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Diez años de la muerte de Harper Lee: empiece a leer su gran novela “Matar a un ruiseñor”

Hoy se cumple una década de la muerte de la ya clásica narradora estadounidense, cuyas obras acaban de ser reeditadas en Colombia con el sello editorial Lumen. Primer capítulo de “Matar a un ruiseñor”, novela ganadora del Premio Pulitzer en 1961 y elegida por lectores de “The New York Times” como el mejor libro de los últimos 125 años.

Harper Lee * / Especial para El Espectador

19 de febrero de 2026 - 01:00 p. m.
Nelle Harper Lee nació el 28 de abril de 1926, en Monroeville, Alabama, Estados Unidos, y murió en ese mismo lugar el 19 de febrero de 2016. Aquí con la portada de la más reciente edición en español de “Matar a un ruiseñor”.
Foto: Penguin y Getty Images
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Según los expertos, “Matar a un ruiseñor” es una de las novelas de iniciación más icónicas y universales de la literatura contemporánea. Es la historia de dos hermanos que aprenden a ver el mundo con otros ojos y de un padre que se convirtió en un modelo para generaciones de lectores. En el pequeño pueblo de Maycomb, Alabama, durante los años treinta, un hombre negro es acusado de violar a una mujer blanca. Atticus Finch, abogado íntegro y viudo a cargo de sus dos hijos, Jem y Scout, decide ponerse al frente de una defensa imposible. Desde la mirada impregnada de humor y de ternura de la pequeña Scout, Harper Lee explora las grietas de una sociedad dominada por el prejuicio racial, la desconfianza hacia lo diferente, la rigidez de los vínculos familiares y vecinales y un sistema judicial sin garantías de imparcialidad.

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1

Cuando se acercaba a los trece años, mi hermano Jem sufrió una grave fractura del brazo a la altura del codo. Cuando sanó y sus temores de que jamás podría volver a jugar al fútbol se diluyeron, raras veces se acordaba de aquel percance. El brazo izquierdo le quedó algo más corto que el derecho; si estaba de pie o andaba, el dorso de la mano formaba casi un ángulo recto con el cuerpo y el pulgar rozaba el muslo. A Jem no podía preocuparle menos, con tal que pudiera pasar y chutar. (Lea por qué eligieron a “Matar un ruiseñor” como uno de los mejores libros del siglo XX).

Una vez que transcurrieron años suficientes para examinarlos con mirada retrospectiva, a veces discutíamos los acontecimientos que condujeron a aquel accidente. Yo sostengo que Ewell fue la causa primera de todo ello, pero Jem, cuatro años mayor que yo, decía que aquello había empezado mucho antes, durante el verano que Dill vino a vernos, cuando él nos hizo concebir por primera vez la idea de hacer salir a Boo Radley.

Yo replicaba que, puestos a mirar las cosas con tanta perspectiva, todo había empezado en realidad con Andrew Jackson. Si el general Jackson no hubiera perseguido a los indios creek valle arriba, Simon Finch nunca hubiera llegado a Alabama. ¿Dónde estaríamos nosotros entonces?

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Como ya no teníamos edad para terminar la discusión con una pelea, decidimos preguntar a Atticus. Nuestro padre dijo que ambos teníamos razón.

Siendo del Sur, constituía un motivo de vergüenza para algunos miembros de la familia el hecho de que no constara que algunos antepasados nuestros habían participado en la batalla de Hastings. Solo teníamos a Simon Finch, un boticario y peletero de Cornualles, cuya piedad solo cedía el puesto a su tacañería. En Inglaterra, a Simon le irritaba la persecución de los sedicentes metodistas a manos de sus hermanos más liberales, y como Simon se consideraba metodista, cruzó el Atlántico hasta Filadelfia, de ahí bajó a Jamaica, de ahí subió a Mobile, y de ahí subió aún más hasta Saint Stephens. Teniendo muy en cuenta las estrictas normas de John Wesley, Simon logró un buen pasar ejerciendo la medicina, pero luego fue desdichado por haber cedido a la tentación de hacer algo no exclusivamente para la mayor gloria de Dios: acumular oro y otras riquezas. Así, habiendo olvidado lo dicho por su maestro acerca de la posesión de bienes muebles humanos, compró tres esclavos y con su ayuda fundó una heredad a orillas del río Alabama, unas cuarenta millas más arriba de Saint Stephens. Volvió a Saint Stephens una sola vez, a buscar esposa, y con esta estableció una dinastía que empezó con un buen número de hijas. Simon vivió hasta una edad impresionante y murió rico.

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Era costumbre que los hombres de la familia se establecieran en la hacienda de Simon, llamada Finch’s Landing, y se ganasen la vida con el algodón. La propiedad se bastaba a sí misma. Aunque modesta, si se comparaba con los imperios que lo rodeaban, Finch’s Landing producía todo lo necesario para vivir, excepto hielo, harina de trigo y prendas de ropa, pero se los proporcionaban las embarcaciones fluviales de Mobile.

Simon habría mirado con rabia impotente la guerra entre el Norte y el Sur, pues esta despojó a sus descendientes de todo menos de sus tierras; a pesar de lo cual la tradición de vivir en ellas continuó inalterable hasta bien entrado el siglo XX, cuando mi padre, Atticus Finch, se fue a Montgomery a aprender derecho, y su hermano menor a Boston a estudiar medicina. Su hermana Alexandra fue la Finch que se quedó en el Landing. Se casó con un hombre taciturno que se pasaba la mayor parte del tiempo tendido en una hamaca, junto al río, preguntándose si sus redes de pesca tendrían ya su presa.

