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Cuatro bibliotecas en la pandemia

La probable apertura de bibliotecas en el país crea un escenario tan complejo como lo fue su cierre. A las dificultades económicas, las reinvenciones en servicios y a la protección de usuarios y funcionarios, se suman otras preocupaciones desde cuatro bibliotecas tan diversas como su país.

Isaías Romero Pacheco

12 de junio de 2020 - 07:19 p. m.
Bibliotecas públicas a nivel nacional manifiestan preocupaciones en torno a la apertura de las instituciones
Foto: Ruben Valero
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El Decreto 749 del 28 de mayo de 2020, emitido dentro de las acciones de la Presidencia de la República para que Colombia vaya regresando a lo que se ha denominado una nueva normalidad, luego del embate del coronavirus en el mundo, abre la posibilidad de que las bibliotecas del país, uno de los sectores más golpeados junto al gremio de artistas de todas las expresiones, puedan ofrecer nuevamente sus servicios. La realidad es que en medio del temor y de la propagación aun latente, sin unas claras directrices en varios sentidos, el anuncio genera incertidumbre. Una biblioteca pública, una privada, una escolar y una itinerante, en diversas regiones del país cuentan cómo ha sido este proceso hasta hoy y la mirada sobre volver a abrir estos recintos que son de los más emblemáticos para la lectura y la cultura en las regiones.

El peor escenario

Para Néstor José Rueda, director del Instituto Municipal de Cultura en Bucaramanga, y quien está al frente de la Biblioteca Pública Gabriel Turbay, el cierre de las bibliotecas fue un escenario terrible: “habíamos hecho un gran esfuerzo por tener la biblioteca en pleno funcionamiento con todas las condiciones técnicas, tecnológicas, de espacio, de confort que tiene la biblioteca hoy y por su puesto fue muy duro para nosotros tener semejante recinto de la cultura cerrado durante todo este tiempo”. La Biblioteca Turbay, con 47 años de existencia, estaba lista para poner fin a más de 30 años de abandono y no alcanzó a ser formalmente presentada en toda su remodelación, que superó una inversión de los 7.000 millones de pesos. Confiesa el director que la adaptación de la biblioteca ha sido un verdadero desafío ya que en sus palabras no todo el mundo cuenta con la conectividad como se espera y esto a futuro propone el reto de “un trabajo muy intenso de volver la biblioteca física en libros virtuales para que la gente pueda acceder desde cualquier lugar de forma remota a la consulta”. Con un profundo optimismo manifiesta el deseo de volver a abrir la biblioteca con todas las normas de bioseguridad que se exijan.

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Para la Biblioteca Julio Pérez Ferrero en Cúcuta, frontera con Venezuela, que funciona como una entidad de origen privado, en cambio el peor escenario ha sido afrontar la crisis con cero ingresos. Para Julio García Herreros, director de la biblioteca que fue elegida en 2014 como la mejor del país, la situación ha obligado a una reducción de la contratación, a una reorganización de las obligaciones adquiridas antes de la pandemia y a una serie de estrategias que les permitan seguir siendo viables. A pesar de que sigue prestando exitosamente sus servicios en los canales virtuales, la priorización de los recursos públicos de la ciudad y el departamento fronterizo para atender la crisis migratoria y la del coronavirus, ciernen una nube de incertidumbre frente al futuro inmediato en esta región y a su vez plantea un reto de reinvención que ya están asumiendo.

En el Chocó en cambio, el escenario según cuenta Velia Vidal, directora de la Corporación Motete, siempre ha sido terrible y con esta pandemia aún más: “Ya sabemos que como producto de un racismo estructural de un país que desconoce los derechos de las comunidades étnicas, afrocolombianas e indígenas, este departamento en el cual el 98% de su población tiene estas características, no hay garantías de derechos en ninguno de los aspectos ni en salud, ni en educación, ni acceso a la cultura, que si no se tenían en las condiciones de base mucho menos ahora, con las bibliotecas cerradas, incluida la nuestra que es escolar - pública, el panorama es absolutamente desolador”. Allí no estamos hablando de bibliotecas con plataformas digitales o grandes equipos, en algunas ocasiones la conectividad no existe, por ello muchos de los bibliotecarios y bibliotecarias de esta región del Pacífico, han tenido que recurrir a estrategias convencionales, más allá de la presencialidad, que involucran parlantes en las casas, lecturas telefónicas o libros en rapimoto.

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Para Arco Daniel González y Laura Acero, conductores de la biblioteca itinerante el Bibliocarrito, aunque han sido canceladas todas las actividades que tenían en su agenda y que incluía visitas a ciudades y a las veredas donde normalmente conducen su Renault 4, ha tenido como particularidad este encierro forzoso la generación de reflexiones en su oficio y el impacto ha sido para ellos de menor protagonismo, no por lo grave de la situación, sino porque desde hace un buen tiempo conviven entre el campo y la ciudad, además como bibliotecas itinerantes han estado acostumbrados a no ser considerados dentro de las prioridades del Estado: “Hemos estado luchando por el acto público de leer. Por ese espacio, tenemos que pensar en cómo hacer que los usuarios puedan compartir y de qué manera. En nuestro caso no es fácil porque habitualmente en las comunidades rurales que visitamos ni siquiera hay internet, hay que llegar a ellas y si hay que evitar el contacto físico lo vamos a hacer, pero no podemos dejarla a la de Dios y confiar solamente en lo virtual, no estamos en el primer mundo y no se puede confiar netamente en eso, es injusto” y le apuestan a luchar en lo insólito que puede ser lo análogo y sin lugar a dudas en no perder el diálogo que existe entre comunidades, que es la mejor forma de adquirir el saber.

