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Débora Arango dialoga con Alfonso Quijano, Luis Giraldo y Pedro Nel Gómez

El Claustro de San Agustín de la Universidad Nacional de Colombia presenta “Exvotos de la Desobediencia”, una exposición que propone una lectura urgente del presente a través del arte. Más que una revisión histórica, la muestra plantea que estas imágenes siguen vigentes: interpelan directamente las formas de violencia, exclusión y desigualdad que persisten en nuestra sociedad.

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María Belén Sáez De Ibarra * / Especial para El Espectador
18 de abril de 2026 - 04:05 p. m.
“La Mística” de 1940, acuarela de Débora Arango incluida en la exposición.
“La Mística” de 1940, acuarela de Débora Arango incluida en la exposición.
Foto: Cortesía Minculturas
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La exposición “Exvotos de la Desobediencia” ha suscitado una resonancia poco frecuente: una respuesta intensa, sostenida, que confirma la vigencia de la obra de Débora Arango y la fuerza de las preguntas que plantea. No se trata solo de un reconocimiento a su lugar en la historia del arte, sino de algo más profundo: la constatación de que esos cuerpos —heridos, expuestos, en tensión— siguen hablando de nosotros. En ese encuentro entre la mirada contemporánea y una obra que no ha perdido su filo emerge una experiencia que desborda lo estético y se instala en el terreno de lo ético y lo político.

Vivo sin vivir en mí

En estos cuerpos expuestos —atravesados por la mirada, la norma y la violencia— persiste una tensión antigua: la de un deseo que no encuentra un lugar en el orden que lo contiene. No se trata de una abstracción espiritual, sino de una experiencia concreta: la de existir en condiciones que no permiten coincidir con la vida que se habita.

“Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero”.

Y más adelante:

“¡Ay, qué larga es esta vida!

¡Qué duros estos destierros,

esta cárcel, estos hierros

en que el alma está metida!”.

Escribe Santa Teresa de Ávila.

En esta acuarela de Débora Arango — “La Mística”, de 1940—, la del alma encerrada, atravesada por una vida que no logra contenerla, aparece una clave para comprender su trabajo entero. Trae a la memoria los versos de esta mujer también monja conocida como Teresa de Ávila, de hace varios siglos, pero que sin embargo siguen aludiendo a nuestro presente y a la condición femenina hoy; los cuerpos de Débora (así firmaba muchas de sus obras) no son simplemente figuras representadas: son cuerpos deseantes, encarnados, en tensión, lugares donde la historia se inscribe con violencia y donde fuerzas que los exceden y los atraviesan sin resolverse.

Hay en ellos un desajuste profundo. Los gestos se tensan, las formas se abren, lo humano aparece desbordado por condiciones que lo sobrepasan. Esa deformación no es un recurso expresivo aislado: es la manifestación visible de una vida sometida a presión, a exclusión, a estructuras de poder que la contienen y la deforman. Es precisamente en esa tensión donde emerge la dimensión más radical de su obra.

Lo religioso en Débora no aparece como consuelo ni como promesa de redención. Aparece como conflicto. Como una fuerza que atraviesa la vida de los marginados —mujeres, niños, cuerpos empobrecidos— y que, lejos de elevarlos, evidencia la fractura entre lo que se vive y lo que se espera. La mística deja de ser trascendencia para volverse experiencia encarnada: una conciencia aguda de la imposibilidad de habitar plenamente el mundo.

En ese sentido, sus imágenes no ilustran la fe: la interrogan. Hay algo profundamente inquietante en esa relación. Porque allí donde la tradición religiosa ha ofrecido consuelo, Arango muestra la persistencia del dolor, la desigualdad y la violencia. Y sin embargo, en medio de esa crudeza, algo insiste.

Los cuerpos no desaparecen. No se disuelven en la miseria ni en la opresión que los rodea. Permanecen. Resistiendo incluso cuando todo parece indicar lo contrario. La vida, en su obra, no se presenta como plenitud, sino como insistencia.

Y es en esa insistencia donde su trabajo alcanza una dimensión que podríamos llamar mística, pero en un sentido radicalmente distinto: no como elevación, sino como inmanencia. No como salida del mundo, sino como permanencia en él, incluso cuando ese mundo se presenta como una forma de encierro.

En la obra de Arango, la cárcel no es una metáfora: es una condición. Y sin embargo, incluso allí, la vida insiste. Esa insistencia —callada, irreductible— es ya una forma de desobediencia.

* Bajo la curaduría de María Belén Sáez de Ibarra, la exposición sitúa a Débora Arango como una fuerza crítica desde la cual repensar el país, en tensión con el origen estructural de Pedro Nel Gómez, la violencia territorial de Quijano y la noción de sacrificio en Giraldo. En total son 20 obras de Débora Arango en óleo y acuarela (de 1940 a 1950), así como 12 xilografías en color de Alfonso Quijano, (de 1965 a 1980.) Se integran además el óleo “La barequera en reposo” (1942), de Pedro Nel Gómez, proveniente del proyecto Bachué, junto con el “Tríptico del cordero” (2024), de Luis Giraldo, realizado en ceniza y sangre de cordero sobre papel, perteneciente a las colecciones de la Universidad Nacional de Colombia. El proyecto ha sido posible gracias al préstamo del Museo de Arte Moderno de Medellín, custodio del legado de Débora Arango y a la colección del proyecto Bachué de José Darío Gutiérrez. La exposición se inaugura este sábado 18 de abril a las 11:00 a.m., en el marco de ARTBO Fin de Semana. Claustro de San Agustín, Carrera 8 #7-21, centro de Bogotá. Entrada libre.

Por María Belén Sáez De Ibarra * / Especial para El Espectador

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