Cuando mi padre fue admitido en el Colegio de Abogados, regresó a Maycomb para ejercer su profesión. Maycomb, unas veinte millas al este de Finch’s Landing, era la capital del condado de mismo nombre. La oficina de Atticus en el edificio del juzgado contenía poco más que una percha para sombreros, un tablero de damas, una escupidera y un impoluto Código de Alabama. Sus dos primeros clientes fueron las dos últimas personas del condado que murieron en la horca. Atticus les había pedido que aceptasen la benevolencia del estado, que les conmutaría la pena capital si se declaraban culpables de un homicidio en segundo grado, pero eran dos Haverford, un nombre que en Maycomb es sinónimo de borrico tozudo. Los Haverford habían liquidado al herrero más importante de Maycomb por un malentendido a raíz de la supuesta retención de una yegua. Fueron bastante prudentes para realizar la faena delante de tres testigos y se empeñaron en que «ese hijo de mala madre se lo buscó» y que ello era defensa sobrada para cualquiera. Se obstinaron en declararse inocentes de homicidio en segundo grado, de modo que Atticus pudo hacer poca cosa por sus clientes, excepto asistir a su ejecución, ocasión que señaló, probablemente, el comienzo de la profunda antipatía que profesaba mi padre a algunas disposiciones del derecho penal.

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Durante los primeros cinco años en Maycomb, Atticus practicó más que nada el derecho financiero y logró pagar la educación de su hermano. John Hale Finch tenía diez años menos que mi padre, y decidió estudiar medicina en una época en que ya no valía la pena cultivar algodón. Pero una vez que tuvo a tío Jack bien encauzado, Atticus cosechó unos ingresos razonables del ejercicio de la abogacía. Le gustaba Maycomb, había nacido y se había criado en aquel condado; conocía a sus conciudadanos, y gracias a la antigua laboriosidad de Simon Finch, Atticus estaba emparentado por sangre o por casamiento con casi todas las familias de la ciudad.

Maycomb era una población antigua, pero cuando yo la conocí también era una población fatigada. En los días lluviosos las calles se convertían en un barrizal rojizo; la hierba crecía en las aceras, y el edificio del juzgado parecía que iba a desplomarse sobre la plaza. En verano hacía mucho calor: los perros sufrían durante el día y las flacas mulas enganchadas a los carros espantaban moscas a la sofocante sombra de las encinas de la plaza. A las nueve de la mañana, los cuellos duros de los hombres perdían su tiesura. Las damas se bañaban antes del mediodía y después de la siesta de las tres, pero al atardecer estaban como blandos pastelillos recubiertos de sudor y talcos.

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La gente se movía despacio. Cruzaba cachazudamente la plaza, entraba y salía de las tiendas con paso calmoso, se tomaba su tiempo para todo. El día tenía veinticuatro horas, pero parecía más largo. Nadie tenía prisa, porque no había a donde ir, nada que comprar ni dinero con que comprarlo, ni nada que ver fuera de los límites del condado. Sin embargo, era una época de vago optimismo para algunas personas: al condado de Maycomb se le había dicho que no tenía nada que temer, sólo al miedo mismo.

Atticus, Jem y yo, además de nuestra cocinera Calpurnia, vivíamos en la principal calle residencial de la población. Jem y yo hallábamos a nuestro padre plenamente satisfactorio: jugaba con nosotros, nos leía y nos trataba cortésmente.

Calpurnia, en cambio, era otra cosa. Toda ángulos y huesos, era miope y bizca; tenía manos anchas como travesaños de cama, y dos veces más duras. Siempre me echaba de la cocina, y me preguntaba por qué no podía portarme tan bien como Jem, aun sabiendo que él era mayor, pero me llamaba cuando yo quería marcharme de casa. Nuestras batallas resultaban épicas y con un final invariable: Calpurnia vencía siempre, más que nada porque Atticus siempre se ponía de su parte. Estaba con nosotros desde el nacimiento de Jem, y yo sentía su tiránica presencia desde que tenía memoria.

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Nuestra madre murió cuando yo tenía dos años, de modo que no notaba su ausencia. Era una Graham, de Montgomery. Atticus la conoció la primera vez que lo eligieron para la legislatura estatal. Entonces ya era un hombre hecho y derecho; ella tenía quince años menos. Jem fue el fruto de su primer año de matrimonio; cuatro años después nací yo, y dos años más tarde mamá murió de un repentino ataque cardiaco. Decían que era cosa corriente en su familia. Yo no la eché de menos, pero creo que Jem sí. La recordaba claramente; a veces, en medio de un juego soltaba un largo suspiro y se marchaba para estar solo detrás de la cochera. Cuando se ponía así, yo tenía el buen criterio de no molestarle.

Cuando yo estaba a punto de cumplir seis años y Jem se acercaba a los diez, nuestras fronteras infranqueables durante el verano (es decir, al alcance de la voz de Calpurnia) eran la casa de la señora Henry Lafayette Dubose, dos puertas al norte de la nuestra, y la Mansión Radley, tres puertas hacia el sur. Jamás sentimos la tentación de traspasarlas. La Mansión Radley la habitaba un ente desconocido, la mera descripción del cual hacía que nos portáramos bien durante días. La señora Dubose era el mismísimo demonio.

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Aquel verano vino Dill.

Una mañana temprano, cuando empezábamos nuestra jornada de juegos en el patio trasero, Jem y yo oímos algo allí al lado, en el parterre de coles de la señorita Rachel Haverford. Fuimos hasta la valla de alambre para ver si era un cachorrillo —la perra caza-ratones de la señorita Rachel estaba preñada— y en lugar de ello vimos a un sujeto que nos miraba. Sentado en el suelo no era mucho más alto que las coles. Lo miramos fijamente hasta que habló.

El 5 de noviembre de 2007 el presidente de los Estados Unidos, George Bush, otorgó a Harper Lee la Medalla Presidencial de Libertad por su carrera literaria.
Foto: George W. Bush Presidential Library and Museum - Eric Draper

—Hola.

—Hola, tú —contestó Jem.

—Soy Charles Baker Harry —dijo el otro—. Sé leer.

—¿Y qué? —dije.

—Solo he pensado que os gustaría saber que sé leer. Si tenéis algo que sea preciso leer, yo puedo encargarme...

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó Jem—. ¿Cuatro y medio?

—Voy por los siete.

—Entonces no te ufanes —replicó Jem, señalándome con el pulgar—. Aquí, Scout lee desde que nació, y ni siquiera ha empezado la escuela. Estás muy canijo para tener siete años.

—Soy pequeño pero mayor.

Jem se apartó el pelo para mirarlo mejor.

—¿Por qué no pasas a este lado, Charles Baker Harry? —dijo—. ¡Señor, qué nombre!

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—No es más curioso que el tuyo. Tía Rachel dice que te llamas Jeremy Atticus Finch.

