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Tras el telón de “La bohème” en Bogotá

La ópera de Giacomo Puccini se estrena el 16 de julio en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, bajo la batuta de Andrés Orozco-Estrada y la dirección artística de Pedro Salazar. El Espectador tuvo acceso al detrás de escenas de esta obra que tendrá funciones adicionales el 18 y 20 de julio.

Andrea Jaramillo Caro

15 de julio de 2026 - 09:34 p. m.
Imagen del segundo acto de "La bohème".
Foto: Juan Diego Castillo-Ramirez
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Las calles parisinas han sido la ambientación de múltiples historias de aventura, terror, acción, drama y amor a lo largo del tiempo. Sin embargo, el gélido invierno de la Ciudad de las Luces se convirtió en 1896 en el escenario para uno de los relatos de amor y tragedia más conocidos del mundo de la ópera: “La bohème”.

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Desde una pequeña buhardilla que se alza sobre el Barrio Latino, el pintor Marcello (Julián Ochoa) trabaja en un lienzo rojo, mientras que su amigo, el poeta Rodolfo (Andrés Agudelo), escribe una obra. Ambos, con el frío invernal invadiéndoles los huesos, cantan sobre cómo su chimenea está desempleada, ya que no tienen dinero suficiente para madera o combustible, por lo que sacrifican las páginas de una obra de teatro que había escrito Rodolfo. Así comienza esta ópera en cuatro actos del compositor Giacomo Puccini.

En medio de su intento por calentar la habitación, llegan el filósofo Colline (Hyalmar Mittroti) y el músico Schaunard (Juan David González), quien adquirió un poco de dinero y quiere celebrar con sus amigos en el Café Momus. Aquí es donde aparece la modista Mimí (Adriana González), quien llega pidiendo ayuda para prender de nuevo su vela y termina enamorándose de Rodolfo.

La soprano guatemalteca Adriana González interpreta a Mimí.
Foto: Daniela Guerrero Astudillo

Mientras que el público observa cómo estos dos personajes comienzan a construir su historia de amor, detrás de escena el ambiente es otro. Para llegar al escenario del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo hay que atravesar varias puertas; la última de ellas se abre a una vista poco convencional. Aquí los personajes dejan de ser el centro de atención y centenares de detalles se unen para ofrecer a la audiencia la obra que vinieron a ver.

El centro del escenario es donde ocurre la función. No obstante, al lado izquierdo, la escenografía diseñada por Julián Hoyos espera su turno para hacer su aparición. El Café Momus del segundo acto, la aduana del tercero y la buhardilla en la que viven los artistas se unen a los cantantes como un personaje más, llegando sobre ruedas y empujados por el equipo de producción o miembros del coro. Mientras que al lado derecho, sobre una fila de mesas se ubica la utilería, como las trompetas, bandejas y el lienzo de Marcello, entre otros objetos.

“Con Pedro Salazar, el director artístico, no vimos ninguna razón para hacer esta ópera en una época diferente a la que aparece en el libreto: 1830. Quisimos enfocarnos más en las dinámicas entre los cuatro jóvenes con un medio que puede ser hostil: los artistas en la obra estaban pasando hambre. Nos ceñimos a las locaciones del libreto y optamos por una paleta de colores reducida, entre blanco y negro, que diera un efecto más crudo”, aseguró Hoyos en entrevista para El Espectador. Además, contó que, aunque la década exacta en la que situaron esta producción no es la original, utilizaron un amplio archivo fotográfico de París hacia la década de 1870 y hacia finales del siglo XIX para ambientar.

Tras bambalinas no hay ni un segundo que perder. Mientras que Rodolfo y Mimí terminan el primer acto, ocultos a un lado del escenario y observando unas pantallas para leer los movimientos del director musical Andrés Orozco-Estrada, Marcello, Colline y Schaunard esperan a que sea el momento preciso para llamar a su amigo. Acto seguido, se retiran del escenario mientras el telón cae, para dar paso a la segunda parte de la historia.

Detrás de escenas de "La Bohème".
Foto: Daniela Guerrero Astudillo

El equipo técnico hala la buhardilla de los artistas hacia el fondo del escenario y empuja las estructuras de la escenografía para crear una esquina del Barrio Latino y el Café Momus. Mientras esto sucede, hay quienes corren de un lado a otro usando el menor tiempo posible para crear ese ambiente parisino. Fuera del escenario, frente a los camerinos, hay todo un revuelo entre actos. Es el coro que se prepara para entrar en escena. Un mar de grises y negros, algunos con elementos de utilería como libros, canastas de pan o flores, desfila por el pasillo, ubicándose a lado y lado para no obstaculizar el paso. Se escuchan conversaciones, murmullos y a algunos preparando sus voces para salir al escenario.

