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De Núremberg a Mengele: la cuenta pendiente del siglo XX

Reflexiones a propósito de “Núremberg: el juicio del siglo” (2025) y “La desaparición de Josef Mengele” (2026).

David Rosenthal

16 de agosto de 2026 - 04:40 p. m.
Afiches de "Nuremberg: el juicio del siglo" (2025) y "La desaparición de Josef Mengele" (2026).
Foto: Archivo Particular
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El cine tiene la extraordinaria capacidad de recordarnos aquello que la historia nunca debería permitirnos olvidar. Ocurre con la reciente “Nuremberg: El juicio del siglo” (2025), que devuelve a la pantalla uno de los episodios jurídicos más trascendentales del siglo XX: el proceso mediante el cual las principales figuras del Tercer Reich fueron llamadas a responder por los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. Casi al mismo tiempo, “La desaparición de Josef Mengele” vuelve la mirada hacia uno de los fugitivos más infames del nazismo, el médico de Auschwitz que logró escapar de la justicia y morir décadas después sin haber comparecido jamás ante un tribunal.

Ambas películas dialogan entre sí. Una narra la victoria de la justicia; la otra, la frustración de no haber podido alcanzarla plenamente. Juntas recuerdan que la memoria no es un ejercicio de nostalgia, sino una responsabilidad moral.

Resulta paradójico que el escenario de ese gran juicio fuera precisamente Núremberg. Diez años antes, en 1935, esa misma ciudad había dado nombre a las infames Leyes de Núremberg, promulgadas durante el congreso anual del Partido Nacionalsocialista.

Aquellas normas transformaron el antisemitismo —presente desde hacía siglos en Europa— en política oficial del Estado alemán. Los judíos dejaron de ser ciudadanos con derechos para convertirse, por mandato de la ley, en individuos despojados de ciudadanía, de protección jurídica y, finalmente, de su propia humanidad. Se prohibieron los matrimonios entre judíos y quienes el régimen calificaba como “arios”, se establecieron criterios raciales pseudocientíficos para determinar quién era judío y se creó el marco jurídico que haría posible la exclusión sistemática, la deportación y, posteriormente, el exterminio.

Es difícil encontrar una ironía histórica más profunda. La ciudad que primero simbolizó la legalización del odio terminaría dando nombre al proceso que demostraría que ninguna ley puede justificar un crimen contra la humanidad.

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Los Juicios de Núremberg inauguraron una nueva era del derecho internacional. Allí se estableció que los dirigentes de un Estado podían responder personalmente por sus decisiones, que obedecer órdenes no constituía una defensa suficiente frente a atrocidades masivas y que existían crímenes tan graves que ofendían a toda la humanidad.

Aquella hazaña jurídica no fue obra de jueces solitarios, sino de un cuerpo de fiscales cuyas biografías merecen recordarse tanto como las de los acusados. Bajo la conducción del juez estadounidense Robert H. Jackson, decenas de abogados jóvenes —muchos de ellos judíos que habían combatido personalmente al nazismo— construyeron el andamiaje probatorio que permitió condenar a la cúpula del Tercer Reich. Benjamin Ferencz, con apenas 27 años, asumió como fiscal jefe en el llamado Juicio de los Einsatzgruppen, el noveno de los procesos subsiguientes de Núremberg, contra los responsables de los escuadrones móviles de exterminio que asesinaron a más de un millón de personas en el frente oriental. Fue, según la prensa de la época, “el juicio por asesinato más grande de la historia”, y Ferencz —hijo de inmigrantes judíos rumanos— dedicaría el resto de su larguísima vida a promover la justicia penal internacional. A su lado trabajó Robert “Rosie” Rosenthal, piloto de bombarderos condecorado que había sobrevivido a 52 misiones de combate y a dos derribos, y que al terminar la guerra colgó el uniforme militar para vestir la toga: como asistente del equipo acusador, interrogó personalmente a Hermann Göring y a Wilhelm Keitel. El destino quiso que el mismo hombre que había combatido a la Luftwaffe desde el aire terminara sentado frente a su comandante, exigiéndole cuentas ante la ley.

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En el banquillo se sentaron algunos de los hombres más poderosos del Tercer Reich.

Ninguno destacaba tanto como Hermann Göring.

Mariscal del Reich, fundador de la Gestapo y durante años considerado el heredero político de Adolf Hitler, Göring poseía una inteligencia indiscutible y una enorme capacidad para manipular a quienes lo rodeaban. Durante el juicio intentó dominar psicológicamente a fiscales y acusados, convencido de que aún podía controlar la narrativa de la derrota alemana. Su personalidad era tan dominante que incluso los demás procesados parecían gravitar a su alrededor.