Mi hermano arrugó la frente.

—Soy lo bastante alto para estar a tono con mi nombre —replicó—. El tuyo es más largo que tú. Apuesto a que tiene un palmo más que tú.

—La gente me llama Dill —dijo Dill, mientras intentaba pasar por debajo de la valla.

—Te irá mejor si pasas por encima —le aconsejé—. ¿De dónde sales?

Dill era de Meridian, Mississippi, pasaba el verano con su tía Rachel, y en adelante pasaría todos los veranos en Maycomb. Su familia era originaria de nuestro condado; su madre trabajaba para un fotógrafo en Meridian, y había presentado el retrato de Dill en un concurso de niños guapos, por el que había ganado cinco dólares. Este dinero se lo dio a Dill, que lo gastó en ir veinte veces al cine.

—Aquí no hay exposiciones de retratos, excepto a veces los de Jesús en el juzgado —dijo Jem—. ¿Viste alguna película buena?

Dill había visto Drácula, declaración que impulsó a Jem a mirarle con cierto respeto.

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—Cuéntanosla —le pidió.

Dill era un chico muy curioso. Llevaba unos pantalones cortos azules abrochados a la camisa, tenía el pelo blanco como la nieve y pegado a la cabeza lo mismo que si fuera plumón de pato. Me aventajaba en un año, pero yo era un gigante a su lado. Mientras nos relataba la vieja historia del vampiro, sus ojos azules se iluminaban y se oscurecían; tenía una risa repentina y feliz, y solía tirarse de un mechón que le caía sobre la frente.

Cuando Dill hubo dejado a Drácula hecho polvo y Jem dijo que la película parecía mejor que el libro, yo le pregunté por su padre.

—No nos has dicho nada de él —añadí.

—No tengo ninguno.

—¿Ha muerto?

—No...

—Entonces, si no ha muerto, lo tienes, ¿verdad?

Dill se sonrojó y Jem me dijo que me callase, signo seguro de que, después de estudiarlo, le encontraba aceptable. Desde entonces el verano transcurrió en medio de una diversión constante. Tal diversión consistía en mejorar nuestra cabaña, sostenida por dos altos cinamomos en el patio trasero, en promover alborotos y en interpretar nuestra lista de piezas basadas en obras de Oliver Optic, Victor Appleton y Edgar Rice Burroughs. Para esto fue una suerte contar con Dill, el cual asumía los papeles que antes me asignaban a mí: el mono de Tarzán, Crabtree en The Rover Boys, Damon en Tom Swift. De este modo llegamos a considerar a Dill una especie de Merlín de bolsillo, cuya cabeza estaba llena de proyectos excéntricos, extrañas ambiciones y fantasías raras.

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Pero a finales de agosto nuestro repertorio se había vuelto soso de tanto repetir las mismas piezas, y entonces fue cuando Dill nos dio la idea de hacer salir a Boo Radley.

La Mansión Radley lo fascinaba. A despecho de todas nuestras advertencias y explicaciones, le atraía como la luna atrae al agua, aunque nunca más allá de la farola de la esquina, a una distancia prudencial de la puerta de los Radley. Allí se quedaba Dill, rodeando el grueso poste con el brazo, mirando y haciendo conjeturas.

La Mansión Radley describía una cerrada curva más allá de nuestra casa. Andando hacia el sur, pasabas por delante del porche donde la acera hacía un recodo y discurría paralela a la finca. La casa era baja, con un espacioso porche y persianas verdes; en otro tiempo había sido blanca, pero hacía mucho que tenía el tono gris pizarra del patio que la rodeaba. Unas tablas consumidas por la lluvia descendían sobre los aleros de la galería; unos robles cerraban el paso a los rayos del sol. Los restos de una cerca formaban como una guardia de borrachos en el patio frontal —un patio que no se barría jamás—, en el que crecían a sus anchas los hierbajos y el hinojo.

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La casa estaba habitada por un fantasma maligno. La gente aseguraba que existía, pero Jem y yo nunca lo habíamos visto. Decían que salía de noche, después de ponerse la luna, y espiaba por las ventanas. Cuando las azaleas de los patios se helaban en una noche fría, era porque el fantasma les había echado el aliento. Todos los pequeños delitos furtivos cometidos en Maycomb eran obra suya. En una ocasión, la ciudad vivió aterrorizada por una serie de mórbidos acontecimientos: encontraban pollos y animales domésticos mutilados, y aunque el culpable era Addie el Loco, quien con el tiempo se suicidó ahogándose en el Remanso de Barker, la gente seguía fijando la mirada en la Mansión Radley, resistiéndose a desechar sus primeras sospechas. Un negro no habría pasado por delante de la mansión por la noche: antes cruzaría a la acera opuesta y no cesaría de silbar mientras caminaba. El patio de la escuela de Maycomb lindaba con la parte trasera de la finca Radley; desde el gallinero de los Radley, altos nogales dejaban caer sus frutos dentro del patio, pero los niños no tocaban ni una sola de aquellas nueces: las nueces de Radley te envenenaban. Una pelota que fuese a caer al patio de los Radley era una pelota perdida, y no se hablaba más del asunto.

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La desgracia de aquella casa empezó muchos años antes de que naciésemos Jem y yo. Los Radley, bien recibidos en todas partes, se encerraban en su casa, costumbre imperdonable en Maycomb. No iban a la iglesia, la diversión principal de Maycomb, sino que celebraban el culto en casa. La señora Radley pocas veces o nunca cruzaba la calle para disfrutar del café de media mañana con las vecinas, y ciertamente jamás intervino en ningún círculo misional. El señor Radley iba a la ciudad todas las mañanas a las once y media y volvía prestamente a las doce, trayendo a veces una bolsa de papel pardo que los vecinos suponían que contenía las provisiones de la familia. Jamás supe cómo se ganaba la vida el viejo Radley —Jem decía que «compraba algodón», una manera fina de decir que no hacía nada—, aunque los Radley vivían allí con sus dos hijos desde mucho antes de lo que la gente podía recordar.

