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De cómo El Quijote se arroja a la aventura

¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura,

Daniel Ángel

03 de junio de 2020 - 05:21 p. m.
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en horas de desaliento así te miro pasar!

¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura

y llévame a tu lugar;

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hazme un sitio en tu montura,

caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura

que yo también voy cargado

de amargura

y no puedo batallar!

León Felipe - Vencidos

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Bogotá no permite sosiego. Como las grandes ciudades es inclemente. Sus habitantes buscan desesperados una ruta de escape, una salida de la batahola de sus calles, de la algarabía de sus vendedores ambulantes, del frenesí de su transporte público criminal y de la indignante desigualdad social que descuella arrojada sobre las aceras o que se extiende en manos suplicantes hacia los que pasean.

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, cuya primera parte fue publicada en 1605, y fue representado fuera de España por vez primera en 1611, en Londres.
Foto: Archivo particular

Peor en el centro de la ciudad, donde se levantan múltiples edificios en los que laboran miles de empleados que transitan con el afán que produce el miedo de ser despedidos. Al no encontrar otra opción y si se los permite la policía, los habitantes de la calle duermen bajo los dinteles de las casas y esperan así a que pase otro día. Con bastante frecuencia los jueves y viernes en la tarde se puede ver a los jovencitos que, tras salir de sus clases en las universidades, recorren las callejuelas de la Candelaria dando tumbos, apretando con fuerza la botella que llevan en sus manos y mirando con los ojos desencajados el tono naranja y violento que adquiere el cielo. Los caminantes deben estar pendientes de las sombras que acechan, deben tocar constantemente los bolsillos de su pantalón o ceñirse su bolso para que los ladrones no tengan mayor oportunidad. También los poetas y los escritores deambulan por estas calles. No quiero decir que todos los escritores hayan recorrido las calles por las que pasó José Asunción Silva, Germán Espinosa o León De Greiff o que deban hacerlo, solo que es común encontrarlos paseando por la carrera séptima, por la calle dieciséis en busca de libros, por las callejuelas de la Candelaria, por la carrera cuarta al salir de la Luis Ángel Arango y por la calle diecinueve buscando un café. Sin embargo, nadie sabe que son poetas o escritores porque como dice Jaime Sabines en su poema El transeúnte “¿Porqué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor invisible, o un rayo que les salga de las orejas?”, pues, en efecto, porque muchos de ellos no son un arquetipo de sus antecesores.

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Sin embargo, no es exclusivo de estos tiempos que el centro de Bogotá sea epicentro de artistas y escritores, desde siglos atrás lo es, quizás porque fue el lugar donde se fundó una pequeña ciudad que se apretujaba en apenas unas cuántas manzanas, y con el paso del tiempo este sector ha mantenido lugares y espacios que, quizás bajo una suerte de artilugio melancólico en su arquitectura, llama a los escritores desde lo más profundo de sus vigas y de sus paredes horadadas.

Durante el siglo XIX fueron famosos varios cafés donde se reunían los escritores del momento y además de peleas y de lecturas, lograban allí generar ideas, avivar discusiones y hasta fundar revistas. Y ahora, dentro de un centro comercial, antes llamado Nutabes y en este momento Los Ángeles, ubicado entre las calles 18 y 19 y entre las carreras cuarta y quinta, sobrevive El Quijote Libro Café Galería, el último café literario de Bogotá, el cual está a punto de expirar debido a la situación económica derivada de la pandemia. Así es, como si se tratara de un Alonso Quijano ya cansado de batallar y herido por la realidad y el tiempo que se adormece en su silencio.

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***

Era el año 2000 o 2001 cuando conocí Nutabes, ese centro comercial de mala muerte que estaba atiborrado de bares y del que cada ocho días se tenían noticias sobre peleas a cuchillo y borrachos que caían desde sus últimos pisos. Aún estudiaba en aquel colegio de Jesuitas ubicado al costado sur oriental de la Plaza de Bolívar. Era un viernes en la tarde cuando salimos de clase y junto con un grupo nutrido de mi curso decidimos ir a beber unas cervezas. Como éramos menores de edad e íbamos vestidos con el uniforme, sabíamos que el único lugar al que nos dejarían entrar sería alguno de Nutabes. Siempre he pensado que la juventud es para dos cosas: hacer estupideces y romper el vínculo con los padres y las demás figuras de autoridad que se erijan frente a uno, por bueno o malo que esto parezca.

