A los veintitantos años, con todo el aire de rebeliones y cambios de los 60, un muchacho que luego se definiría como “un servidor, Joan Manuel Serrat, casado, mayor de edad, natural de Barcelona…”, buscaba cambiar el mundo con una guitarra, unos versos, su pelo largo, su voz y sus canciones. Para cambiarlo, a veces tuvo que ir al pasado, remontarse a los oscuros tiempos de la Guerra Civil española. Rescatar, a hurtadillas, los poemas prohibidos y quemados de un tal Miguel Hernández, volverlos canción y, desde la canción, llegar a lo más profundo de aquellos que los oyeran. “Mi intención —dijo después— era que la curiosidad llevara los ojos al libro, los ojos al poema y el poema al corazón”.
Ya en el 69 lo había logrado con Antonio Machado, y para lograrlo recorrió los últimos días del poeta, su viaje desde Madrid hasta Coulliure, Francia, huyendo de sus perseguidores, enfermo, casi cadáver. Y estuvo en su tumba, y allí, en medio de las flores que aún le llevaban quienes seguían reverenciándolo después de 30 años, repitió en voz alta, como lo había escrito Machado, “solemos burlarnos de aquello que desconocemos”. De él se burlaron también, pues en tiempos del franquismo, los ultracatalanes no le perdonaron que hubiera cantado en castellano, y decir castellano por aquellos años, era decir Franco, represión, águila imperial, fascismo, muerte, asesinato.
“Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar”, cantaba Serrat sobre las letras de Machado. El régimen de Franco lo incluyó en sus listas negras. Los intelectuales de alta alcurnia, como Manuel Vásquez Montalbán, sentenciaron que su disco era “sumamente irregular y discutible”. Sin embargo, contra unos y otros, el álbum Dedicado a Antonio Machado, poeta, se hizo “camino al andar”. Treinta y un años más tarde, el Ayuntamiento de Sevilla eligió su obra sobre más de 500 como el mejor trabajo audiovisual que se hubiera realizado sobre Machado. Emocionado, tal vez más que unos días antes, cuando le comunicaron que su Mediterráneo era para los españoles y para la revista Rolling Stone la canción más importante del siglo, Serrat agradeció.
Explicó que les había puesto música a los poemas de don Antonio “porque en su lectura descubrí aquello que yo quería decir, aquello que yo no sabía decir y sin embargo estaba allí”. Entonces llegaron el éxito y las persecuciones, decenas de miles de dedos que lo señalaban, para bien y para mal, y en 1971, otro disco, Mediterráneo, que en un principio tituló Amo al mar e Hijo del Mediterráneo. El director artístico del álbum fue Juan Carlos Calderón, quien había trabajado con Luis Eduardo Aute y Massiel, y trabajaría después con Luis Miguel. Para Mediterráneo, “Quizás porque mi niñez sigue jugando en tu playa…”, Serrat quería un ritmo 5/4, a lo Take five de Dave Brubeck, un tema de jazz muy de moda por aquellos años.
“Sin embargo —aclararía Calderón—, salió un 6/4. Inventé una base muy interesante, con batería, percusión y bajo, que no se había hecho hasta entonces. Me costó muchísimo”. Cuando Serrat supo que Mediterráneo era la canción del siglo, dijo que “algo tendrá el agua cuando la bendicen, pero si yo tuviera que elegir una canción mía escogería otra. Es más, no se me ocurriría elegir una canción mía”. Por aquella encuesta, seis de sus canciones se ubicaron entre las mejores 200 de la historia en España: Mediterráneo, Aquellas pequeñas cosas, Cantares, La mujer que yo quiero, Tu nombre me sabe a yerba y Para la libertad. Enterado de la decisión popular, comentó, entre tantas otras cosas, que “tan hermosa como Aquellas pequeñas cosas es De vez en cuando la vida”.
A finales de 1971 Serrat se había decidido por otro disco de poetas. Se llamó Miguel Hernández. La carátula era negra y bajo el nombre de Joan Manuel Serrat iba una foto cuarteada del poeta arengando a sus compañeros, que procedía de fuentes clandestinas. “Conecté con Josefina (Manresa, la viuda de Miguel Hernández), tuve trato con su familia —le confesaría a Diego A. Manrique en Palabras hechas canciones—. Me identificaba con la figura del pastor que se convierte en poeta, un autodidacta que viaja a Madrid y entra en los círculos literarios, donde no estoy seguro de que se le aceptara como un igual, más allá de que fuera un ejemplo de alguien que supera sus inicios proletarios. Y lo que te parte el corazón es su muerte por tuberculosis en la cárcel de Alicante, con 31 años, lejos de toda gloria”.
El disco fue surgiendo en América. Serrat y el músico Francesc Burrul se encerraban después de cada recital para terminar de darles forma a las canciones. Menos tu vientre salió en Buenos Aires; El niño yuntero, en Lima. Lo grabaron en 10 días con 50 músicos. Cuando lo presentaron en Pamplona, Serrat les dedicó una canción a unos compañeros que no habían podido ir. Él y su grupo acabaron en la comisaría. Cada vez más, Serrat era objetivo oficial. El gobierno vigilaba sus pasos, sus palabras, sus canciones, y había reseñado con tinta roja sus tres días de encierro-movilización en el monasterio de Monserrat, junto a otros 300 intelectuales, para protestar por el proceso militar en Burgos contra 16 activistas de la Eta a quienes el gobierno había sentenciado a pena de muerte.
“Para la libertad, sangro, lucho, pervivo./ Para la libertad, mis ojos y mis manos/ como un árbol carnal, generoso y cautivo, / doy a los cirujanos”, cantó entonces, y con otras letras y distintas músicas, seguiría cantando año tras año, década tras década.