Los domingos, las persianas y puertas de la mansión permanecían cerradas, otro detalle ajeno a los usos de Maycomb, donde las puertas cerradas significaban enfermedad o tiempo frío. De todos los días, los domingos eran los preferidos para ir de visita, por la tarde. Las señoras llevaban corsé, los hombres chaqueta y los niños zapatos. Pero subir los peldaños de la Mansión Radley y gritar «¡Hola!» una tarde de domingo era cosa que los vecinos jamás hacían. La casa no tenía puertas vidrieras. Una vez pregunté a Atticus si las había tenido alguna vez, y Atticus dijo que sí, pero antes de nacer yo.

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Según la leyenda de la vecindad, el joven Radley en su adolescencia entabló relación con algunos Cuninghams, de Old Sarum, un enorme y confuso clan que vivía en el norte del condado, y formaron la cosa más aproximada a una banda que se haya visto jamás en Maycomb. Sus actividades no eran muchas, pero sí suficientes para que la ciudad hablase de ellos y les advirtieran públicamente desde tres púlpitos. Se les veía por los alrededores de la barbería; los domingos se marchaban con el autobús a Abbottsville e iban al cine; frecuentaban los bailes y el garito de juego del condado, a la orilla del río: la Posada y Campamento Pesquero Gota de Rocío; y probaban el whisky de contrabando. En Maycomb nadie tuvo coraje para informar al señor Radley de que su hijo iba en mala compañía.

Una noche, llevados por un consumo excesivo de licor, los muchachos corrieron por la plaza en un pequeño automóvil prestado, se resistieron al anciano alguacil de Maycomb, Conner, y le encerraron en el pabellón exterior del edificio del juzgado. La ciudad decidió que había que hacer algo. Conner dijo que los había reconocido a todos, y estaba decidido a que esa vez no se saliesen con la suya. De modo que los muchachos tuvieron que presentarse ante el juez, acusados de conducta desordenada, alteración del orden público, asalto con violencia y de usar un lenguaje soez e inmoral en presencia de las señoras. El juez le preguntó a Conner por qué incluía esta última acusación, y este contestó que blasfemaban con voz tan fuerte que estaba seguro de que todas las damas de Maycomb les habían oído. El juez decidió enviarlos a la escuela industrial de Maycomb, adonde enviaban a veces a otros muchachos con el solo objeto de procurarles un albergue decente: la escuela industrial no era una cárcel ni una deshonra. Pero el señor Radley creyó que sí lo era. Si el juez ponía en libertad a Arthur, el señor Radley se encargaría de que no volviese a dar motivos de queja. Sabiendo que la palabra de Radley era una escritura ante notario, el juez aceptó con satisfacción.

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Los otros muchachos estuvieron en la escuela industrial y recibieron la mejor enseñanza secundaria que se podía recibir en el estado; con el tiempo, uno de ellos llegó a la escuela de ingeniería de Auburn. Las puertas de la casa Radley se cerraron los días de entre semana lo mismo que los domingos, y al hijo del señor Radley no se le vio durante quince años.

Pero un día que Jem apenas recordaba, varias personas vieron y oyeron a Boo Radley. Mi hermano decía que Atticus nunca hablaba mucho de los Radley. Si él le preguntaba algo, Atticus se limitaba a contestarle que se ocupase de sus asuntos y dejase que los Radley cuidasen de los suyos, que estaban en su derecho; pero cuando llegó aquel día, decía Jem, Atticus movió la cabeza y dijo:

—Humm, humm, humm.

Así pues, Jem recibió la mayor parte de la información que poseía de Stephanie Crawford, una arpía de la vecindad que decía conocer todo el caso. Según la señorita Stephanie, Boo estaba sentado en la sala recortando unos artículos del Maycomb Tribune para pegarlos en su álbum. Entonces su padre entró en el cuarto y cuando pasó por delante, Boo le clavó las tijeras en la pierna, las sacó, se las limpió en los pantalones y volvió a su ocupación.

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La señora Radley salió corriendo a la calle y se puso a gritar que Arthur les estaba matando, pero cuando llegó el sheriff encontró a Boo sentado en la sala recortando el Tribune. Tenía entonces treinta y tres años.

La señorita Stephanie contaba que cuando le indicaron que una temporada en Tuscaloosa quizá curaría a Boo, el señor Radley dijo que ningún Radley iría jamás a un asilo. Boo no estaba loco, lo que ocurría era que en ocasiones tenía el genio vivo. Estaba bien que lo encerrasen, concedió el señor Radley, pero insistió en que no se le acusara de nada; no era un criminal. El sheriff no tuvo el valor de meterlo en un calabozo en compañía de negros, con lo cual Boo fue a parar a los sótanos del juzgado.

El regreso de Boo a su casa no había quedado claro en el recuerdo de Jem. La señorita Stephanie dijo que alguien del concejo municipal había advertido al señor Radley que si no se llevaba a Boo, este moriría del reuma que le produciría la humedad de aquellos sótanos. Por otra parte, Boo no podía seguir viviendo siempre de la munificencia del condado.

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Nadie sabía qué forma de intimidación empleó el señor Radley para mantener a Boo fuera de la vista, pero Jem se figuraba que lo tenía encadenado a la cama la mayor parte del tiempo. Atticus dijo que no, que no era eso, que había otras maneras de convertir a las personas en fantasmas.

Mi memoria recogía ávidamente la imagen de la señora Radley abriendo de tarde en tarde la puerta de la casa para salir al porche a regar sus plantas. En cambio, al señor Radley lo veíamos yendo y viniendo de la ciudad. Era un hombre delgado y correoso con unos ojos incoloros, tan incoloros que no reflejaban la luz. Tenía pómulos agudos y boca grande, con el labio superior delgado y el inferior carnoso. Stephanie Crawford decía que era tan recto que tomaba la palabra de Dios como única ley, y nosotros la creíamos, porque Radley andaba tieso como una baqueta.

Jamás nos hablaba. Cuando pasaba, bajábamos los ojos al suelo y decíamos:

—Buenos días, señor.

Y él, en respuesta, tosía.

El hijo mayor de los Radley vivía en Pensacola; venía a su casa por Navidad, y era una de las pocas personas que veíamos entrar y salir de la vivienda. Desde el día en que el señor Radley se llevó a Arthur a casa, la gente dijo que aquella mansión había muerto.