Quizás por eso, caminamos con decisión por la calle décima hasta la carrera cuarta y luego nos encaminamos hacia el norte hasta la calle diecinueve. Quizás éramos diez o doce jóvenes para hacer la escena más visible y graciosa los que entramos en el centro comercial que a esa hora, las cinco de la tarde, no era otra cosa que un sólido y nauseabundo cúmulo de estridencias musicales que salía de todos los bares. Recuerdo que subimos por la rampa que bordea aún al centro comercial como si recorriéramos los círculos del infierno de Dante y en el último piso hallamos uno de rock en español. Quien lo atendía era un joven alto y desgarbado, tatuados sus brazos y con perforaciones en su nariz, que se nos quedó mirando recién llegamos, con un atisbo de sonrisa en su rostro. Nos dijo lo que ya sabíamos, que por ser menores de edad no podíamos entrar, pero que haría una excepción si le dábamos una propina. Entre todos reunimos algo de dinero y el joven abrió la puerta para dejarnos pasar. El interior del bar era oscuro, una densa nube de humo de cigarrillo bailoteaba entre la luz mortecina de dos bombillos. Las mesas de madera estaban dispuestas de forma anárquica y solo cuando dimos algunos pasos descubrimos que el sitio tenía un segundo nivel. Una de las meseras se acercó y nos indicó que subiéramos por unas escaleras de metal. Nos sentamos al rincón bajo la orden irrestricta de escondernos bajo las mesas si llegaba la policía. Pedimos una tanda de cerveza mientras sonaba alguna canción de Los héroes del silencio.

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Por ese entonces, estaba enamorado de una compañera de un curso menor al mío e hice hasta lo imposible por convencerla de que nos acompañara. Ella accedió a ir solo unos minutos. Me senté a su lado, lo recuerdo porque era solo su presencia lo que permitió que no saliera corriendo de ese tugurio, y con toda la valentía de la que fui capaz le confesé lo que sentía. Mi compañera no le había dado el primer sorbo a su cerveza, me miró abriendo sus ojos fulgurantes, con una expresión de incredulidad que me hizo dudar de mis propias palabras, dejó la botella sobre la mesa y se marchó. Esa fue mi primera decepción amorosa, y quedó grabada en las sucias paredes de aquel bar infecto.

***

En Bogotá hay decenas de cafés en las que venden libros, librerías en las que venden café y bares en las que hay de todo y donde se reúnen escritores y artistas. Quizás sin saberlo, estos lugares al abrir sus puertas querían otro tipo de público, pero quienes llegaron y se asentaron como colonizadores fueron los artistas. Lugares así se desperdigan por la zona centro y norte de la ciudad, es extraño hallar un café literario en la periferia, confirmando la tesis de que el arte es un producto de la industria cultural que es consumido por los grupos sociales con mayores privilegios.

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En el centro hay bares como Bardo y Café Cinema, ambos ubicados en el centro comercial de la calle 19 con carrera tercera, justo al costado occidental de la estación de Transmilenio de Las Aguas, donde especialmente se bebe licor y se escucha música, aunque en los dos son constantes los encuentros culturales, como las lecturas de poesía. También encontramos El Mercantil, el cual cambió de ubicación hace algunos años y ahora está en el segundo piso de la calle 22 con carrera 9, donde el tango y los boleros son la perfecta compañía para los ancianos y pintores que se sientan en las mesas del fondo a pedir una cerveza. Por supuesto, el ya perdido Saint Moritz de la calle 16, donde los poetas nadaistas leyeron algunos de sus manifiestos. El Café Pasaje donde se reunían los periodistas de El Tiempo y algunos escritores a tomar tinto, ubicado aún en la plazoleta del Rosario. La librería de Alejo, Árbol de tinta, un lugar en el que uno es recibido por su propietario, con café, charla, muy buenos libros, y en varias ocasiones un trago de whisky.

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En Chapinero está la librería el Matorral, un bello espacio con un jardín exterior donde se puede beber café mientras se lee con esa sensación de permanecer dentro de un espacio estando fuera de él. La valija de fuego, la librería de Marco, un gran proyecto libertario donde se puede beber cerveza o café mientras se consultan libros. Y las librerías con bellos espacios, como la Lerner, el Fondo de Cultura Económica, Wilborada, Prólogo, Tornamesa y una gran cantidad en las que su arquitectura constituye un no espacio de la ciudad, una salvación, una suerte de rescate.