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La película “Nuremberg: el juicio del siglo” explora precisamente esa compleja relación entre Göring y el psiquiatra militar estadounidense Douglas Kelley, encargado de evaluar a los principales acusados. El filme no busca absolver a Göring ni convertirlo en un personaje fascinante por sí mismo; más bien plantea una pregunta inquietante: ¿cómo hombres intelectualmente brillantes pudieron convertirse en arquitectos de un genocidio?

Cuando comprendió que sería ejecutado, Göring decidió arrebatar a sus verdugos el último acto del proceso. La noche anterior a su ejecución logró ingerir una cápsula de cianuro y se suicidó en su celda.

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Otros no corrieron la misma suerte.

Joachim von Ribbentrop, ministro de Relaciones Exteriores y uno de los responsables de la política expansionista del Reich; Alfred Rosenberg, principal ideólogo de la teoría racial nazi; Hans Frank, gobernador general de la Polonia ocupada y responsable directo de incontables atrocidades; Wilhelm Keitel, Alfred Jodl, Ernst Kaltenbrunner, Julius Streicher, Fritz Sauckel, Arthur Seyss-Inquart y otros altos jerarcas fueron condenados a muerte y ejecutados el 16 de octubre de 1946.

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Entre todos ellos, quizá nadie dejó una última frase tan perturbadora como Julius Streicher.

Editor del periódico Der Stürmer, probablemente el medio antisemita más violento de la Alemania nazi, Streicher dedicó décadas a difundir caricaturas, mentiras y teorías conspirativas que prepararon psicológicamente a una sociedad para aceptar la persecución y el exterminio de millones de judíos.

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Poco antes de ser ahorcado gritó:

“¡Purimfest 1946!”

Aquellas palabras han generado innumerables interpretaciones dentro del pensamiento judío.

Purim conmemora el relato bíblico del Libro de Ester, donde Hamán planea exterminar al pueblo judío del Imperio persa. Finalmente, Hamán y sus diez hijos terminan ejecutados. Algunos rabinos y exégetas han visto un paralelismo simbólico entre aquellos diez hijos y los principales jerarcas nazis condenados en Núremberg. Incluso se ha señalado que ciertas letras del texto hebreo del Libro de Ester aparecen escritas de forma particular, permitiendo una lectura simbólica que remite al año hebreo correspondiente a 1946. Se trata de una interpretación religiosa y tradicional, no de una conclusión histórica, pero constituye uno de los episodios más llamativos asociados a los juicios.

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Hay, sin embargo, una palabra que resonó con fuerza creciente durante aquel proceso sin llegar todavía a convertirse en cargo formal: genocidio. La acuñó el jurista polaco-judío Rafael Lemkin, quien desde joven había quedado marcado por el exterminio de los armenios a manos del Imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial. Lemkin se preguntaba por qué el asesinato de un individuo era un delito perseguible en cualquier tribunal del mundo, mientras que la aniquilación de un millón de personas quedaba fuera del derecho internacional. En 1944, exiliado en Estados Unidos, fusionó el griego genos —raza, pueblo, familia— con el latín cide —matar— para nombrar por primera vez aquello que carecía de nombre. Lo hizo, además, desde el dolor más personal: 49 miembros de su propia familia, incluidos sus padres, fueron asesinados por los nazis. Lemkin viajó a Núremberg para presionar a los fiscales aliados a incorporar el concepto en el proceso, y aunque el tribunal terminó condenando a los jerarcas nazis bajo la figura de “crímenes contra la humanidad” —el genocidio como delito autónomo aún no existía jurídicamente—, su insistencia no cesó. Cuatro años después, en 1948, la Convención de las Naciones Unidas para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, fruto de su cabildeo casi solitario, convirtió aquella palabra nacida del dolor armenio y judío en ley internacional vinculante.

Sin embargo, Núremberg no consiguió sentar en el banquillo a todos los responsables del Holocausto.

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Adolf Eichmann, principal organizador logístico de la denominada “Solución Final”, logró escapar hacia Argentina utilizando las redes clandestinas de fuga conocidas como ratlines. Durante años vivió bajo una identidad falsa hasta que, en 1960, agentes del Mossad lo localizaron y capturaron. Su posterior juicio en Jerusalén no solo permitió condenar a uno de los grandes responsables del genocidio, sino que dio voz a cientos de sobrevivientes. Fue declarado culpable y ejecutado en 1962, convirtiéndose en la única persona condenada a muerte por un tribunal civil en la historia del Estado de Israel.