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Pero llegó el día en que Atticus nos amenazó con castigarnos severamente si hacíamos el menor ruido en el patio, y comisionó a Calpurnia para que lo sustituyese en su ausencia si desobedecíamos la orden. El señor Radley estaba agonizando.

Se tomó su tiempo para morir. A cada extremo de la finca Radley colocaron caballetes de madera, cubrieron la acera de paja y desviaron el tráfico hacia la calle trasera. Cada vez que visitaba al enfermo, el doctor Reynolds aparcaba el coche delante de casa, y luego seguía a pie. Jem y yo nos arrastramos por el patio días y días. Al final quitaron los caballetes, y nosotros nos plantamos a mirar desde el porche cuando el señor Radley hizo su último viaje por delante de nuestra casa.

—Ahí va el hombre más ruin a quien Dios puso aliento en el cuerpo —murmuró Calpurnia, y escupió meditativamente al patio.

Nosotros la miramos sorprendidos, porque Calpurnia raras veces hacía comentarios sobre la manera de ser de las personas blancas.

Los vecinos pensaban que cuando el señor Radley bajara al sepulcro, Boo saldría, pero lo que vieron fue otra cosa. El hermano mayor de Boo regresó de Pensacola y ocupó el puesto del padre. La única diferencia que había entre ellos era la edad. Jem decía que Nathan también «compraba algodón». Sin embargo, Nathan nos dirigía la palabra, al darnos los buenos días, y a veces le veíamos regresar del centro con una revista en la mano.

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Cuanto más hablábamos a Dill de los Radley, más quería saber; cuantos más ratos pasaba de pie abrazado al poste de la farola, más intrigado se sentía.

—Me gustaría saber qué hace allí dentro —solía murmurar—. Al menos debería asomar la cabeza por la puerta, ¿no?

—Sin duda sale a altas horas de la noche —decía Jem—. La señorita Stephanie dijo que una vez se despertó a medianoche y le vio mirándola fijamente a través de la ventana... Dijo que fue como si la estuviese mirando una calavera. ¿Nunca te has despertado de noche y le has oído, Dill? Anda así... —Arrastró los pies por la gravilla—. ¿Por qué te figuras que la señorita Rachel cierra con tanta precaución por las noches? Muchas mañanas he visto sus huellas en nuestro patio, y una noche le oí arañar la puerta vidriera de la parte de atrás, pero cuando Atticus fue a mirar ya se había marchado.

—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Dill.

Jem le hizo una descripción aceptable. A juzgar por sus pisadas, Boo medía unos dos metros de estatura; comía ardillas crudas y todos los gatos que atrapaba, por eso tenía las manos manchadas de sangre (si uno se come un animal crudo, jamás podrá limpiarse la sangre). En la cara tenía una cicatriz irregular; los pocos dientes que conservaba estaban amarillentos y podridos; tenía los ojos saltones y la mayor parte del tiempo babeaba.

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—Probemos a hacerlo salir —propuso Dill—. Me gustaría verlo.

Jem contestó que si le apetecía morir, le bastaba con ir allí y llamar a la puerta.

Nuestra primera incursión se produjo únicamente porque Dill apostó El fantasma gris contra dos Tom Swift de Jem a que este no pasaría de la puerta del patio. Jem no había rechazado un desafío en toda su vida.

Se lo pensó tres días enteros. Supongo que amaba el honor más que su propio pellejo, porque al final aceptó el reto.

—Tienes miedo —le dijo Dill el primer día.

—No tengo miedo, sino respeto —replicó él.

Al día siguiente Dill dijo:

—Tienes demasiado miedo para poner siquiera el dedo gordo del pie en el patio de la casa.

Jem dijo que se figuraba que no, que había pasado por delante de la Mansión Radley todos los días de su vida.

—Siempre corriendo —aclaré.

Pero Dill lo cazó el tercer día, al decirle que la gente de Meridian no era tan miedica como la de Maycomb, y que jamás había visto personas tan medrosas como las de nuestra ciudad.

Esto bastó para que Jem fuese hasta la esquina, donde se paró junto a la farola y contempló la puerta del patio suspendida precariamente de su gozne de manufactura casera.

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—Supongo que eres consciente de que nos matará a todos, ¿verdad, Dill Harry? —dijo Jem cuando nos reunimos con él—. Luego no me eches la culpa cuando Boo te saque los ojos. Recuerda que tú lo has provocado.

—Miedica —murmuró Dill con obstinación.

Jem quiso que Dill supiese de una vez para siempre que no tenía miedo a nada, así que respondió:

—Lo que sucede es que estoy pensando alguna manera de hacerle salir sin que nos coja.

Cuando pronunció estas palabras supe que sí tenía miedo. Por lo visto, Jem estaba pensando en su hermanita. También había pensado en su hermanita aquella vez que lo reté a que saltara desde el tejado de casa. «Si me matase, ¿qué sería de ti?», me preguntó. Luego saltó, aterrizó sin el menor daño y su sentido de la responsabilidad lo abandonó... hasta encontrarse con el reto de la Mansión Radley.

—¿Huirás corriendo de un desafío? —lo azuzó Dill—. Si es así, entonces...

—Uno ha de pensar bien estas cosas, Dill —contestó Jem—. Déjame pensar un minuto... Es una cosa así como hacer salir una tortuga...

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—¿Cómo se hace eso? —inquirió Dill.

—Poniéndole una cerilla encendida debajo.

Yo le advertí que si prendía fuego a la casa de los Radley se lo contaría a papá.

Dill dijo que encender una cerilla debajo de una tortuga era una cosa odiosa.

—No es odiosa, sirve simplemente para convencerla... No es lo mismo que si la asaras en el fuego —refunfuñó Jem.

—¿Y cómo sabes que la cerilla no la hace sufrir?

—Las tortugas no sienten nada, estúpido —replicó Jem.

—¿Has sido tortuga alguna vez, eh?

—¡Por Dios, Dill! Venga, déjame pensar... Me figuro que podríamos amansarlo...

Jem se quedó pensando tanto rato que Dill hizo una pequeña concesión:

—Si subes allí y tocas la casa no diré que has huido ante un reto y te daré igualmente El fantasma gris.

A Jem se le iluminó el semblante.

—¿Tocar la casa? ¿Nada más?

Dill asintió con la cabeza.