Reapertura y lecciones

La Biblioteca Julio Pérez Ferrero ha realizado un estudio particular y juicioso de cómo asumir la reapertura y la ve como una posibilidad gradual y responsable. “Nuestra tarea será garantizar que los usuarios vean a la biblioteca como un escenario seguro que les garantice que no se van a contaminar”. Para ello, están implementando desde ya un protocolo de desinfección tanto de equipos, de infraestructura y de materiales, esperando las directrices del Gobierno, y la aplicación de estrategias en las cuales cambie de una biblioteca abierta a una donde el usuario cuente con facilidades para lavarse las manos, el uso de tapabocas y esperar a que el referencista sea quien le acerque la solicitud. Igualmente reducirán sus aforos y les asignarán elementos de bioseguridad a todos los empleados. Ven como indispensables las inversiones económicas en estos fines y a pesar de la difícil situación esperan que los diálogos con la Gobernación de Norte de Santander y la Alcaldía de Cúcuta den frutos para desarrollar los convenios de trabajo con las redes de bibliotecas y que con total seguridad incluirán los aportes idóneos de esta entidad para el manejo de las rurales en los sectores más apartados de la frontera, como han venido haciendo.

La gran lección para Julio García Herreros es que la humanidad es frágil, que como nunca antes la humildad y benevolencia deben ser valores que sobrevivan y que sólo el trabajo conjunto puede hacer salir de una crisis como está a la cultura y al país. También cree que se reveló una gran debilidad de la conectividad en el país: la precariedad por donde circula en los anchos de banda.

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Por su lado, la Biblioteca Pública Gabriel Turbay en Bucaramanga, a pesar de tener unos ingresos asegurados desde la Administración Municipal, teme ante la evidente reducción de los mismos, bien sea por los que llegan del orden nacional, departamental o municipal que evidencian en todas las escalas una afectación económica por la pandemia. Al difícil recaudo de impuestos y por ello el traslado al sector cultural, en este caso el instituto y de allí a la biblioteca, las reducciones son inminentes y los costos de las medidas de bioseguridad son prioritarios y afectan a todos los estamentos por igual. Al reducirse la contratación baja la estampilla pro-cultura de la que dependen buena parte de los recursos de manejo de la biblioteca, y ni que decir de otros como rentas o industria y comercio de los que las administraciones municipales giran a sus entidades. A pesar de esto su director confía en que la complicada realidad no logrará “que nosotros dejemos de cumplir nuestro objeto misional como instituto y por su puesto como Biblioteca Gabriel Turbay”.

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La Biblioteca Escolar Pública del Colegio Mia Rogerio Velásquez en Quibdó, es coadministrada por la Corporación Motete y Velia juega un papel crucial, a pesar de estar cerrada. La biblioteca está en el colegio más grande del municipio, atiende a más de 2.000 estudiantes y en ella se ofrecen un acervo de más de 4.000 libros y actividades para el colegio y toda la capital del Chocó. Las dudas de Velia sobre la reapertura son profundas. Como en muchas otras ocasiones, duda que sean invitados a reflexionar o debatir sobre las formas en que pueden retomarse estos servicios. Si bien la precariedad es una constante en los procesos culturales y bibliotecarios que ella y otras instancias desarrollan en el Chocó, cree que estas circunstancias deben servir como detonantes para que las bibliotecas piensen formas de relacionarse con sus públicos, pero ante la reapertura de las mismas cree también que las urgencias siempre hacen olvidar las cosas de fondo, lo estructural y que con tristeza siente imposible pensar en un escenario de apertura que no dificulte mucho más lo que ha sucedido hasta hoy. “Lo único que nos salva y nos queda”, dice como gran lección, “es la resiliencia, la capacidad de sobreponernos a las dificultades y nuestra fuerza de siempre, juntarnos entre nosotros y con otros aliados nacionales para seguir sacando las iniciativas adelante”.

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Arco y Laura creen por su parte que el Bibliocarrito estará andando nuevamente con un combustible aún más poderoso: la esperanza, la convicción y la familia. “Nuestro proyecto es suficientemente libre, expansivo, abierto a posibilidades, sin embargo, también nos vemos enfrentados a un tema en concreto que ya no depende de nosotros, depende de otras fuentes, es un asunto también de parar, pensar y adaptarnos”, señalan. A su vez están convencidos que el tema del hogar es la reflexión más contundente, una lección que quedará al final de todo esto, y que bien puede integrar no sólo la compleja y disímil situación de las bibliotecas en el país, sino también las acciones de sus usuarios: “Darnos cuenta de que estamos en casa. Se vuelve entonces el hogar un momento soñado que puede volverse realidad, eso es lo que estamos haciendo cada uno en sus casas. Pueda ser que cuando tengamos la posibilidad de salir, le demos un valor mucho más grande al hogar y a las cosas que desde allí se pueden gestar”.

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Por Isaías Romero Pacheco

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