Publicidad

De la artesanía al arte y ¿la industria?

La cronología del cine en Colombia descubre un largo esfuerzo por imaginar una industria. Sus historiadores recuerdan la frase del realizador antioqueño Camilo Correa, escrita a finales de los años 40: “Cada fin de año me he dicho que en el próximo nacerá la industria que el país tanto necesita.

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Hugo Chaparro Valderrama
12 de julio de 2008 - 02:49 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Pero el condenado cine no nace y ahora, en 1949, me encuentro en Itagüí tratando de montar otros laboratorios y talleres con la esperanza de que ‘ahora sí’ nazca el cine, el más de malas de los hermanos de la industria nacional”.

¿Cuál industria?, se han preguntado desde 1914 los realizadores colombianos. Quizás microindustrias. Aventuras empresariales que a título personal o familiar han servido para hacer películas. Un sueño esquivo para pioneros como los hermanos Di Doménico que realizaron el primer largometraje de la historia nacional, condenado a extraviarse por temor a la censura: El drama del 15 de octubre.

Un drama que terminó en tragedia –para los espectadores que nunca pudimos verlo más allá de sus registros de prensa-, y presagió desde entonces el rumbo que tendría el futuro.

A pesar de los esfuerzos, aún no hay industria pero sí directores industriosos. Equipos de producción interesados en contradecir al cronista de la revista Cromos, que afirmó el 22 de julio de 1955: “Hoy por hoy, hacer cine como se está haciendo en Colombia es como esforzarse por construir una pila atómica sin tomar en cuenta la experiencia mundial relativa a este campo”.

La autopista informativa de la internet, la multiplicación de canales televisivos, el acceso a una cultura cinematográfica que ya no es leída sino vista -aunque sea en los formatos de la parodia del cine por orden de aparición tecnológica y desaparición tecnoilógica: Beta, VHS, DVD-, han permitido a los directores entre el siglo XX y el XXI, aprovechando la tradición del cine colombiano y de sus maestros, que se conozca y se reproduzca en el formato local la “experiencia mundial relativa a este campo”.

Una fórmula cifró la suerte comercial de los años 70. Directores como Jorge Gaitán Gómez con Mamagay (1977) o Gustavo Nieto Roa con El taxista millonario (1979), mostrando la televisión ampliada en la pantalla cinematográfica para un público que reconocía con facilidad a sus actores en trance de comedia picaresca, se prolongó en los años 80 cuando La abuela de Leopoldo Pinzón fue promocionada con una frase que sugería el desplazamiento entre una pantalla y otra: “Ahora en cine con pecados que no pudo presentar la televisión”.
Cine para un público televisivo. La pantalla doméstica instalada en el teatro. Reúne a Gómez, Roa y Pinzón con Dago García en la producción y la escritura de guiones desde los años 90. Más un factor agregado: el respaldo de la misma televisión para sostener la industria –o la microindustria del cine insertada en un formato industrial.

Con directores diversos: Ricardo Coral-Dorado para Es mejor ser rico que pobre (1999) y Te busco (2002); Jorge Echeverri para La pena máxima (2001); Luis Alberto Orjuela para El carro (2003), Raúl García para La esquina (2004). El productor hace el estilo. Las iniciales DDG –Darío “Dago” García-, son como las de MGM –Metro Goldwyn Mayer-, guardadas las proporciones aunque no el propósito y sus resultados: seducir al público para seguir produciendo. En el caso de Dago, con tantas estrellas como permita el cielo televisivo y las circunstancias de la producción en Colombia. Una filmografía que recuerda el título de Sergio Cabrera: La estrategia del caracol.

Por Hugo Chaparro Valderrama

Conoce más

Temas recomendados:

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.