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Otro de los grandes fugitivos fue Klaus Barbie, el llamado “Carnicero de Lyon”, responsable de torturas, deportaciones y asesinatos durante la ocupación alemana de Francia. Encontró refugio en Bolivia durante décadas hasta ser finalmente extraditado y condenado por crímenes contra la humanidad.

Y permanece la figura que quizá mejor simboliza las limitaciones de la justicia de posguerra: Josef Mengele.

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Médico de Auschwitz y conocido como el “Ángel de la Muerte”, dirigió experimentos pseudocientíficos especialmente crueles sobre gemelos, niños y otros prisioneros, violando todos los principios de la medicina y de la ética humana. Consiguió huir de Europa y permaneció oculto durante décadas entre Argentina, Paraguay y Brasil. Nunca fue capturado ni juzgado. Murió en Brasil en 1979 tras sufrir un accidente cerebrovascular mientras nadaba. Su muerte cerró una persecución internacional sin que las víctimas pudieran verlo responder ante un tribunal.

Precisamente por ello resulta tan pertinente la aparición de “La desaparición de Josef Mengele”, que vuelve a colocar bajo los reflectores la historia del criminal nazi que logró escapar del castigo, recordándonos que la justicia no siempre alcanza a todos los culpables.

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También Heinrich Himmler, jefe de las SS y uno de los principales arquitectos del genocidio, evitó el juicio al suicidarse con una cápsula de cianuro tras ser capturado por las fuerzas británicas.

Pero hablar únicamente de los verdugos sería concederles un protagonismo inmerecido.

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El Holocausto debe recordarse, sobre todo, por sus víctimas.

Las tres hermanas de Franz Kafka —Gabriele, Valerie y Ottilie— fueron asesinadas durante la Shoá. Ottilie murió en Auschwitz después de haber acompañado voluntariamente a un grupo de niños judíos deportados desde Theresienstadt. Cuatro de las cinco hermanas de Sigmund Freud tampoco sobrevivieron al nazismo: Adolfine murió en Theresienstadt; Marie, Pauline y Rosa fueron asesinadas en Treblinka. Freud había logrado escapar a Londres, pero no pudo salvarlas.

Como ellas, miles de médicos, músicos, pintores, profesores, filósofos, científicos, escritores y artistas desaparecieron en los campos de exterminio. Europa no solo perdió millones de vidas; perdió una parte irreemplazable de su patrimonio intelectual y cultural.

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Por eso el cine continúa regresando a esta historia.

Mientras “Nuremberg: el juicio del siglo” muestra el momento en que el derecho recuperó su dignidad frente a la barbarie, películas como “La zona de interés”, de Jonathan Glazer, revelan la aterradora normalidad con la que el mal puede instalarse en la vida cotidiana. Y “Jojo Rabbit”, de Taika Waititi, eligió un camino distinto: combatir el fanatismo mediante el humor, la ternura y la mirada inocente de un niño.

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La película concluye con uno de los versos más célebres de Rainer Maria Rilke, que resume de forma extraordinaria el sentido de la memoria: “Deja que todo te suceda: la belleza y el terror. Solo sigue adelante. Ningún sentimiento es definitivo.”

Quizá ese sea el verdadero legado de Núremberg.

No se trató únicamente de condenar a unos cuantos criminales nazis. Se trató de demostrar que la ley puede dejar de ser un instrumento del odio —como ocurrió con las Leyes de Núremberg de 1935— para convertirse en el fundamento de la justicia. Se trató de afirmar que ninguna ideología, ningún Estado y ningún líder están por encima de la dignidad humana. Y se trató, también, del esfuerzo de hombres como Ferencz, Rosenthal y Lemkin, que convirtieron el dolor personal y colectivo en instrumentos jurídicos capaces de nombrar el horror y, con ello, de combatirlo.

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Ochenta años después, cuando el antisemitismo vuelve a manifestarse en distintas partes del mundo y el extremismo reaparece bajo nuevas formas, estas películas no son únicamente ejercicios de reconstrucción histórica. Son advertencias.

Porque el Holocausto comenzó con palabras antes que con cámaras de gas; con propaganda antes que con crematorios; con leyes discriminatorias antes que con deportaciones. Y terminó demostrando, en los tribunales de Núremberg, que incluso el mal absoluto puede ser juzgado.

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Esa es la razón por la que el cine sigue regresando a Núremberg. No para revivir el pasado, sino para impedir que el futuro vuelva a repetirlo.

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Por David Rosenthal

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