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Quedó árido. Con la resequedad del que por 10 años puso su vida en unas páginas y escribió sin descanso un libro y luego otro y otro más, hasta crear sin proponérselo una trilogía que hablaba de Bogotá, de sífilis, de mujeres y lluvia. Cuando el impulso acabó y sus tres obras, La costumbre, Delante de ellas y Los otros y Adelaida salieron a las librerías, el escritor Gonzalo Mallarino esperó un tiempo. Aguardó a que la escritura volviera.
Intentó tres veces un proyecto de novela y las tres veces falló. Estuvo abatido hasta que su desasosiego de escritor encontró a Antonio, un niño de 13 años que desde su interior emergió para contar Santa Rita, una novela sobre las normalidades y bellezas de la infancia.
Los paseos al río, la trepada a los árboles en busca de chicharras, el tendero bonachón que regala golosinas, las navidades y las bicicletas son las cosas que más recuerda Antonio de esa vida idílica que tuvo en tierra caliente, en donde los otros niños le hablaban con acentico en la última sílaba (subí, bajá esa pierna) y que un día montado en un carro que tomaba camino para la hostil tierra fría –en donde habría un futuro más prometedor para sus padres–, perdió para siempre.
“Me dijo que todo el mundo dejaba cosas atrás. Así era la vida. Ella dejaba unas cosas atrás. Mi papá dejaba unas cosas atrás. Mis hermanos también. ¿Yo qué, mamá?, ¿yo qué dejo atrás? –le pregunté. Mi mamá se volteó y me miró otra vez. –Tal vez la niñez, Antonio, tal vez ya se acabó la niñez”.
Después de que el escritor Gonzalo Mallarino dejó su éxito en el mundo de los negocios, según él porque es una persona cargada de la culpa judeo-cristiana y en ese mundo el origen de la culpa es múltiple, después de abandonar la poesía, porque sus historias se sentían estrechas en la rima y después de terminar uno de sus más grandes proyectos, su trilogía, Mallarino encontró en Santa Rita una forma de narrar la Colombia de los años 60, “una historia que a muchos devuelve a sus años más felices y en la que muchos otros encontrarán los vestigios de un país que pudo ser algo que no es”.
Con una escritura sencilla, sin los riesgosos empalagos propios de la voz de un hombre grande que escribe desde la voz de un niño, sin recurrencias autobiográficas, y con una picardía que se revela sobre todo en el momento en el que el personaje se aventura a dar definiciones, esta es una novela que logra que el lenguaje no le juegue trampas a la historia y que al leerla el tono sea verdaderamente fiel a la mirada desprevenida pero ya no ingenua de un joven de 13 años.
Navegar por los mundos pasados, recuperar por un instante lo que la adultez ha arrebatado pueden ser sus grandes méritos, pero como señaló Ricardo Silva durante la presentación del libro, esta historia es mucho más valiente que eso. “Sí, es una guía de viaje por un mundo idílico, y sí, se resiste, consistentemente, a ver la vida como un lugar inhóspito, pero todo lo que narra es cierto. Y se requiere mucho valor para escribir una novela de buena fe”.