—¿Seguro que eso es todo? No quiero que cambies de opinión cuando regrese.

—Sí, eso es todo —contestó Dill—. Cuando él te vea en el patio, probablemente saldrá a perseguirte; entonces Scout y yo saltaremos sobre él y lo sujetaremos hasta que entienda que no vamos a hacerle ningún daño.

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Abandonamos la esquina, cruzamos la calle lateral que desembocaba delante de la Mansión Radley y nos paramos en la puerta del patio.

—Bien, adelante —dijo Dill—. Scout y yo te seguiremos.

—Ya voy, no me des prisa.

Fue hasta la esquina de la finca y luego regresó estudiando el terreno, como si decidiera la mejor manera de entrar. Arrugaba la frente y se rascaba la cabeza.

Yo me reí en son de mofa.

Jem abrió la puerta de un empujón, corrió hacia un lado de la casa, dio un golpe a la pared con la palma de la mano y regresó velozmente, dejándonos atrás, sin esperar para ver si su correría tenía éxito. Dill y yo lo seguimos de inmediato. Una vez a salvo en nuestro porche, jadeando sin aliento, miramos.

La vieja casa seguía igual, caída y enferma, pero mientras la contemplábamos nos pareció ver que una persiana interior se movía. Un movimiento leve, casi imperceptible, y la casa continuó silenciosa.

2

Dill nos dejó en septiembre, para regresar a Meridian. Lo acompañamos a coger el autobús de las cinco. Sin él me sentí desdichada, hasta que pensé que al cabo de una semana empezaría a ir a la escuela. Jamás he esperado nada con tanto anhelo. Las horas del invierno me habían sorprendido en la caseta de los árboles, mirando hacia el patio de la escuela, espiando a los chiquillos con un anteojo de dos aumentos que Jem me había dado, aprendiendo sus juegos, siguiendo la chaqueta roja de Jem entre los corros, compartiendo en secreto sus desdichas y sus pequeñas victorias. Ansiaba reunirme con ellos.

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Jem condescendió a llevarme a la escuela el primer día, algo que normalmente hacen los padres de uno, pero Atticus había dicho que a mi hermano le encantaría enseñarme mi clase. Creo que para que accediera a ello algún dinero cambió de manos, porque mientras doblábamos al trote la esquina tras dejar atrás la casa de los Radley, oí un tintineo nada familiar en los bolsillos de Jem. Ya al entrar en el patio de la escuela, él se ocupó de advertirme que durante las horas de clase no debía molestarlo. No me acercaría para pedirle que representásemos un capítulo de Tarzán y el hombre de las hormigas, ni para avergonzarlo con referencias a su vida privada, y tampoco andaría tras él durante el descanso del mediodía. Me quedaría con los de primer grado y él permanecería con los de quinto. En resumen, tenía que dejarlo en paz.

—¿Quieres decir que ya no podremos jugar más? —le pregunté.

—En casa todo será igual que siempre —contestó—, pero en la escuela las cosas son distintas.

Lo eran, en efecto. Antes de que terminase la primera mañana, la señorita Caroline Fisher, nuestra maestra, me arrastró hacia la parte delantera de la sala y me pegó en la palma de la mano con su regla; luego me hizo permanecer de pie en el rincón hasta el mediodía.

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La señorita Caroline no pasaba de los veintiún años. Tenía el cabello rojizo y brillante, las mejillas rosadas y se pintaba las uñas con esmalte carmesí. Llevaba también zapatos de tacón alto y un vestido a rayas rojas y blancas. Olía como una gota de peppermint y tenía su mismo aspecto. Vivía al otro lado de la calle, una puerta más abajo que nosotros, en el cuarto delantero del piso superior de la señorita Maudie Atkinson. Cuando la señorita Maudie nos la presentó, Jem se pasó varios días como atontado. La señorita Caroline escribió su nombre en la pizarra y dijo:

—Esto significa que soy la señorita Caroline Fisher. Soy del norte de Alabama, del condado de Winston.

La clase murmuró con aprensión, temiendo que poseyera algunas de las peculiaridades propias de aquella región. (Cuando Alabama se separó de la Unión, el 11 de enero de 1861, el condado de Winston se separó de Alabama, y todos los niños de Maycomb lo sabían). El norte de Alabama estaba lleno de magnates del licor, fabricantes de whisky, republicanos, profesores y personas sin abolengo.

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La señorita Caroline empezó el día leyéndonos una historia sobre los gatos. Los gatos sostenían largas conversaciones los unos con los otros, llevaban unos trajecitos muy monos y vivían en una casa calentita debajo de la estufa de la cocina. Para cuando la Señora Gata llamaba a la tienda pidiendo que le mandasen unos ratones de chocolate, en la clase reinaba un auténtico caos. La señorita Caroline parecía no darse cuenta de que los andrajosos alumnos del primer curso, con camisas de franela y faldas de tela de saco, muchos de los cuales llevaban cosechando algodón y cebando cerdos desde que sabían andar, eran inmunes a la literatura. Llegó al final del cuento y exclamó:

—¿No ha sido bonito?

Luego se acercó a la pizarra y escribió el alfabeto con enormes letras mayúsculas de imprenta, tras lo cual se volvió hacia la clase y preguntó:

—¿Alguno de vosotros sabe lo que son?

Casi todos lo sabían; la mayoría estaba allí desde el año anterior, ya que no había pasado de curso.

Supongo que me escogió a mí porque conocía mi nombre. Mientras yo leía el alfabeto una leve arruga apareció entre sus cejas, y después de pedirme que leyese en voz alta gran parte de Mis primeras lecturas y la página de información bursátil del Mobile Register, descubrió que yo era letrada y me miró con algo más que un leve desagrado. Me pidió que le dijese a mi padre que no me enseñase nada más, pues ello podía ser incompatible con las clases.

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—¿Enseñarme? —exclamé sorprendida—. Mi padre no me ha enseñado nada, señorita Caroline. Atticus no tiene tiempo para esas cosas. Por la noche está tan cansado que todo lo que hace es sentarse en la sala y leer.

—Si no te enseñó él, ¿quién ha sido? —preguntó la señorita Caroline—. Porque alguno habrá sido. Tú no naciste leyendo el Mobile Register.

