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Cuerpo, fuego y escritura

"En Jamás el fuego nunca", la escritora chilena Diamela Eltit, una de las invitadas a la última versión de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, realiza una novela profunda sobre ilusiones perdidas, la crueldad durante el régimen militar de Pinochet y la convivencia de una pareja más por la lealtad de un tiempo pasado que por amor romántico.

Juliana Muñoz Toro @julianadelaurel

10 de mayo de 2018 - 09:00 p. m.
Portada de "Jamás el fuego nunca", de Diamela Eltit.
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Una pareja que ha perdido a un niño, el niño de ella, hijo de la violencia contra su cuerpo: “de espaldas al mar, el niño, tú y yo, los tres en la foto demasiado obsoleta”.

¿Qué pasa entre dos cuerpos cuando el mundo se reduce a una cama, quizá un comedor, y los recuerdos de una revolución frustrada? Se enroscan, se compadecen, se hastían, se repelen, se confunden. Mueren y reviven. Son los cuerpos los que hablan, a veces más que las voces. La mujer prepara un poco de arroz, el necesario para sobrevivir, mientras piensa en la célula de la que hacía parte, en aquel organismo sin individuos que sólo se movía para derrotar el régimen. Esa utopía. El hombre enciende un cigarrillo en silencio, aún fiel a la célula: “lo decidiste mucho antes de entregarte a la costumbre de los monosílabos”, le reclama ella.

En Jamás el fuego nunca, la escritora chilena Diamela Eltit, una de las invitadas a la última versión de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, realiza una novela profunda sobre ilusiones perdidas, la crueldad durante el régimen militar de Pinochet y la convivencia de una pareja más por la lealtad de un tiempo pasado que por amor romántico. Una pareja que ha perdido a un niño, el niño de ella, hijo de la violencia contra su cuerpo: “de espaldas al mar, el niño, tú y yo, los tres en la foto demasiado obsoleta”.

El título del libro es una frase de Los nueve monstruos, poema de César Vallejo, en que la esperanza de nación se va desvaneciendo: “Jamás, hombres humanos, hubo tanto dolor en el pecho (…) jamás el fuego nunca jugó mejor su rol de frío muerto (…) hay, hermanos, muchísimo que hacer”. Ella dirá que tal vez lo único que queda por hacer sea olvidar o morir: “experimento una inconfundible sensación de bienestar muy cercana al olvido o al deseo de permanecer suspendida en un férreo, inamovible presente”.

A Eltit la conocí en los talleres de ficción en la Universidad de Nueva York. Sus lecturas siempre comenzaban con un referente de la mitología griega. “Todo está contado”, decía. Se interesaba especialmente por el cuerpo, lo femenino y la vida doméstica y su función en el aparato social y político. Nada podía ser gratuito. Insistía que ella, al igual que la literatura, estaba allí para incomodar. Preguntaba: “¿qué espacios están en otras realidades?”, “¿cómo desobedecer ese mandato de lo que Occidente nos pidió que miráramos como colonizados?”, “¿qué es lo menos colonizado?”. Se interesaba por que escribiéramos no sólo desde el lado triunfador y que nos arriesgáramos a desbordar a los personajes: “El deseo es el deseo y el deseo va a donde va”. Y nos dio el consejo más valiente: “Mejor no escriban”.

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Coda: mañana sábado 12 de mayo, a las 6 p.m., se hará en la librería Casa Tomada (Tv. 19 Bis Nº45 D-23) la primera edición en Colombia de “Malos consejos de malas mujeres”, en que celebraremos la “maldad femenina” desde lo transgresor, las letras y el arte.

Habrá invitadas especiales.

Entrada libre.

Por Juliana Muñoz Toro @julianadelaurel

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