Cultura

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18 Mar 2012 - 10:00 p. m.

Desaparecido

Estaba la angustia, sí, pero era más, mucho más que eso. – ¿Quiere una taza de café? –preguntó doña Hermelinda a mis espaldas.

David Franco Arabia

Mirar fijamente las montañas me traía cierto alivio, me ayudaba a evadirme de mí mismo. Y estaba además la niebla, que lo envolvía todo y de algún modo me sedaba, como en un sueño. Pero también estaban las moscas, los primeros rayos de sol y los racimos de plátano que doblaban las palmas y chocaban contra el suelo, y todo eso terminaba por desconcentrarme y devolverme a la conciencia de mi propio cuerpo echado en el barro con las rodillas pegadas al pecho. Entonces me entraban las náuseas y tenía que cerrar los ojos para respirar.

–Venga, levántese de ahí y métase pa dentro que está haciendo mucho frío. Ya le tengo el cafecito servido. Ahorita viene un muchacho del ejército para que le explique lo que pasó. Él lo baja después a la ciudad, quédese tranquilo.

Adentro estaba muy oscuro, olía a madera húmeda y a encierro. Lo único que reflejaba un poco de luz eran los dos frascos de vidrio con gelatina blanca y dulce de guayaba que ya había visto la noche anterior. Los soportaba un aparador de metal con manchas negras. Detrás estaba doña Hermelinda, sentada sobre un bulto de papas. Escuchaba una emisora de vallenatos mal sintonizada mientras remendaba en silencio un pantalón militar. Al verme, señaló con su mano arrugada hacia una esquina de la tienda.

–Siéntese –dijo. Primero no vi nada. Luego distinguí, a ras del piso frente a una mesita rústica de madera, dos troncos rebanados con machete.

Agarré el pocillo con ambas manos y dejé que me quemara las palmas. Emanaba una pequeña columna de vapor sobre la cual puse el mentón. Todavía sentía el efecto de la hierba y de las pepas en mi cabeza. Cerré los ojos y aspiré fuerte. El aroma del café me entró hondo y me despejó un poco la pesadez.

–Ahí está sentado, véalo–. Abrí los ojos. Doña Hermelinda estaba de pie, apuntándome con el mentón.

En la entrada de la tienda había alguien más. Una silueta recortada contra la luz cenicienta del amanecer. Tenía gorra y una metralleta terciada al hombro, y pronto empezó a caminar hacia mí. Era un muchacho de mi edad, acuerpado, vestido con uniforme del Ejército Nacional. El apellido bordado en letras mayúsculas sobre un rectángulo de tela a la altura de su pecho decía ROMÁN.

Se sentó en el tronco de madera al lado mío y puso la gorra y la metralleta encima de la mesa. Sus manos eran largas y huesudas, su rostro serio, chato, con rasgos de niño, pero curtido por la intemperie, su piel muy blanca.

–Trate de calmarse parcero –se frotó los ojos con ambas manos–, así son las cosas por acá. Doña Herme, me hace el favor y me trae un cafecito a mí también. Con pan, si es tan amable. Cuente más bien cómo fue la vaina, qué pasó, a ver si todavía podemos hacer algo.

¿Qué pasó? ¿Qué pasó? Era la misma pregunta que me había estado repitiendo toda la madrugada. En el fondo esperaba que él me ayudara a contestarla. Después de todo, los del Ejército se supone que conocen la zona, saben por qué pasan estas cosas. Me imaginaba que algo tenía que ver con las denuncias que habían estado publicándose en el Independiente. Pero todo había sucedido como en una pésima película de miedo: demasiado horror en demasiado poco tiempo. Y eso en la vida real, no lo supe sino hasta ese día, no aburre sino que paraliza.

–No sé qué decirle. Estábamos tranquilos, enfiestados, yo salí a orinar y cuando me di cuenta llegaron unos tipos encapuchados…

–Aquí está el cafecito mijo–. Doña Hermelinda puso el pocillo sobre la mesa y se paró junto al soldado, pasándole su mano por la cabeza afeitada.

–Gracias viejita. Qué opina ¿ah?, anoche los Escuadrones les dañaron la fiesta a los pelados.

La anciana me enfocó con sus ojillos diminutos, respiró profundo.

– Tómese todo el cafecito, ¿sí mijo?–. Se dio media vuelta y salió de la tienda. A través de la puerta de madera la vi perderse entre los sembrados de plátano.

–Aparte de usted, ¿todos quedaron fritos, ninguno más andaba afuera, alguno que podamos ir a buscar?

Asentí sin mirarlo, con un movimiento mínimo pero que bastó para revolverme las tripas. Confirmar lo que ya sabía me hacía tanto daño como descubrirlo por primera vez.

