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Zonas húmedas, la primera novela de Charlotte Roche, una alemana guapa de 31 años, es un empujón hacia el abismo más íntimo, menos conocido y quizás el que más nos intimida a hombres y las mujeres: nuestro propio cuerpo. No es pornografía, aunque sus páginas acaloran y, hay que confesarlo, dan ideas. Su historia desborda cualquier reivindicación del feminismo de los años 60 (que por mucho tiempo vigiló el sexo femenino con más lupa que el cristianismo de otros siglos), aunque los periódicos insistan en posicionarla como el manifiesto de una nueva revolución de género. Esta novela de 206 páginas, que quizás muchos lectores no terminen, aborrezcan, tilden de sucia o escondan en el lugar más secreto del armario, es una explosión de preguntas que interpelan por las formas en las que el mundo nos ha enseñado a odiar nuestros propios olores, fluidos, secreciones, nuestros orificios y heridas.
“Lo que pasa es que la mayoría de la gente está desnaturalizada, y piensa que lo natural apesta y que lo artificial huele a gloria”, dice Helen, la protagonista de 18 años, que está internada en una clínica en la división de proctología porque en una minuciosa rasuración íntima su mano se ha descarrilado. Por supuesto, Charlotte Roche tiene más agallas para describirlo.
Esta heroína, quizás el mayor logro de la novela que muchos críticos han cuestionado en tanto obra literaria y otros han calificado de “novela de ideas”, es una jovencita que con cada una de sus prácticas parece intentar demostrar que ninguno de esos mitos sobre la asepsia y la higiene es real. “Mamá considera que lo más importante para una mujer ingresada en el hospital es llevar la ropa íntima absolutamente limpia... allí te desnudas. Completamente. Y si luego ven que el coño ha dejado su natural rastro de mucosidad entonces... ¿Entonces qué?”, se pregunta esta criatura que no le tiene miedo a su pubis y mucho menos a que alguno de que los que la atienden en el hospital sentencie “limpia por fuera, supersucia por abajo”.
Sus aventuras sexuales —mejor sería hablar de experimentaciones corporales— a veces no le dan tregua al ceño que se frunce al leer sus... inmundicias. Pero después de tomar un respiro, el lector quizás detenga su lectura preguntándose por qué todo eso tan natural que rellena nuestra humanidad nos merece tan despreciable calificativo. Entonces el lenguaje carnicero, realista y sucio no tardará en revelarse como un camino certero para entender que Helen está salvando su cuerpo de esa confiscación y dictadura del mundo de la belleza y pulcritud en la que todas hemos decidido vivir. “Creo que si los hombres quieren mujeres sin vello deberían hacerse cargo del afeitado en vez de dejarles todo el trabajo a ellas. Sin los hombres, a las mujeres les daría completamente igual ir peludas o no”, piensa Helen mientras en el hospital empiezan a depilarla para efectuar la intervención quirúrgica.
Desde 2009, cuando la escritora lanzó su novela en Alemania, en donde ya ha vendido un millón y medio de copias, se ha rehusado a dar declaraciones a los medios. Sin embargo, en una entrevista que le dio al periódico inglés The Guardian, recién publicada la obra, confesó que su idea inicial era escribir un texto de no ficción contra la industria química. “De tanta limpieza infundada hemos quebrantado las barreras de nuestro propio cuerpo, lo hemos domado a punta de asepsia”. Después de mucho cavilar, finalmente Charlotte decidió inventar a un personaje que le permitiera decir todo eso que quería gritar, sin que sonara como una nueva profesora que esta vez no invita a llevar bien puesta la falda, sino a experimentar con el olor de los fluidos del sexo femenino como perfume.
El periódico The Sunday Times ha posicionado esta obra como “el libro más osado que se haya escrito jamás sobre el cuerpo de la mujer”. Sin embargo, Jorge Herralde, el recio editor de Anagrama que tiene la fama de sólo publicar a los grandes , sabe que Roche viene a engrosar la lista de escritoras como Catherine Millet con su Historia de la vida sexual de Catherine M, y Virginie Despentes con Teoría King Kong, que se han convertido en guerrilleras del cuerpo y que están creando una literatura cruda, explícita y abyecta.
En estas novelas se narran cosas inconfesables, secretamente humana, que pocos valientes, Sade por supuesto, han podido admitir. Quizás lo que más va a molestar a los que logren sobrevivir a sus primeras 30 páginas es que muchas de esas prácticas que Helen tiene en su intimidad, en la ducha, debajo de las cobijas, en el bidé, son cosas que pasan, que nos pasan. “Cuando empecé a escribir esta novela, estuve temerosa de que la gente pensara que era acerca de mí, pero luego eso incluso me pareció divertido, me dio una sensación de fortaleza. Cuando entro a algún bar ahora, me doy cuenta de hombres que dicen: ¡Miren, es Charlotte Roche! Es como si les hubiera robado algo”.
Zonas húmedas se desenvuelve casi toda en una habitación de hospital, Helen está la mayor parte de su narración sola, interrumpida por ires y venires de enfermeros, y esperando a que sus padres divorciados por fin tengan un chance de reencuentro. En esa soledad, en ese tiempo muerto de lisiada, en sus dolores intensos, nos regala con insolencia grosera y desprevenida una experiencia de enfrentarnos a ese cuerpo del que también hacen parte orificios oscuros y rosadas cavidades.