Cuba».

Cuba no sólo es la única revolución socialista en que la creación del partido de la revolución es posterior a la revolución misma. El 26 de Julio no fue en realidad un partido, sino un movimiento de una ideología liberal y humanista bastante vaga. La revolución ha ido precisando su doctrina política y económica en la práctica, en el ejercicio mismo del poder. Esto explica que, en un principio, la revolución contara con el apoyo de una serie de agrupaciones y movimientos de ideología conservadora. A medida que, ante las agresiones abiertas o encubiertas de Estados Unidos, los jóvenes barbudos se radicalizaban y, decididos a salvar la revolución de cualquier modo, para librar a Cuba de la asfixia económica en que pretendía sumirla Washington, se veían más subordinados a la ayuda de la URSS, todos aquellos sectores fueron distanciándose de la revolución.

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Finalmente ésta quedó defendida sólo por tres movimientos: el 26 de Julio, el Directorio Revolucionario y el Partido Socialista Popular (comunista). Se ha dicho que la constitución de las Organizaciones Revolucionarias Integradas consumaba el control directo de la revolución por el PSP. Es evidente que hubo un intento en ese sentido, por lo menos de un sector del PSP, para poner en manos de un grupo los cargos claves del Estado.

Lo reconoció el propio Fidel Castro, en su discurso del 26 de marzo de 1962 contra Aníbal Escalante. Creo que la lucha contra el sectarismo ha sido efectiva. La constitución del partido único de la revolución se lleva a cabo, al menos, de una manera excepcional. Se trata, al parecer, de crear un partido de «hombres ejemplares». Los núcleos de los candidatos al partido se seleccionan por centros de trabajo, en asambleas públicas, en las que participan la totalidad de empleados y obreros de la empresa. Los «obreros ejemplares» —es decir, aquellos que se han distinguido en la producción, y que han sido designados como tales por sus propios compañeros— son candidatos de hecho a miembros del partido, salvo decisión suya en contrario. Pero —y esto es lo excepcional—, en dichas asambleas, los trabajadores pueden hacer críticas e incluso votar la nominación de determinados candidatos. En cierta forma, todo miembro del partido único debe ser oleado y sacramentado por la masa.

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En su discurso, Fidel Castro había insistido en que el partido de la revolución debía ser «la vanguardia de los trabajadores». La selección se lleva a cabo de manera rigurosa. En la provincia de Camagüey, con 525 centros de trabajo —y un total de 76.439 trabajadores—, se han seleccionado 4.605 candidatos al partido único. De éstos, sólo un veinticinco por cierto eran militantes hasta esa fecha. En cuatro fábricas de La Habana que visité, los núcleos de candidatos al partido único habían sido designados recientemente en asambleas públicas.

Es interesante señalar la composición de estos núcleos. En una de ellas, de un total de trescientos cuarenta y cinco obreros, se seleccionaron veintisiete; de ellos, cinco habían sido miembros del PSP, tres del 26 de Julio y los diecinueve restantes no habían militado nunca en política; en otra, de ciento cincuenta obreros, el núcleo era de dieciséis: dos ex PSP, cuatro 26 de Julio y los restantes sin militancia alguna; en otra fábrica, de doscientos diecisiete obreros, el núcleo era de veinticinco: nueve PSP, ningún 26 de Julio y dieciséis sin militancia; finalmente, en la última fábrica, de ciento cuarenta y tres obreros, el núcleo comprendía catorce: ningún PSP, tres 26 de Julio y once sin militancia.

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La lentitud con que se llevan a cabo las tareas de selección de candidatos al partido único es otra muestra de la decisión —expresada por Fidel Castro en su discurso del 26 de marzo— de hacer de aquél un organismo profundamente arraigado en las masas, en el que éstas «reconozcan lo mejor de ellas mismas», un partido constituido «sin exclusivismos ni miras sectarias».

París, noviembre de 1962

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Mario Vargas Llosa: aunque había estrenado un drama en Piura y publicado un libro de relatos, Los jefes, Premio Leopoldo Alas, su carrera literaria cobró notoriedad con La ciudad y los perros, Premio Biblioteca Breve (1962) y Premio de la Crítica (1963). En 1965 apareció su segunda novela, La casa verde, Premio de la Crítica y Premio Rómulo Gallegos. Ha publicado piezas teatrales -La señorita de Tacna, Kathie y el hipopótamo, La Chunga, El loco de los balcones, Ojos bonitos, cuadros feos, Las mil noches y una noche y Los cuentos de la peste-, estudios y ensayos -García Márquez: Historia de un deicidio, Carta de batalla por Tirant lo Blanc, La orgía perpetua, La utopía arcaica, La verdad de las mentiras, La tentación de lo imposible, El viaje a la ficción, La civilización del espectáculo, La llamada de la tribu y La mirada quieta (de Pérez Galdós)-, memorias -El pez en el agua-, relatos -Los cachorros-, Conversación en Princeton, con Rubén Gallo, Medio siglo con Borges, Dos soledades, Obra periodística I. El fuego de la imaginación, y, sobre todo, novelas: Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero?, El hablador, Elogio de la madrastra, Lituma en los Andes, Los cuadernos de don Rigoberto, La Fiesta del Chivo, El Paraíso en la otra esquina, Travesuras de la niña mala, El sueño del celta, El héroe discreto, Cinco Esquinas y Tiempos recios. Ha obtenido los más importantes galardones literarios, desde los ya mencionados hasta el Premio Cervantes, el Príncipe de Asturias, el PEN/Nabokov y el Grinzane Cavour.

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Por Mario Vargas Llosa * / Especial para El Espectador

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