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De las atmósferas andinas a los colores del Caribe

Esta reseña crítica analiza la obra de Ana Mercedes Hoyos (1942-2014): sus cambios formales y conceptuales y las influencias en su trabajo.

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Eduardo Márceles Daconte*
10 de septiembre de 2014 - 03:17 a. m.
Un toque de arte pop y un realismo plagado de color son característicos de su obra pictórica y escultórica. / Archivo
Un toque de arte pop y un realismo plagado de color son característicos de su obra pictórica y escultórica. / Archivo
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Ana Mercedes Hoyos ha mantenido una actitud inconformista hacia su producción artística. Es así como resolvió el dilema que agobia a tantos artistas, entre repetir la fórmula del éxito o correr el riesgo que implica la indagación por caminos inéditos. A través de un minucioso proceso creativo, esta pintora bogotana (1942-2014) experimentó con una temática pop de colores estridentes en su primera época, para concentrarse después en Interiores, a principios de la década del setenta, pinturas de carácter geométrico que más tarde encauzaría hacia sus Ventanas como elemento sintetizador de sus aspiraciones de orden y racionalidad en un mundo de caos urbano y violencia social.

Pero si las ventanas conjugaban el cuadrado en composiciones que evocaban a Josef Albers, asimismo se entreabría una rendija por donde se divisaba el cielo azul de la sabana de Bogotá o un fragmento del paisaje andino. Era una pintura que enfatizaba la ilusión del espacio con una luz ambiciosa, matizada de sombras, que de manera gradual fue abriéndose para incorporar la atmósfera en óleos monocromáticos en los que se alcanzaban a observar algunas modulaciones de colores austeros en el trasfondo que aludían de cierta manera a la pintura del estadounidense Ad Reinhardt. A decir verdad, aquellas Atmósferas, una de las cuales compartió el primer premio en el XXII Salón Nacional de Artes Visuales (1978) con el colectivo de artistas El Sindicato de Barranquilla, no obstante su pretensión poética, eran una negación del propósito mismo de la pintura, cuya meta es la comunicación visual. Por el contrario, en aquellos proyectos ese propósito se ocultaba tras un velo ostentoso que obstaculizaba la confrontación con su obra.

Andando el tiempo se concentró en las atmósferas que hacían alusión a cierto paisaje sintético y lechoso de los valles andinos, en franjas de colores caracterizadas por su sobriedad. De aquí pasó a hacer retozos con el arcoiris en un intento por recuperar su paleta original. En esta etapa, la sensualidad del color atrajo una vez más su interés. Quedarse en la ejecución de Ventanas y Atmósferas hubiera sido quizás el camino más fácil, pero Ana Mercedes Hoyos fue una artista celosa de su propia creatividad y estancarse en una propuesta era como revolverse sobre un lecho de rosas marchitas.

Entonces, en lugar de mirar el paisaje desde el interior de un espacio doméstico o asomarse a la atmósfera monocromática, se enfrentó a la naturaleza viva que alegra su jardín. Recordó que tanto Vincent van Gogh como Claude Monet habían pintado jarrones con girasoles y decidió asimilar esta flor, originaria del Perú, a su repertorio. Para una pintora que siempre estuvo interesada en la luz, aún en los ambientes más sombríos, el símbolo de una flor que busca la cara del sol sedujo su curiosidad artística. De ningún modo se trataba de acercarse al tema de una manera convencional, es decir, pintar girasoles para exhibirlos en línea y cubrir así la desnudez vergonzante de las paredes. Nada más lejos de su intención.

Dentro de una concepción que continuaba siendo atenta a la geometría, esta vez rindiendo un homenaje al círculo para confirmar aquel argumento del crítico brasileño Frederico Morais, quien alegaba que Colombia es un país redondo, sus girasoles nos observaban como ojos curiosos, formados por aros concéntricos cuyo amarillo vibraba en la periferia de un centro de filamentos rojos que abrazaban una pupila verdosa con pinceladas texturadas. Quizás el elemento más atractivo de este conjunto fue una original instalación mural donde Hoyos simplificó el florero de Van Gogh y en la cual, con excepción de los girasoles, el jarrón y los tallos están pintados sobre la pared.

El aspecto conceptual del montaje sugiere un ingrediente escenográfico que rompe con el estilo convencional que fatiga las galerías de arte del país. En este sentido, se trataba de una obra que construía su propio espacio y cuyas paredes servían de marco para ofrecer una mayor contundencia a la composición mural. Si bien cada una de las pinturas era un trabajo individual, era necesario englobar el conjunto para comprobar la noción de síntesis que se propuso Hoyos.

A partir de la década del noventa y principios del siglo XXI, sus pinturas de mujeres afrocaribeñas que venden frutas en las playas de Cartagena destacan el color y la luz del trópico. Más decorativa que conceptual, esta etapa caribeña ha merecido la aceptación de las casas de subastas de Nueva York, en donde sus obras han alcanzado sumas significativas, con la consiguiente derivación hacia la escultura de bodegones de frutas voluptuosas, piña, bananos, papaya o la suculenta sandía, que cada vez se vuelven más fragmentadas y simbólicas de nuestra generosa naturaleza tropical.

 

eduardomarceles@yahoo.com

* Escritor e investigador cultural.

Por Eduardo Márceles Daconte*

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