En el siglo XX los cafés en Bogotá tuvieron un papel fundamental en el desarrollo de la literatura y del periodismo. Allí se reunían los intelectuales a “arreglar el país” y a beber unas copas. Cafés como El Automático, El Windsor, El Inglés, El Cisne, El Excelsior, El Mercantil fueron punto de encuentro de poetas, periodistas y demás artistas. Además de sus decorados y sus mobiliarios, la mayoría en maderas de tonos opacos, estos sitios tenían el atractivo de reunir a estos personajes. Sin embargo, muchos de estos cafés fueron destruidos en el bogotazo, un acto de idiotez, ¿porqué no acabaron con la alcaldía, el senado, el congreso, donde realmente habitaba la peste que nos enfermaba y sí con los cafés, donde pervivía esa sensación de ebriedad que permite seguir adelante en un país como el nuestro? Y si no fueron destruidos por una caterva de idiotas, han sido destruidos por el afán clientelista de la modernización de los espacios, como lo que hace poco ocurrió con el Saint Moritz, un espacio que nadie pudo rescatar y que desapareció como si la misma calle 16 donde funcionaba hacía más de 60 años, lo hubiera devorado.

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No obstante, hay una necesidad de instaurar ciertos espacios de la ciudad donde se encuentre un reposo, lugares en los que uno no corra el riesgo de resultar contagiado con la peste de los políticos o se resulte víctima de una canción de Silvestre Dangond o Jessi Uribe. El Quijote, es uno de ellos, quizás el último.

La librería más grande del mundo

Era el año 2005 cuando volví a entrar al centro comercial Nutabes, aunque no me interné más allá de unos 20 pasos de la puerta. Ya estaba en la universidad y regularmente debía pasar por la calle 19, sin embargo, luego de aquella primera decepción sufrida en el segundo piso de aquel antro de rock en español cinco años atrás, pocas ganas me habían quedado de volver, pero un día al pasar por allí vi a unos metros de la puerta a un señor de baja estatura sentado a un costado de un cajón atiborrado de libros, y la verdad, siempre he tenido esa debilidad por ver qué títulos había en cualquier lugar. Me acerqué y mi sorpresa fue mayor cuando leí el nombre de la librería que no tenía mayor espacio a no ser el cajón de dos metros por uno: La librería más grande del mundo.

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Jorge Acuña era su propietario. Es un hombre de poco cabello, delgado, sonriente. Es amable hasta el extremo, charlatán y gracioso. Hace pocos días, cuando lo vi en la portería del conjunto en el que ahora vivo, recordé ese primer encuentro, entonces le dije: ¿Jorgito, por qué no me respondes unas preguntas y escribo una crónica? Y él con su amabilidad incontenible me dijo que sí. Debería empezar diciendo que mi buen amigo estaba en la portería del conjunto en el que vivo porque vino a traerme dos manjares de los que hablaré más adelante, dulces para paliar el sinsabor de estos días.

Jorge empezó a trabajar con libros en el año 2004 con Pascual en el sótano del antiguo edificio Temel, ese que estaba ubicado sobre la carrera 8a entre calles 15 y 16. Durante el día vendía libros y en la noche limpiaba los pisos de un bingo. Por sus dos trabajos solo podía ver a su familia los fines de semana. Hasta que en una de esas noches infaustas que solemos tener los seres humanos lo atracaron en el bingo y luego lo despidieron. Con el solo trabajo de librero no le alcanzaba para mantener a su familia, así que una de sus hermanas lo auxilió con un millón y medio de pesos para salir de la crisis, con ese dinero pagó deudas, arriendo, servicios y compró libros para montar su primer negocio.

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Él mismo diseñó una vitrina de dos metros veinte por 80 y sin pensárselo mucho empezó a vender libros al fondo del mismo sótano del Temel, era el año 2004. Allí fue difícil porque a los clientes los detenían en la entrada y a los demás vendedores no les gustaba que llegara competencia. Sin embargo, Jorge no se amilanó y desarrolló técnicas para captar clientes y vender libros, así ganó clientela poco a poco, aunque en verdad, las ventas en aquel sitio no eran suficientes, por lo que decidió incursionar en otras latitudes. Así fue como llegó al antiguo Nutabes. Para ese entonces este centro comercial recién había reabierto sus puertas, ni siquiera tenía electricidad en sus pasillos y estaba completamente desocupado. Jorge hizo un estudio de mercadeo y vio que mucha gente pasaba por la calle 19. Los conocidos le decían que estaba loco porque en ese lugar nadie le iba a comprar un solo libro, pero de nuevo Jorge enjalmó las bridas de un Rocinante inexistente y se aventuró. Le propuso al administrador que lo dejara poner un carrito a la entrada del centro comercial, el administrador lo aprobó y Jorge construyó tres vitrinas con unos cajones en medio que se desplegaban. Este fue el origen de La librería más grande del mundo y a la que llegué ese mismo año.