—Pues Jem dice que lo hice.

Por lo visto, la señorita Caroline pensaba que mentía.

—No nos dejemos arrastrar por la imaginación, querida —dijo—. Y pídele a tu padre que no te enseñe nada más. Es mejor empezar a estudiar desde cero. Dile que en adelante seré yo quien se encargue...

—¿Señori...?

—Tu padre no sabe enseñar —concluyó—. Ahora puedes sentarte.

Murmuré que lo sentía y me retiré meditando acerca de mi falta. Aunque no había sido mi intención aprender a leer, lo cierto era que sabía hacerlo desde siempre, como atarme los cordones de los zapatos. No conseguía recordar el momento en que las líneas que Atticus reseguía con el dedo se convirtieron en palabras; solo sabía que las veía siempre que, por las noches, trepaba al regazo de Atticus mientras este escuchaba el informativo... Hasta que temí perderlo, jamás me cautivó el leer. A uno no le cautiva el respirar.

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Comprendí que había disgustado a la señorita Caroline, de modo que dejé la cosa como estaba y me puse a mirar por la ventana hasta el recreo. Cuando salimos al patio, Jem vino a mi encuentro, me llevó aparte y me preguntó cómo iba todo. Se lo expliqué.

—Si no tuviera que quedarme, me marcharía, Jem; esa maldita mujer dice que Atticus está enseñándome a leer y que debe dejar de hacerlo...

—No te preocupes, Scout —me consoló él—. Nuestro maestro dice que la señorita Caroline está introduciendo una nueva manera de enseñar. La aprendió en la universidad. Pronto la adoptarán todos los cursos. Al parecer, uno no tiene mucho que aprender de los libros. Es como, por ejemplo, si quieres saber cosas de las vacas, vas y ordeñas una, ¿comprendes?

Robert Mulligan dirigió la versión en cine de "Matar a un ruiseñor" en 1962. Ganó dos Oscar de la Academia: al mejor guion (Horton Foote) y al mejor intérprete masculino (Gregory Peck, en la foto), por encarnar al personaje principal, Atticus Finch.
Foto: AFP

—Sí, Jem, pero yo no quiero estudiar a las vacas; yo...

—Claro que sí. Uno ha de saber de las vacas, forman una parte importante de la vida del condado de Maycomb.

Me limité a preguntarle si se había vuelto loco.

—Solo trato de explicarte las nuevas normas de enseñanza que han implantado para los alumnos del primer curso, tozuda. Lo llaman sistema decimal de Dewey.

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Como nunca había discutido las sentencias de Jem, no vi motivo para empezar a hacerlo. El sistema decimal de Dewey consistía, en parte, en que la señorita Caroline nos presentara cartulinas en las que había impresas palabras como «el», «gato», «ratón», «hombre» y «tú». No parecía que esperase ningún comentario por nuestra parte, y la clase recibía aquellas revelaciones impresionistas en silencio. Yo me aburría, por lo que empecé una carta a Dill. La señorita Caroline me sorprendió escribiendo y me ordenó, una vez más, que dijese a mi padre que dejara de enseñarme.

—Además —añadió—, en el primer curso solo hacemos letra de imprenta. No aprenderás a escribir hasta que estés en tercero.

De aquello tenía la culpa Calpurnia, que así evitaba que la volviese loca los días lluviosos, supongo. Me ordenaba que escribiese el alfabeto en lo alto de una tablilla y debajo copiara versículos de la Biblia. Si reproducía la caligrafía satisfactoriamente, me recompensaba con un bocadillo de mantequilla y azúcar. La pedagogía de Calpurnia no tenía ni rastro de sentimentalismos; raras veces se mostraba complacida por algo que yo hiciera, y raras veces me premiaba.

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—Los que van a almorzar a casa que levanten la mano —dijo la señorita Caroline, despertando mi nuevo resentimiento hacia Calpurnia.

Los chiquillos de la población levantamos la mano.

—Los que hayan traído el almuerzo que lo pongan encima de la mesa —agregó ella.

Todo el mundo sacó al instante sus fiambreras. La señorita Caroline iba de un extremo a otro de las hileras de bancos, mirando aquellos recipientes, asintiendo con la cabeza si su contenido le gustaba, arrugando un poco el ceño ante otros. Se paró junto a Walter Cunningham y le preguntó:

—¿Dónde está tu almuerzo?

La cara de Walter Cunningham pregonaba a todos los del primer grado que tenía lombrices. Su falta de zapatos nos explicaba, además, cómo las había cogido. Las lombrices se cogían andando descalzo por los corrales y revolcaderos de los cerdos. Si Walter hubiese tenido zapatos los habría llevado el primer día. Vestía, eso sí, una camisa limpia y un mono pulcramente remendado.

—¿Has olvidado tu almuerzo esta mañana? —insistió la señorita Caroline.

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Walter fijó la mirada al frente. Observé que en su flaca mandíbula resaltaba de pronto el bulto de un músculo.

—¿Lo has olvidado? —repitió la señorita Caroline.

—Sí, señorita —murmuró Walter por fin.

La señorita Caroline fue a su mesa y abrió el monedero.

—Aquí tienes un cuarto de dólar —le dijo a Walter—. Hoy ve a comer algo. Ya me lo devolverás mañana.

Walter negó con la cabeza.

—No, gracias, señorita —balbuceó en voz baja.

—Venga, Walter, cógelo —dijo la señorita Caroline con creciente impaciencia.

Walter sacudió de nuevo la cabeza.

Cuando la sacudía por tercera vez, alguien susurró:

—Vamos, cuéntaselo, Scout.

Me volví y vi a la mayor parte de la clase observándome. La señorita Caroline y yo ya habíamos conferenciado dos veces, y los otros me miraban con la inocente certidumbre de que la familiaridad trae consigo la comprensión.

Me levanté dispuesta a echar una mano a Walter.

—Oh..., señorita Caroline...

—¿Qué ocurre, Jean Louise?

—Señorita Caroline, es un Cunningham. —Me senté de nuevo.

—¿Qué dices, Jean Louise?

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Yo creía que había puesto las cosas suficientemente en claro. Para todos los demás lo eran de sobra: Walter Cunningham no se había olvidado de llevar el almuerzo, sino que no podía llevarlo, ni ese día, ni el siguiente, ni el otro. En toda su vida probablemente no había visto tres cuartos de dólar juntos.