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Luego de la entrada del coro para el segundo acto, la soprano Julieth Lozano, quien interpreta a Musetta, la antigua novia de Marcello, se prepara para hacer su aparición y para cantar la famosa aria “Quando me’n vo”. Portando un vestido rojo, la cantante comienza a hacer estiramientos. Para ella ese momento antes de salir a escena es sumamente sagrado. “Siento que tengo que reunir toda esa fuerza y energía para pasar de Julieth a Musetta. Mi acercamiento al escenario es muy corporal. No solamente debo calentar la voz; a veces es más importante calentar las rodillas para poder hacer todos los movimientos que exige mi personaje, porque no solo debo cuidar mi instrumento, sino también de mí en general”, aseguró la soprano colombiana.

El trabajo de Hoyos se entrelaza con otros equipos, como el del regidor y los tramoyistas, quienes, a partir de unos planos, operan los diferentes elementos como telones y luces para que la visión que planearon surja en el escenario. Para lograr trabajar como una máquina bien aceitada, el escenógrafo comentó que requieren ensayos técnicos en los que se trabaja con rigor para identificar errores y que no lleguen a las funciones. Por otro lado, afirmó que este es un trabajo de cuidado, pues deben tener en cuenta dónde se ubicará cada persona para cuidar que no haya accidentes. Esa danza es la que practican en los ensayos técnicos. La clave, según Hoyos, está en la comunicación, el diálogo y el respeto, pero sin dejar de estar abierto a los “accidentes felices” que pueden darse.

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Detrás de escenas de "La Bohème".
Foto: Daniela Guerrero Astudillo

“Llega un punto en el que el montaje es el que empieza a dar las órdenes, a pedir ciertas cosas y a decir qué funciona y qué no. Por ejemplo, hubo piezas de escenografía que no se utilizaron porque se sentía que ya estorbaban o no funcionaban. Además de esto, es muy importante estar realmente enamorado de la obra”, aseveró.

Para Lozano, el éxito de una función no depende de quienes están frente al público. Para la soprano, cada una de las personas, sea visible o no para la audiencia, carga con una gran responsabilidad; ahí es donde se encuentra la magia de este arte. “Somos un equipo y el éxito de cada parte de esa máquina depende de que todos estemos dando lo mejor. Nuestro bienestar como solistas también depende de las personas que están tras escena moviendo cada parte del escenario y asegurándose de que todo esté en orden para que nosotros podamos crear esa magia que al final el público ve como un mundo nuevo”, contó.

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“La bohème” más allá de las tablas

Cuando esta ópera se estrenó el 1.º de febrero de 1896 en el Teatro Regio de Turín, recibió críticas tan frías como el ambiente de su historia. Sin embargo, esto no impidió que rápidamente se popularizara y comenzara a ser interpretada en diferentes teatros en Italia.

Apenas cuatro meses después de su estreno mundial, la ópera de Puccini atravesó el Océano Atlántico para ser presentada en Buenos Aires. Así comenzó a forjarse su larga historia de presentaciones a nivel mundial.

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“La bohème” surgió a partir de la novela “Escenas de la vida bohemia” (1851) de Henri Murger, una colección de viñetas que se publicaron a lo largo de cinco años y que contaban la vida de unos jóvenes bohemios sin una trama unificada.

La mayor parte del libreto, escrito por Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, es original aunque tomaron elementos prestados de la obra de Murger. Los escritores decidieron concentrarse en la historia de amor entre Rodolfo y Mimí, y en este último personaje decidieron fusionar a la modista con el personaje de Francine, que aparece en la novela. Sin embargo, los actos II y III de la ópera fueron creación completa de los libretistas, mientras que los actos I y IV se mantuvieron similares a la novela.

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La trama de esta ópera refleja una situación que ha trascendido el paso del tiempo, como la precariedad en la que pueden llegar a vivir algunas de las personas que trabajan en las artes.

Para Lozano esta obra es actual, pero al mismo tiempo no. Se puede traducir a nuestra realidad “en el sentido en que podemos conectarnos directamente con esa humanidad y con lo difícil que es para los artistas tener un tipo de vida digno. Hay muchos lugares del mundo donde el arte todavía no se ve como una carrera digna y es un paradigma muy fuerte que espero que cambie y que deje de ser así. Pero hay una parte muy fuerte en Bohème que creo que en varias partes del planeta ya no es tan actual: el aspecto amoroso de esta historia. La figura de la mujer en ‘La bohème’ está condicionada a un espacio cultural y socioeconómico en el que ellas tienen que decidir entre el amor y su bienestar, porque en ese entonces estar con un hombre que no pudiera darte la seguridad de algún lugar para comer y vivir significaba la muerte, porque como mujeres no teníamos muchas opciones en ese entonces. Ahora siento que es distinto. Si esta historia sucediera hoy, tal vez Mimí habría podido trabajar y salvarse”, dijo.

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Por Andrea Jaramillo Caro

Periodista y gestora editorial de la Pontificia Universidad Javeriana, con énfasis en temas de artes visuales e historia del arte. Se vinculó como practicante en septiembre de 2021 y en enero de 2022 fue contratada como periodista de la sección de Cultura.@Andreajc1406ajaramillo@elespectador.com
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