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Allí empezó a irle bien. Durante sus primeros 20 meses nunca se blanquió, o bueno, sí, solo un viernes, pero al día siguiente uno de sus clientes le compró unos setecientos mil pesos, es decir, unos 50 libros. Allí conoció a Teresa, una señora que tenía una cafetería en el primer piso del centro comercial, al poco tiempo se hicieron amigos pues ella le daba café y él le prestaba libros, pero a ella le estaba yendo mal y el administrador le hizo quitar el carro a Jorge porque empezaron a arrendar locales y, quizás creyó que tener un carro en el que se sostenían las vitrinas atiborradas de libros le daba una muy mala impresión a ese inmaculado centro comercial. Así que Jorge le propuso a Teresa que se asociaran, que lo dejara poner los libros en el local en vitrinas aéreas que él mismo construyó.

Pero Jorge nunca se ha quedado quieto y el trabajo en la cafetería-librería lo mezclaba con la venta de libros en las ferias del Parque Santander, el que queda al lado del Banco de la República. De ese modo la clientela aumentó y la frecuencia con que lo visitaban en la cafetería era mayor. A los pocos meses Teresa enfermó y Jorge decidió asumir el local junto con Marta, o Martica como la conocemos, su esposa. En aquella cafetería, me cuenta entretanto yo la recuerdo, había una pared en blanco y allí colgó un cuadro y se le ocurrió la idea de tener un espacio con arte. Desde siempre había soñado con tener una librería donde se expusieran piezas artísticas, incluso soñó en su juventud con ser artista, pero no pudo hacerlo por las vicisitudes que le presentó la vida. No obstante, encontró otra unión que lo fascinó, la del libro y el café. Ya lo había visto cuando tenía el carro, pues la gente se reunía alrededor de la Librería más grande del mundo a hablar y a beber café, yo mismo sentí los latigazos del viento que bajaba de Monserrate mientras hablábamos de libros y tomábamos tinto, como si estos dos productos fueran siempre de la mano, como hermanos hasta llegar a fundirse y crear armonía, le escucho decir a través del audio de WhatsApp.

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En ese local del primer piso duró poco, pues meses después Teresa debió entregarlo y le propuso a Jorge hacerse cargo, pero él no tenía vida crediticia y la inmobiliaria le dijo que no, que cómo le iba a dar en administración un local en un sitio tan exclusivo como aquel a una persona que no tenía cuentas en los bancos. Pero, de nuevo apareció el administrador recomendándole un local que tenía problemas jurídicos, ya que quizás sería más sencillo tomarlo en arriendo.

Fue por esos días en que cayó en sus manos una edición de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de la editorial Aguilar, compuesto por 4 tomos rojos con ilustraciones de Doré. Al abrirlo lo primero que vio fue una lámina donde había un grupo de hombres sacudiendo por los aires en una sábana a otro hombre a las afueras de un bar; seguramente la que vio Jorge fue la que acompaña el capítulo XVII de la primera parte Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su mal, pensó que era castillo. Y Jorge se preguntó luego de ver la lámina y sin recurrir al final trágico de don Alonso Quijano: ¿qué hizo el Quijote luego de retirarse de sus andanzas? Tuvo que montar un bar, me dijo que se respondió en ese momento, un bar con un aspecto antiguo, y él, Jorge, ni corto ni perezoso lo abrió.

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Fue justamente hace once años, cuando aún el centro comercial Los Ángeles no despegaba, en el local 128 del primer piso y con el nombre de Libro Café El Quijote que poco a poco llegó la clientela que aún conserva. Los primeros en llegar fueron dos grupos de poetas que por esos días fundaron La raíz invertida y el Negacionismo poético. Jóvenes escritores que se iniciaban en las lides de la escritura y que de tanto andar se asentaron en aquellas sillas de madera que Jorge había construido. Se trataba, de Henry Alexánder Gómez, Hellman Pardo, Jenny Bernal, Jorge Valbuena, Larry Mejía, Pablo Estrada, Julián Molina y quien les escribe, quienes empezamos a frecuentar El Quijote, pues nos identificamos con los libros, la tranquilidad y, por supuesto, el licor.

