“A mí me determinó mucho el haber salido del país y habitar otro lugar por tantos años. Todas mis reflexiones iban a ese punto de no solo sentirme un extraño, sino de sentirlos extraños a todos. Ese recuento que he intentado hacer de cómo me fui acomodando a un lugar que no era el mío, de volver y darme cuenta de que aquí también hay cosas raras. Somos nuestras circunstancias. No recuerdo quién lo dijo, pero creo que realmente somos nuestras sombras, y las sombras se proyectan por la luz. Formas parte del lugar donde tienes la posibilidad de crear una sombra. El tema del extranjero me obsesiona, porque es la manera que tenemos de vernos por fuera de nuestra zona de confort, y de asumirnos también diferentes a lo que somos”, dice Giovanny Jaramillo. Y empiezo con esta cita porque a partir de su obsesión por el concepto del extranjero se entiende la razón por la cual ha dedicado buena parte de su obra periodística y literaria a retratar historias que se desenvuelven más allá de sus lugares, contextos y tiempos. Con esta explicación comprendemos también por qué estuvo un mes y medio en Cuba, pues, más allá de su trabajo como corresponsal para medios de ese país, había un interés por encontrar personajes que contaran las sombras de los imaginarios y discursos asociados a la revolución.
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Jaramillo escribió las crónicas de Cubanías entre 2017 y 2019. Durante ese lapso habló con personas que viven en Cuba y con otras que salieron en busca de otras oportunidades afines a sus destinos y convicciones. “Las personas que están por fuera de Cuba no hablan mal del castrismo. Todos los cubanos hablan de una migración económica”. ¿Pero, de nuevo, cómo nos quitamos la venda de la política y eludimos los imaginarios para hablar de los cubanos sin referirnos a las orillas de la revolución, sin caer en lo bueno o lo malo del gobierno de los Castro?
“Yo hablaba con seres humanos. Entender eso era fundamental. Tanto las víctimas como los victimarios son personas que tienen muchas cosas para contar a propósito de las circunstancias que los convocan en un determinado contexto. Todos, en un principio, quieren hablar de eso. Todas las personas que están fuera de Cuba, en algún momento, le botan una pulla a la dictadura, pero las que están adentro difícilmente lo mencionan. Es interesante ver ese tránsito de desterritoralización que sufre la gente cuando se da cuenta de que está afuera y puede decir cualquier cosa, pero no acepta que le saquen fotos, porque si alguien ve eso en Cuba le puede traer problemas. Que pongan mi nombre porque pueden pensar que se lo inventaron, eso me decían; pero en Cuba es al revés: que me saquen todas las fotos, pero no voy a decir lo que quieren que diga. Era fundamental, repito, construir esos perfiles de una forma horizontal. A mí me interesan los personajes marginales. Hay un recogelatas, por ejemplo, que no tiene que ser un personaje negativo, sino uno que vive de ese oficio; un judío viejo que me pide dinero; un pescador machista que cuenta chistes (se llama mister Hemingway), es eso, buscar personas que son protagonistas de su propia vida. Entonces, para combatir los lugares comunes de lo que es Cuba hay que permitir que la gente cuente sus circunstancias de vida. Mucha gente cree que acercarse a Cuba solo se puede hacer desde una manera positiva o negativa: o defiendo a la revolución o la ataco. Y de repente desconocen que en medio de cada una de esas posiciones hay un montón de cosas, de personas, de vivencias”.
Historias. Circunstancias que van configurando el relato de nuestras vidas y nuestras memorias. Ser capaces de abstraernos del contexto, aun cuando debemos reconocer que por él también somos lo que somos. Los modos, las costumbres, lo que nos rodea y lo que no. Todo influye y nos moldea. Leer a Cuba desde sus adentros, desde las sombras que ya mencionó Jaramillo, y leerla así para leerla mejor, para entenderla desde las verdades auténticas, las de sus calles, las de sus gentes, y no las que se puedan construir desde los intereses de los medios, los gobiernos y la publicidad.
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“Cuando irrumpe la publicidad comienza a cambiar el paisaje de La Habana y también las conciencias de las personas. Eso va proyectando también el egoísmo de la propiedad privada. Hay un momento que nunca voy a olvidar, pues fue una especie de cachetada que recibí: pasa un huracán, estamos encerrados en un décimo piso, tenemos hambre y salimos a buscar comida. Duramos tres o cuatro horas y encontramos una pizzería abierta. Hago la fila, la pizzera me atiende y yo le digo que quiero dos pizzas, quiero que cada una tenga doble ración de cebolla y doble ración de queso. Ella me dice que no me la puede vender. Yo le dije que le pagaba lo que quisiera. Y ella me responde que yo no he entendido cómo funciona esto: ‘Si yo te pongo doble ración de queso o de cebolla a una de las pizzas, estoy dejando a otra persona sin una pizza’”.