Lo intenté de nuevo.

—Walter es un Cunningham, señorita Caroline.

—Perdona, pero ¿qué quieres decir, Jean Louise?

—Da igual, señorita; dentro de poco conocerá usted a toda la gente del condado. Los Cunningham jamás aceptan nada que no puedan devolver, ni aunque se trate de sellos. Nunca toman nada de nadie, sino que se arreglan con lo que tienen. No tienen mucho, pero pasan con ello.

Mi conocimiento especial de la tribu de los Cunningham —o al menos de una de sus ramas— se debía a los acontecimientos del invierno anterior. El padre de Walter era cliente de Atticus. Una noche, después de una tensa conversación en nuestra sala de estar sobre los apuros económicos por los que estaba pasando, y antes de marcharse, el señor Cunningham dijo:

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—Señor Finch, no sé cuándo estaré en condiciones de pagarle.

—No se preocupe por eso, Walter —respondió Atticus.

Cuando le pregunté a Jem cuál era el apuro en que se encontraba Walter y Jem respondió que estaba con el agua al cuello, le pregunté a Atticus si el señor Cunningham llegaría a pagarnos alguna vez.

—En dinero no —respondió Atticus—, pero lo hará antes de que transcurra un año. Recuérdalo.

En efecto, así fue. Una mañana, Jem y yo encontramos en el patio trasero una carga de leña para la estufa. Más tarde apareció en las escaleras de la parte posterior un saco de nueces. Con la Navidad llegó una caja de zarzaparrilla y acebo. Aquella primavera, cuando encontramos un saco lleno de nabos, Atticus dijo que el señor Cunningham le había pagado con creces.

—¿Por qué te paga de este modo? —quise saber.

—Porque es del único modo en que puede pagarme. No tiene dinero.

—¿Nosotros somos pobres, Atticus?

Mi padre asintió con la cabeza.

—Ciertamente, lo somos.

Jem arrugó la nariz.

—¿Tan pobres como los Cunningham?

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—No exactamente. Los Cunningham son gente del campo, labradores, y la crisis les afecta más.

Atticus decía que quienes tenían alguna profesión eran pobres porque los campesinos lo eran. Como el condado de Maycomb era agrícola, las monedas de cinco y de diez centavos llegaban con mucha dificultad a los bolsillos de médicos, dentistas y abogados. La amortización solo representaba uno de los muchos males que sufría el señor Cunningham. Tenía sus campos hipotecados, y el poco dinero que reunía se lo llevaban los intereses. Por supuesto que hubiese podido conseguir un empleo del Gobierno, pero entonces habría tenido que abandonar sus campos, y él prefería pasar hambre para conservarlos y votar de acuerdo con su parecer. Atticus decía que el señor Cunningham venía de una casta de hombres testarudos.

Como los Cunningham no tenían dinero para costearse un abogado, nos pagaban con lo que podían.

—¿No sabíais que el doctor Reynolds trabaja en las mismas condiciones? —decía Atticus—. A ciertas personas les cobra una medida de patatas por ayudar a un niño a venir al mundo. Scout, si me prestas atención te explicaré lo que es una hipoteca...

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Si hubiese podido explicarle estas cosas a la señorita Caroline, me habría ahorrado algunas molestias, y ella la mortificación subsiguiente, pero yo no estaba en condiciones de dar explicaciones tan convincentes como las de Atticus, de modo que dije:

—Lo está humillando, señorita Caroline. Walter no puede devolverle un cuarto de dólar porque no lo tiene, y usted no necesita leña para la estufa.

La señorita Caroline se quedó de piedra; a continuación me cogió por el cuello del vestido y me arrastró hasta su mesa.

—Jean Louise, esta mañana ya empiezo a estar cansada de ti —dijo—. Extiende la mano y ábrela.

Yo pensé que iba a escupirme en ella, que era el único motivo por el cual cualquier persona en Maycomb extendería la mano: era una manera de sellar los tratos de palabra consagrada por el tiempo. Preguntándome qué trato habríamos hecho, volví la mirada hacia la clase en busca de una respuesta, pero todos me miraron confusos. La señorita Caroline cogió la regla, me atizó media docena de golpecitos rápidos y me ordenó que permaneciera de pie en el rincón. Cuando por fin se dieron cuenta de que la señorita Caroline me había pegado, todos en la clase se echaron a reír.

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Cuando la señorita Caroline les advirtió que correrían igual suerte, las risas arreciaron, y solo se acallaron, al menos en parte, cuando se cernió sobre ellas la sombra de la señorita Blount. La señorita Blount, que había nacido en Maycomb y todavía no estaba iniciada en los misterios del sistema decimal de Dewey, apareció en la puerta con los brazos en jarras y amenazó:

—Si oigo otro sonido en esta sala, le pegaré fuego con todos los que están dentro. ¡Señorita Caroline, con tanto alboroto los de sexto no pueden concentrarse en las pirámides!

Mi estancia en el rincón fue corta. Salvada por la campana, la señorita Caroline contempló a la clase salir en fila para el almuerzo. Como fui la última en marcharme, la vi desplomarse en la silla y hundir la cabeza entre los brazos. Si se hubiese mostrado más amistosa conmigo, la habría compadecido. Era una mujercita preciosa.

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Harper Lee: en 1931, un conflicto racista acontecido en la localidad vecina de Scottsboro conmocionó a la sociedad estadounidense. Lee, testigo indirecto de los hechos, se inspiró en este suceso para escribir su primera y única novela conocida hasta 2015, Matar a un ruiseñor, convertida hoy en un clásico de la literatura norteamericana y universal del siglo XX. Amiga personal de Truman Capote, Lee decidió retirarse del mundanal ruido cuando alcanzó la fama. En 2015 se ha reencontrado la novela Go Set a Watchman (Ve y pon un centinela), rechazada por sus editores en su momento y una de cuyas tramas secundarias es la que dio origen a Matar a un ruiseñor. En 2026 se publicó “La tierra del dulce porvenir”, una antología de relatos y ensayos con el sello Lumen.

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Por Harper Lee * / Especial para El Espectador

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