Sería el año 2010 o 2011 cuando el poeta colombiano Larry Mejía, uno de los mejores narradores vivos del país Pablo Estrada y uno de los más eficaces bebedores de cerveza de la ciudad, es decir, yo, le propusimos a Jorge hacer una lectura en El Quijote. La respuesta de Jorge ya debe ser conocida a este punto y así organizamos el evento. El local era apto para unas quince o veinte personas sentadas y de pie el doble (si usamos la misma lógica del Transmilenio). El día de la lectura el lugar estaba abarrotado de gente, las mesas debieron recogerse para que los asistentes, así fuera de pie, pudieran disfrutar de la charla. Si me preguntan aún no entiendo cómo tuvimos tanto público aquel día ya que, en la mayoría de las lecturas de poesía, son mayor en número los poetas que los asistentes. Jorge no estaba preparado para aquel éxito y fue repartiendo cuanta cerveza y tragos le pedían, se le enredó la cuenta hasta el punto de que debió confesarle a la gente que no sumó lo pedido y, que cada cual pagara lo que debía o lo que creyera deber. Ante nuestro asombro, hablo de los poetas, la gente hizo una fila y pagó. Nosotros nos quedamos bebiendo hasta el cierre del bar y cuando Jorge hizo cuentas estas daban exactas, una cuestión de solidaridad, honestidad o simple magia. Noches bellas que recuerdo fue esa, escucho en su audio.

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Luego de ese primer evento se han hecho bastantes en El Quijote. Lecturas, recitales, conciertos musicales de grupos, dúos y solos, homenajes a escritores ya fallecidos, noches bohemias, exposiciones artísticas, hasta encuentros en plena ley seca, donde tuvieron que cerrar las ventanas. Artistas plásticos como Metzcal, Gustavo García o Manuel Malaver hicieron presentaciones en aquel espacio de dos niveles de madera.

***

Cuando regresé a Nutabes mi corazón había sanado y amaba a otra mujer. Pero los recuerdos de aquellos años con mi compañera del colegio permanecían latentes, así que la vi caminar con desconsuelo por los pasillos de aquel centro comercial antes de que su silencio me clavara una daga en la garganta. Y no solo fue el desconsuelo por aquello que no ocurrió, también mi tribulación se afincaba en la realidad de un país que se desmoronaba, en las escasas posibilidades que se veían en el horizonte para un joven que quería ser escritor. Pese a todo volví a arrojarme a las sillas de El Quijote, a revisar libros, a beber café mientras las tardes se diluían afuera, al igual que las esperanzas.

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Allí compartí mesa con escritores como Pedro Claver Téllez, Pedro Badrán Padauí, Erik Zúñiga, Jhon Jairo Junieles, Óscar Godoy, David Flórez, Hellman Pardo, Constanza Martínez, Henry Alexánder Gómez, Jorge Valbuena, Diana Carolina Daza, Óscar Pantoja, Jerónimo García, Mónica Lucía Suárez, Carlos Almeyda, Laura Castillo, Javier Rabiarte, Pablo Estrada, Daniel Villabón, Melisa Gómez, Michael Benítez, Larry Mejía, Tatik Carrión, Fernando Denis, Fernando Iriarte y con decenas de bailarinas, actrices, pintoras, dramaturgas y personas que hallaron en este espacio un lugar para hacer las paces con el mundo y con la ciudad.

Y en una de aquellas tardes en el Quijote, mientras bebía una cerveza acompañado por varios amigos la vi entrar, era la misma jovencita que quince años atrás se había marchado sin responder a mi pregunta, tenía el mismo fulgor en sus ojos, la misma manera de decirme que luego se resolverían todas las dudas y problemas. Ella miró en todas las direcciones buscando una mesa libre, iba acompañada de un hombre y otra mujer, quizás él era su pareja. Hasta que por fin me vio y entonces, siguiendo hacia una de las mesas del segundo piso, me sonrió.

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Ahora, ya olvidados los ritos de los amores inhumados, queda Jorge y Marta, su esposa y quien ha luchado con él desde el inicio de la aventura, esperando que pase la pandemia o la cuarentena para abrir de nuevo el último café literario que queda en Bogotá y no tener que vender el mobiliario y los libros, ya que el café El Quijote es el proyecto por el que han luchado durante más de quince años. Entretanto, abrazo a Jorge, no me quiero morir sin dejar de abrazar a mis amigos, cuando me entrega el arroz de leche que preparó Marta y el dulce de mora, que ahora recorre las calles como otra forma de sobrevivir a esta realidad que nos apabulla a todos.

Por Daniel Ángel

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