El Magazín Cultural
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De Gardel el Sombrero

Tenía la pura pinta de un compadrito argentino bonaerense según los dibujos de las carátulas de los long plays de tangos, era el sastre preferido de los camajanes de las barriadas de la ciudad de Medellín, desde Boston hasta el alto de Aranjuez-Berlín.

José Libardo Betancur Pérez / Medellín
20 de febrero de 2014 - 10:03 p. m.

Coleccionista irredimible de música argentina, hacía honor a su apodo de Gardelino, por ello y por su culto apasionado por Carlos Gardel, de quien decía poseer el auténtico sombrero rescatado del nefasto accidente en el aeropuerto Olaya Herrera.

Los lunes, lloviera o tronara, Gardelino o José María Montoya bajaba por toda la 45 del barrio Manrique tirando paso del bueno, no le faltaba sino pareja para milonguiar hasta el estadero Palos Verdes en donde se tomaría los primeros aguardientes del día.

Siempre me inquietó el enigma ese del sombrero. Sería verdad tanta dicha. A pesar de que me inventé la disculpa de la confección de unos pantalones, no le pude sonsacar la verdad en torno al sombrero de Gardel que decía poseer y que nadie aseguraba haber visto en vivo y en directo. Sin embargo, la excusa de los pantalones me sirvió al menos para darle un vistazo a su colección de discos, observar las fotografías de los tangueros de la vieja guardia, en especial del Zorzal criollo, las letras de algunas melodías famosas de ese entonces, la radiola Philips –la original holandesa– y el sombrero... nada. Al preguntarle, como quien no quiere la cosa, me miró de soslayo y con una enigmática sonrisa me respondió que por ahí está segurito hasta su muerte.

Deberé confesar que mi Tangolatría nació allí entre telas, trajes a medio hacer, el olor a guaro y la repetición hasta el cansancio del tango Mi noche triste, interpretado por el morocho del Abasto. Ni los años, ni The Beatles, ni Elvis Presley pudieron borrar los efectos intensos de aquella experiencia evocadora de nostalgias y reminiscencias. Así me hubiese quedado con las ganas infinitas de palpar con mis dedos o... con mi cabeza, el sombrero de Carlos Gardel.

La marcada indiferencia de la juventud me condujo por otros lares y hasta aquelarres, dejando en el rincón del olvido la vivencia con Gardelino, sus trajes, sus melodías, sus aguardientes brumosos, sus tangos arrabaleros y el misterio sobre el sombrero gardeliano, hasta que un encuentro ocasional con un amigo de aquel entonces nos hizo revivir aquella época indescifrable, obligándonos a rebobinar el pasado y, sobre todo, a constatar qué había sido de Gardelino y, por supuesto, del misterio sobre el sombrero de Gardel. No fue nada fácil. El barrio Manrique estaba patas arriba por aquel asunto del Metroplus.

Calles desconfiguradas, bares convertidos en panaderías y carnicerías, graneros y tiendas del ayer transformadas en mecatiaderos y café internet, rostros nuevos pero lejanos. Nos cambiaron el barrio, me dije; a pesar de ver de frente la Casa Gardelia, ese pedacito de museo que no canta ni suena por fuera, y que sus sollozos de bandoneón están muy ocultos en un rincón del viejo caserón.

Nos salvó Doña Eumelia, la famosa Tata, que con sus casi noventa años y una lucidez peregrina, nos condujo por los senderos insospechados del pasado, relatándonos la porción del tiempo que no pudimos vivir juntos en la barriada. Tras varios aguapanelazos, un chocolate parviao y una tazada de café negro, nos enteramos de la muerte de Don José María, o Gardelino, y de la herencia de sus bienes. Lo del sombrero ni lo mencionamos porque ella no creía en pendejadas.

Pero seguimos la pista tres calles más abajo donde Doña Chava, la presunta heredera de Gardelino, quien ya octogenaria tenía la curiosa costumbre de fumar como las lavanderas de antaño, con el tabaco al revés, la llama dentro de la boca. Tras otros aguapanelazos y sopesando con cuidado nuestra curiosidad, le indagamos sobre el difunto Gardelino. Sí, le había dejado sus pocas pertenencias. Apreciaba la vieja máquina de coser Singer que tanto le había servido para terminar sus días como modista y la radiola en donde escuchaba los domingos a Margarita Cueto. Los discos, vea mijo que no quiero venderlos ni a ese señor de la casa museo ni a ningún cantinero de los que quedan. De pronto los quiebran y es como si me quebraran el alma... Ah, Y no quedó por ahí un sombrero así como el de esta foto de Gardel que tiene aquí en la sala junto al cuadro del Corazón de Jesús.

Pues verá que les voy a ser muy sincera, ya que vienen recomendados por Doña Eumelia. Sombrero o sombrerito es éste que lució Don José toda la vida y ahí lo ven colgado al lado del comedor. Si quieren ver el de Gardel pasen al cuarto de atrás junto al altarcito de la Virgen del Carmen.

Muy entusiasmados nos encaminamos al cuarto trasero en compañía de Doña Eumelia.

En medio de dos veladoras resplandecía la imagen de la Virgen del Carmen y, al lado, dos cajitas de plata enchapadas en nácar. Y por ningún lado el anhelado sombrero. Doña Eumelia, entonces... Entonces miren acá, la primera cajita son las cenizas de Gardelino y la segunda las cenizas del sombrero de Gardel.

Por José Libardo Betancur Pérez / Medellín

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