Esa vez fueron apenas unas cuantas cuadras, cuando a mi tío Aníbal las lágrimas y el dolor le acabaron bloqueando la respiración, y sus fuerzas se las llevó la brisa polvorienta y calurosa de todos los meses de Julio. Al verlo blanco, como un papel, y boqueando como los pescados grisosos y larguiruchos que a veces sacábamos del río, lo hice a un lado de un empujón y agarré la manija cromada del cajoncito en el que reposaba el cuerpo de mi hermana. Lo primero que me sorprendió fue el peso. ¿Sería acaso la madera del féretro? Imposible, los magros ingresos de mis papás habían alcanzado solo para el más barato, que ni siquiera era de madera, sino de esa mezcla de materiales que termina como un aserrín grueso y compacto, que no resiste el menor golpe y que deja filtrar la humedad.
Dada mi corta edad y también mi propia congoja, no fui capaz de caminar más de dos o tres cuadras llevando a mi hermana. Otro de mis tíos me remplazó rápidamente porque yo también comencé a ponerme lívido y a jalar aire con dificultad.
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Años después, el turno fue para Mamá Paulina. Muerte natural. En este caso era el cúmulo de años de mi abuela materna: 93. Lo natural era que se muriera, y hace rato. La vieja pesaba mucho, a pesar de su figura menuda y correosa. Eso no me lo esperaba y, justamente como dicen las abuelas, parecía que el peso aumentaba con cada paso que nos acercábamos al cementerio, ubicado en una triste colina pelada.
¿Podría ser cierto, entonces, aquello de que los cadáveres se hacen más pesados cuando se acercan a su última morada? ¿O es que seguirán todavía en el más acá y se hacen los más pesados por pura tozudez existencialista?
Sin embargo, el día en el cual tuve que enterrar a mi primo Aurelio fue todo lo contrario. Siempre había sido un comelón incontrolable y un bebedor de cerveza compulsivo. La noche en la que lo llevaron para el monte pesaba unos 90 kilos, y mantenía su volumen todavía cuando lo encontraron boja abajo, con las manos atadas a la espalda y un tiro en la nuca, en una zanja de la carretera que lleva al pueblo.
Una vez terminada la velación y llegó la hora de llevarlo a la iglesia, nos miramos con sorpresa entre los designados para cargarlo, porque estábamos seguros de que El Mantecas, como a veces lo llamábamos, nos iba a dejar también un recuerdo de sudor y esfuerzo físico; pero, cosa curiosa, Aurelio y su cajón resultaron increíblemente livianos. Su ligereza se reveló inversamente proporcional a las creencias de los viejos del pueblo, como si lo que transportábamos hubiera sido el espíritu del primo Aurelio y no su fofa humanidad. Era eso o que, en definitiva, mi primo estaba feliz de largarse al otro mundo. No lo culpo, para nuestra generación era casi imposible llegar a la edad de Mamá Paulina. Si acaso y con suerte, a los 60.
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En cambio, a Joselo no me atreví a cargarlo. Me atacó una mezcla de tristeza e indignación. Me sentí traicionado, la verdad. Su suicidio me causó el efecto de un garrotazo en el estómago, porque Joselo era casi mi hermano. Nos habíamos hecho amigos desde el primer grado de primaria y, desde entonces, habíamos sido inseparables.
Al verlo, colgando de la rama de uno de los árboles, vetustos y resecos, que rodean el pueblo, sentí solo rabia y desolación. La tristeza tardaría un poco en llegar. Me tomaría algunos días digerir el hecho de que estaba, ahora sí, completamente solo en el mundo, aunque siguieran vivos mis padres y hermanos.
Preferí irme a jugar basquetbol que sumarme a su cotejo fúnebre, el cual, no obstante, presencié con ojos encharcados desde la misma cancha en la que tantas veces nos habíamos divertido. Maldito, estúpido Joselo. Nunca supe por qué lo hizo si era un tipo común y corriente, como yo. Alegre, como yo; torpe, como yo; inteligente como yo; vivaracho, como yo. Una negrura muy íntima e insondable la suya.
Pero en mi profesión no todo es drama y amargura. Por ejemplo, el entierro del viejo Aníbal. Estábamos a unos 200 metros de las puertas descascaradas y oxidadas del cementerio, y acompañados por un séquito de al menos 200 personas, más la banda de guerra del Colegio de Nuestra Señora de la Presentación y, de repente, uno de sus hijos tropezó y cayó al suelo, desequilibrándonos a los demás, que rodamos también por el piso. El féretro azotó la tierra con un golpe seco y se abrió, de par en par, lanzando al muerto muy lejos, que cayó boca abajo, como si se tratara de un borracho cualquiera y no del eminente alcalde del pueblo.
Razones, numerosas, indescriptibles, eran entonces las mías para hacerme cargador de muertos profesional, y no agricultor o ganadero o guerrillero, como era la norma que imponía mi tierra. Obedecí a mi instinto y tampoco emigré a la capital a la cacería de sueños o pesadillas. Preferí quedarme en mi pueblo que, a la postre, y como buena parte de mi país, terminaría convirtiéndose en el próspero territorio de las funerarias, los enterradores, los buitres y yo.
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Y aquí estoy, en rotación permanente de las funerarias, en donde olfateo y persigo féretros y deudos y lágrimas, para prestar mis servicios. No, no es descabellado, todos nos hemos sentido o nos sentiremos agobiados por el peso de algún ser querido o ser cercano que, afortunada o desafortunadamente ha dejado de existir.
Vivo de las propinas, claro, y a veces me cuelo en los velorios para comer y tomar café gratis y hasta me hago invitar a las borracheras en La Última Lágrima, la taberna que colinda con el panteón.
Soy un mercenario del dolor ajeno, si quieren. Pero, noble labor, al fin y al cabo, insisto, colaborar con las penas ajenas. Ligeras o aplastantes, siempre estaré allí, como un familiar compungido o un amigo más, como la misma Parca o un gallinazo cualquiera.
Tras décadas de experiencia, solo flota en mi cabeza una pregunta, como fatigoso globo: ¿quién me cargará a mí?
No teman, prometo ser de los livianos.