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La cultura es como esa savia que alimenta el follaje de la vegetación, permite el florecimiento y da frutos de gran variedad. Así es la cultura para las sociedades.
La evolución teórica y las evidencias de las últimas décadas han acercado a la cultura a quienes hablan de desarrollo y a los análisis de éste a quienes provienen del campo de la gestión cultural.
Un enfoque cultural del desarrollo se incorpora, así como la equidad de géneros, la defensa del medio ambiente y la reivindicación de los derechos humanos a la gran paleta de opciones de las transformaciones sociales y económicas.
En junio de 2013, Ban Ki-Moon, secretario general de Naciones Unidas insistió en la imposibilidad de un solo modelo de desarrollo para todos, recalcó la importancia de comprender y adecuar las particularidades de los contextos y acusó al no tener en cuenta a la cultura como la causa de la falla de tantos programas de desarrollo. Insistió en la necesidad de no desfallecer en el principio del desarrollo focalizado en la gente, de comprender y de “abrazar” su cultura, asegurando que la cultura y los derechos humanos habrán de ser el nuevo curso para un desarrollo sostenible.
Se reconocen aportaciones valiosas de la cultura a la superación de la pobreza, la inclusión y la reconstrucción del tejido social. El Fondo para el Logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de Naciones Unidas extrajo lecciones de la práctica exitosa de 18 proyectos en el mundo que, de manera deliberada, incorporaron la dimensión cultural de naciones y localidades a los llamados ODM.
La cultura en un país ad portas de firmar los acuerdos de paz de La Habana, luego de décadas de conflicto y violencia, está llamada a abandonar su posición de última de la fila, precisamente por su capacidad de hacer crecer y florecer las sociedades, pero también por la de alimentar y reconstruir el entramado social.
Si terminan los diálogos de paz y el país se entusiasma verdaderamente con dar comienzo a una nueva época a la que se llegaría estimulando la reconciliación, la reinserción, la convivencia y la solidaridad, es mucho lo que podría contribuir el mundo de la cultura: memoria histórica, integración territorial y regional, formación de ciudadanía, valoración de identidades, entusiasmo creativo y emprendedor, riqueza espiritual. El mejor homenaje a Gabriel García Márquez, hombre de paz, sería vincular la cultura a los nuevos procesos de reconstrucción del país.
Es un imperativo dejar de ver y gestionar la cultura, desde la administración pública, como un sector más de los tantos entre los que se divide y organizan los funcionamientos sociales. Porque tiene, por su naturaleza transversal, las facilidades para hacer intersecciones con los ámbitos de la educación, la salud, la ciencia, las comunicaciones, las tecnologías, la economía y el turismo, el bienestar social y la política exterior. Eso en Colombia es posible. Requiere hacerlo visible y reorientar la política pública en materia cultural.
A través de las transversalidades de la cultura el país podría profundizar en los acuerdos interministeriales, intersectoriales e interdisciplinarios para alcanzar los grandes objetivos de una nación que aspira a curarse de la violencia.
Así nadie la mencione, ni en las negociaciones de paz ni en el debate electoral, la cultura está ahí, en su versión plural y polisémica, presente en el día a día de los colombianos. Y esto exigiría a los gobiernos ser conscientes para impulsar un ejercicio que permita esparcir por el país esa savia que haga crecer el follaje, florecer ante el mundo y dar frutos de rica diversidad. La cultura no es flor de un día. Mucho menos un simple adorno.
albertoabellovives@gmail.com