–Lo siento mucho pelado. Lo que no entiendo es para qué se vienen hasta por acá. ¿Qué necesidad?

Tenía razón, qué necesidad.

–La verdad no sé, yo mismo no lo sé. Ayer salimos de clase y un amigo nos invito a su finca. Cuando me di cuenta ya estábamos acá.

–Muy guevón su amigo, déjeme decirle.

Lo miré al centro de los ojos.

–Es la verdad, no se enoje. Uno por acá no viene a menos que haya nacido acá y tenga familia. De lo contrario viene es obligado a echar bala y viene armado. O más bien las dos cosas al tiempo. Si no mire lo que pasa. ¿Le tocó ver toda la matazón?

Fritos, matazón, la jerga del soldado me hacía pensar que estábamos hablando de dos cosas distintas. Y eso era justamente lo espeluznante, que no era así.

–No, nada, me quedé escondido. Sólo escuché los disparos y luego vi saliendo a los tipos. Se estaban riendo los malparidos. Oí que a uno le decían Rolo, a otro Queso. Después sí entré, no sé ni por qué. Creo que eso fue lo que me jodió.

El soldado bostezó. Se cubrió la boca con una mano.

–Disculpe, yo tampoco he dormido. Sí, esos son los mismos hijueputas que nosotros andamos buscando. Tienen a todo el mundo asustado aquí en el pueblo. Pero me parece muy raro que los hayan ido a quemar a ustedes. A esas gonorreas les gusta es matar campesinos. –Se frotó los ojos una vez más– ¿Se le ocurre algo?

Una mosca aterrizó sobre la mesa. Se quedó inmóvil en medio de los dos. Al verla, el soldado le dejó caer una mano encima, pero la mosca levantó vuelo justo a tiempo y salió de la tienda tejiendo hexágonos en el aire.

– Sí –respondí. Uno de mis amigos era hijo de un periodista del Independiente.

– Ahí está, entonces por ese llevaron todos, así es este país hermano. A uno eso acá se lo dicen desde pelaito y uno aprende a moverse. ¿Sí me entiende? –Miró la metralleta–. Yo no sé a ustedes qué les dirán allá.

De pronto una sombra cubrió la luz que se metía por la puerta; doña Hermelinda entró a la tienda. Traía las manos untadas de tierra y en cada una un racimo de plátanos.

–Ya viene el jeep a recogerlos –dijo–, está abajo.

La mañana se había calentado y las montañas, ahora que la niebla comenzaba a diluirse, se veían mucho más altas. Los picos también daban la sensación de haberse multiplicado. En general, todo parecía estar cobrando vida menos el soldado y yo, que permanecíamos en silencio como dos estatuas de tierra seca adentro de la tienda de madera. Lo miré y me di cuenta de que se había quedado dormido con la cabeza descolgada sobre el pecho. Tenía las botas untadas de barro y la piel sudada. Yo también cerré los ojos, pero en seguida me asaltó la mirada desorbitada de Margarita.

–Listo –levantó la voz doña Hermelinda desde atrás del aparador–, llegó el jeep.

...

Bitácora 67: Alias Queso

Escuadrón de la muerte #36

Escuadrones Autodefensivos de Colombia

En la noche de ayer, a eso de las 23 horas 30 minutos, me encontraba en el pueblo jugando billar con Guevara, alias Rolo, y Carranza (que no sé por qué no tiene alias), cuando recibí una llamada al celular de mi general Prado diciéndome que me necesitaba para una misión de última hora. Hablaba durísimo mi general, se notaba que estaba de muy mal genio.

–Una fuente fiable en Bogotá me informó que el hijo del periodista del Independiente, el bocón ese, se vino con un grupito de gomelos para una finca de uno de ellos acá en La Ceiba. ¿Me escucha Queso?

– Sí mi general.

–Váyase con el Rolo y Carranza y mándele un mensaje al hijueputa ese.

– ¿A quién mi general?

– Pues al periodista, Queso, no sea güevón.

El general me dio las coordenadas del lugar y me explicó la clase de operativo que debíamos llevar a cabo. Inmediatamente transmití las instrucciones al Rolo y a Carranza, y los tres nos fuimos a cambiar y a agarrar las armas. Decidimos que íbamos a usar las pistolas semiautomáticas de compresor de aire con capacidad para doce tiros en línea cada una.

A las 23 horas 45 minutos nos encontramos en la plaza. Carranza llegó unos minutos tarde con la disculpa de que algo le había caído mal en el estómago y tuvo que entrar al baño a último momento. Todos sabemos que Carranza habla mucha mierda y siempre tiene una excusa bien chimba para no llegar a tiempo.

A las 00 horas 30 minutos encontramos el objetivo, una finca seis kilómetros arriba del pueblo, justo en donde inician las plantaciones de plátano, a unos cuantos metros del río Yanaconas. La Victoria, se llama. Les recordé a los muchachos las instrucciones de mi general Prado y nos pusimos las capuchas.

