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María Evelia Marmolejo (Cali, 1958) trabajó intensamente en la década de los ochenta en una técnica que ahora tiene mucha fuerza, pero que en su época no era considerado arte en este país: el arte corporal o arte acción, que hoy conocemos como performance. Después del 85 Marmolejo se autoexilió en Madrid y desapareció. En 2013 volvió con un performance que estaba pendiente desde el 81, Mandrágoras Art Space, cuya actualidad aterra. Hace un par de semanas se presentó en Milán con una producción nueva, y en esta edición de ARTBO se representará su primera obra. Hablamos con ella sobre los años de mayor actividad artística y sobre el performance como técnica.
¿Cómo se acercó al arte corporal?
Estudié por 4 años en la Escuela de Bellas Artes. Era tradicional. Me enteraba de las tendencias por Miguel González, el único crítico y curador que había en Cali. Él era mi ventana hacia el exterior. También me acuerdo que leí un artículo pequeño en una revista sobre Lygia Clark. Hay una obra muy linda de ella, donde el cuerpo se enreda en los objetos, en las telas en las telarañas. A mí eso me gustaba mucho. Así, poco a poco, fui incursionando en el arte no conceptual. Comencé a hacer cosas diferentes en la escuela. No estaba de acuerdo con la forma de enseñar de mis profesores, empecé a hacer cosas distintas que no aceptaron.
¿Qué tipo de trabajo le rechazaron?
Para escultura hacía bustos, cuerpos humanos. El último año debía hacer el tronco de un hombre, y decidí hacer algo conceptual que tenía que ver con lo que estaba pasando, con las violaciones a las mujeres y a las indígenas durante la represión del gobierno de Turbay Ayala. Ellas eran violadas, hasta les introducían cosas horribles por la vagina, objetos metálicos. Las destruyeron. A mí eso me impactó mucho, y presenté una instalación, Tendidos, que consistía en un gancho de carnicería atado a un pañal de tela y toallas higiénicas, limpias y usadas. Obviamente no me lo aprobaron. No descartaba que se enseñara dibujo, pintura, porque son técnicas, pero también que se abrieran otras puertas, otras formas de expresión artística. Después fui al encuentro no objetual en la Bienal de Medellín en el 81. Eso me afianzó aún más en lo que era el conceptualismo y me dio las herramientas para hacer el proyecto que tenía allí, en boceto. Entonces hice Anónimo I, mi primer performance en público, que es el que estará en ARTBO. El performance es un homenaje a los torturados y desaparecidos en Colombia y en América Latina durante los regímenes militares. Aunque el nuestro fuera democrático, la represión era igual. Muchos de mis compañeros de la Universidad Santiago de Cali fueron desaparecidos, encarcelados y, algunos, torturados. Una de las cosas que me colmó fue la desaparición de los hermanos Zambrano. Los conocí a través de mi primo, a quien torturaron y encarcelaron, pero los cadáveres de los hermanos aparecieron torturados y desmembrados en un cañaduzal. Para mí eso fue horroroso. Ellos habían sido mis amigos. Y yo, a duras penas con 23 años y con todo este peso… Fue horrible. Sentí una impotencia… Una manera de poder sacar eso fue a través de esa pieza de arte corporal, o arte acción (aún no se le llamaba performance). Utilicé mi cuerpo como herramienta, como técnica, como elemento de arte.
¿Usted lo haría de nuevo?
No, nunca repito los performances. Sólo he repetido uno, Anónimo IV (1982), en enero del 84 en Guayaquil. Ese es sobre la mortalidad infantil en América Latina. Para hacerlo usé placentas, las recogí en los hospitales y me fui con ellas a una zona muy contaminada del río Cauca. La obra consiste en escavar un triángulo, depositar allí unas capas de placenta y las otras me las amarro al cuerpo. Entonces comienzo a soltarme el plástico, al atardecer. El ocaso representa la muerte. Cuando me quito el plástico las placentas van cayendo y es como volver a nacer, en la noche.
¿Por qué no repite sus “performances”?
Porque cada obra es una experiencia, una liberación. Si algo me está atormentando, lo exteriorizo así. Eso hice con 11 de marzo. Cuando era joven sufrí mucho, me manchaba todo el tiempo por la menstruación. Una manera de superar eso fue a través del arte: elevé algo que era normal, natural, a ser arte. Y se vio bello, porque las luces negras que utilicé hacían que los blancos resaltaran y la sangre se viera oscura.
¿Por qué esta técnica tiende a generar polémica y el debate de si es o no arte?
Para mí todos los objetos pueden ser arte. Recojo el elemento y lo transformo -no digo que de manera estética, porque estética no es. Lo estético siempre ha estado relacionado con la belleza y lo decorativo-. Ahora ubícate en los años 80. Si utilicé esos elementos fue porque en ese momento eran del diario vivir de Colombia. A la gente le impresionan más estas piezas que la realidad misma, que es de miedo, es aberrante y demencial. ¿Qué es más escandaloso, la realidad o lo que hace el artista? Lo que hago es recoger los elementos y transformarlos.
¿Por qué se alejó del arte? ¿Por qué se fue a Madrid?
Por el entorno político y porque tuve un hijo. De hecho, mi último performance fue el mismo parto (sólo queda una foto, el resto se velaron). Además, el performance no daba dinero, y aquí no era considerado arte.
¿Quién se interesó por rescatar su obra del olvido?
En 2011 convergieron grupos de personas que andaban buscándome: Cecilia Fajardo (venezolana y británica), con su proyecto de mujeres radicales; unas berlinesas, feministas, y Emilio Tarazona, curador peruano. La encargada de ayudar a localizarme fue Ivonne Pini, en Bogotá. La exhibición en Berlín, que luego fue a otros seis países europeos, consistió en arte feminista de los años 60 a los 80. Antes Cecilia hizo tres viajes desde Los Ángeles hasta Nueva York para entrevistarme: ni yo ni ella entendíamos por qué nunca se había hablado de mi trabajo. Tarazona dice haber hecho reseñas mías, incluso una del salón Atenas del Mambo salió en El Espectador en el 81. ¿Que por qué no hago parte de la historia del arte colombiano? No sé. Pero parece ser que ahora hay muchas personas interesadas en rescatar a las mujeres artistas olvidadas.