La puerta estaba abierta, así que entramos sin necesidad de tumbarla a pata. El Rolo descargó ahí mismito dos disparos al aire para dejarles saber a los gomelos que la fiesta se había terminado. Había un muchacho descamisado arrodillado frente a una mesa de vidrio armando una línea de coca. Ese fue el que primero llevó del bulto. No sé por qué, pero me dio la impresión de que ese era el hijo del periodista. Apenas levantó la cabeza con los ojos redondos como huevos duros Carranza le clavó tres pepasos en la cara y el cliente cayó al piso como un perro. En ese momento yo me acerqué al equipo de sonido y le bajé a la música, porque era imposible pensar con ese volumen. Todavía quedaban dos muchachas y dos muchachos. El Rolo los acomodó de espalda contra la pared y él mismo los despachó con un tiro de gracia a cada uno. Ya nos íbamos cuando Carranza volvió con el cuento del daño de estómago y dijo que tenía que entrar al baño de urgencia. Ni güevones que fuéramos el Rolo y yo para no darnos cuenta de que iba era a meterse el perico que había agarrado de la mesa. El caso es que treinta segundos después nos pegó un silbido desde el baño. Allá fuimos y lo encontramos manoseando una chimbita de pelo rubio y ojos azules con un culo la cosa más impresionante. “Les presento a Margarita”, nos dijo cagado de la risa con la billetera de la hembrita en la mano.

La pelaita gritaba como una loca y a Carranza parecía que eso lo excitaba más todavía. Yo le dije que hiciera lo que iba hacer rápido, porque ya nos teníamos que ir, y le cerré la puerta. Pero no se demoró nada, al momentico salió todo ensangrentado y con el pantalón abierto. Ni el Rolo ni yo quisimos asomarnos a ver qué porquería había hecho. Más bien lo afanamos para que se moviera. Eran las 00: 45 y afuera todo estaba en silencio menos Carranza, que andaba superembalado y no paraba de hablar caspa. Llegué a mi casa poco después de la 1:30 con un sueño tremendo.

De todos modos no fue mucho lo que pude descansar, porque muy temprano en la madrugada, si mucho tres horas después de haber regresado de La Victoria, alguien tocó a mi puerta. Era doña Hermelinda.

–Les quedó faltando uno –me dijo–. Allá está en la tienda tomándose un café.

Subí la cuesta rapidito y ahí estaba el gomelo, todo desencajado y pálido como un fantasma, acurrucado en un rincón, con una cara de angustia tan berraca que me dio fue pesar. Me dije que si no sabía nada lo iba a dejar ir. Porque eso es lo que dice mi general Prado cuando no está de mal genio, que tampoco tenemos que andar fumigando porque sí a todo el que se aparece. Además tenía cara hasta de buena gente el pelado. Pero de entrada se echó la soga al cuello: de una me fue contando que nos había visto salir de la finca y que había escuchado que a uno le decían Rolo y a otro Queso. Y Queso por acá en estas tierras sólo hay uno.

Yo ya me estaba era quedando dormido cuando llegó Carranza en el jeep; me trepé con el pelado y ahí no más, más adelantico, terminamos esa vuelta y desaparecimos el cuerpo.

...

Doña Hermelinda se acercó al soldado Román y le entregó unos cubitos de gelatina blanca envueltos en una servilleta. Estaba descalza, con las uñas largas y los pies cubiertos de barro. Miró al muchacho que iba al volante, un indio de piel muy oscura con ojos de alcancía, y le dio la bendición en el aire.

–Vayan con Dios –dijo–. Usted también mijo –agregó sin mirarme.

–Ya vieja, no joda más, métase pa dentro –le respondió el indio y aceleró.

El aire estaba fresco, el viento en contra se me metía por los ojos, por la nariz, por la boca. Me costaba creer que pudiera estar tan vivo. Alrededor mío se levantaban cada vez nuevas montañas, los perros nos ladraban desde atrás de los portones de las fincas, un chivo amarrado a un palo amamantaba a un ternero. Yo lo miraba todo con desapego, como si a mí también me hubieran reventado la cabeza de un balazo.

– Carranza, usted definitivamente si es una porquería –increpó Román al indio–. Uno a la mamá no la trata así jamás.

El indio no lo volteó a mirar siquiera, siguió manejando a toda velocidad. El jeep brincaba como un carro destartalado sobre la carretera destapada llena de piedras. “Qué tal esta gonorrea”, murmuró, y aceleró todavía más. De repente, en menos de un segundo, sonó un estallido, el mundo dio un giro de 180 de grados, y nos fuimos de frente contra una zanja.

El soldado Román fue el primero en bajarse. Se paró junto a la llanta de su lado y le soltó una patada.

–Sí ve Carranza, por andar a toda mierda, y por hablarle así a su mamá. Eso le pasa. Cambie esa puta llanta rápido a ver si terminamos hoy la vuelta hermano.

Mientras el indio desatornillaba la llanta de repuesto, el soldado Román se recostó contra un arbolito de guayabas y empezó a rascar un terrón de marihuana que se sacó del bolsillo. El indio se quitó la camisa y se metió debajo del carro para acomodar el gato. Yo abrí la puerta y me paré a un lado de la carretera. En frente mío no había sino verde; muchas clases de verde. La ciudad todavía estaba muy lejos.

–No Carranza, con esto no alcanza ni para pegar un solo baretico –dijo Román abriendo la palma de la mano y poniéndola a ras de piso para que el indio pudiera ver desde abajo del carro.

Me metí una mano al bolsillo y la saqué de nuevo.

–Yo tengo más, úsela toda si quiere–. Le lancé la bolsita plástica a Román.

–Buena pelado, gracias.

A los tres minutos el indio había terminado de cambiar la llanta y nos montamos de nuevo al jeep. Con el porro en la mano, el soldado Román se veía diferente, parecía un niño con un caramelo.

– ¿Quiere? –me ofreció.

– No, gracias.

El indio se lo arrebató de los dedos y le metió dos chupadas largas. Luego levantó la cabeza y exhaló con los labios estirados hacia arriba. Yo seguí el trayecto del humo hasta que se disolvió en el aire. No había una sola nube en el cielo.

– ¿Usted de qué equipo es hincha parcero? –me preguntó Román.

“Del Nacional”, le respondí. Estaba ido, no podía dejar de recordar las excursiones que hacíamos con papá hace muchos años, cuando todavía se podía venir a la montaña y no pasaba nada de esto.

–Buena pelado. Sí pilla Carranza, eso sí es tener buen gusto. Oiga –me miró de lado– está buena esa yerba, yo pensaba que en la ciudad fumaban puro cafuche.

–No –le dije–, en la ciudad nos fumamos la que siembran acá. Pero parece que acá no se consigue.

Román se rió.

–Sabe que sí, tiene razón. A mí me la regala un primo que vive en Ibagué.

El indio lanzó la colilla por la ventana, dobló por un camino de pasto, bajó una pequeña pendiente, dobló de nuevo, se desvió por un potrero enorme y se detuvo al frente de un corral que parecía abandonado.

–Listo Queso, ya deje la güevonada –escupió por la ventana–. Espéreme aquí si quiere.

El soldado Román volteó a mirarme como impulsado por un resorte, con el rostro tenso, brotado. Yo seguí observando las montañas, el cielo.

–No, fresco, déjeme yo hago la vuelta –le contestó–. Luego se bajó del jeep y me pidió que lo acompañara.

FIN

DESPUÉS DEL VIAJE (Conversaciones con papá)

Papá llamó esta mañana temprano. Sonaba ansioso. Me preguntó cómo me sentía. Le dije que bien. Que si no me estaba aburriendo solo por acá. Le dije que un poquito, pero que me gustaba la isla, que estuviera tranquilo. Me dijo que iba a tener que quedarme por una temporada un poco más larga de lo que habíamos acordado, pero que la buena noticia es que él se viene también. Le pregunté si había recibido una nueva amenaza, si había vuelto a publicar algo en el Independiente. Me explicó que no, pero que pronto iba a publicar algo que iba a causar revuelo. Le pregunté qué era. Me dijo que era la crónica de lo que me había pasado en La Ceiba. Me pidió permiso para publicarla en primera persona. Le dije que desde luego, pero que en mi opinión no iba a causar revuelo, pues cosas como esa se publican todo el tiempo. Él me explicó que esta vez era diferente, pues un muchacho desertor de los Escuadrones que quiere que se sepa toda la verdad lo contactó y le entregó un computador de un general del Ejército y que en ese computador encontró la bitácora de uno de los militares que asesinaron a mis amigos en La Victoria. Me quedé mudo. Él me prometió que esta era la última vez que hacía denuncias públicas, que no iba a volver a ponerme en peligro. Antes de colgar me dijo que ya tenía casi toda la crónica escrita, que la había titulado Desaparecido, y que para terminarla sólo le hacía falta que le relatara lo que había pasado cuando entré con el soldado al corral. Le dije, una vez más, que no podía. Se quedó callado. Le expliqué, una vez más, que ese fue el trato que hice con Román. Papá me pidió que al menos le diera el verdadero nombre del soldado. Le dije que no, le volví a repetir que era mejor así. Él suspiró y dijo que me estuviera tranquilo, que él me entendía.

 

FIN

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